Herramientas de la huerta. Foto: Emilio Barco.

Obsolescencia

Estado en el que se encuentra un producto que ya ha cumplido el tiempo programado para que siga funcionando. Pensaba en esto la otra tarde sentado en el banco que tengo en la huerta mientras miraba a la azada.
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En la furgoneta llevo habitualmente las herramientas que uso en la huerta: una azadilla para plantar, una azada para quitar hierba y acollar las plantas, una grada o garramincho, así lo llamaba mi padre, supongo que por su forma de garra, para arañar la tierra, una pala para llenar el cunacho (que también llevo) con el humus de lombriz cuando abono, unas tijeras de podar grandes y tres o cuatro tijerillas para aclarar la fruta y cortar las flores, un par de navajas, y algunos otros utillajes propios de los hortelanos, entre los que no faltan las cuerdas de todo tipo y color. Esto de fijo. Eventualmente: una azufradora y una mochila para tratar con el caldo de ortiga, de cola de caballo, jabón potásico, bacillus…

La azadilla, la azada y el garramincho los heredé de mi padre. Unas tijeras de podar también, pero me compré otras con brazos más largos, y ahora tengo dos. No las compré porque las viejas se hubieran quedado obsoletas, no. Las compré porque obsoletos se habían quedado mis brazos y ya, las ramas más gruesas se les resistían. Algo parecido me pasó con la mochila. Con las navajas no, navajas compro con frecuencia. Porque las pierdo.

No tengo ni idea de los años que tiene la azada. La suavidad de su mango, por el uso y el contacto con el sudor de las manos durante largo tiempo, cuando la comparo con la aspereza los mangos nuevos que venden ahora, me lleva a pensar que muchos. Al bajar la mirada hacia el metal y verlo comido por la tierra que raspó, movió, cavó… pienso que tendrá medio siglo. Por lo menos. Calculo mentalmente que todavía le queda otro medio. También por lo menos. O más si no hay nadie que la herede, como yo heredé esta, de mi padre. En el travesaño del carro está colgada otra azada. La de mi madre. Hago la cuenta y tengo azadas en casa para más de tres generaciones, si las hubiera dispuestas a la herencia. Azadones, que aquí llamamos “ruejeros” porque se usaban para cavar, binar y terciar las cepas de las viñas en las que había piedras, que llamamos “ruejos”, tengo varios. Ninguno en uso.

El garramincho (¿quién le pondría este nombre?) sí sé, más o menos, los años que tiene, porque contaba mi padre que se lo regaló su amigo el herrero de Sesma (un pueblo de Navarra también de la ribera como el mío, pero sin río) cuando él era joven. De esto calculo que hace ya unos ochenta años. Es una pieza de gran artesanía, con seis garras curvadas para arrascar la tierra y removerla, que no se parece, en nada, a esas gradas de tres ganchos, que se ven en los bricolajes modernos en los que venden herramientas para hortelanos que cultivan en terrazas y balcones, mayormente.

De todo lo que llevo en la furgoneta, esta herramienta, es lo que más aprecio y valoro (nunca he conseguido saber la diferencia, más allá de la teoría) y si me preocupa dejarme algo al albur de alguien que ande al descuido por las huertas, es precisamente el garramincho sesmero.

De la azadilla podría escribir largo y tendido, pero para no cansarles solo les contaré una anécdota. Andaría yo por los veinte años cuando una tarde del mes de julio estaba echando planta de pella (coliflor) a mi padre y a mi tío Donato en las viñas de abajo, que la iban hincando a golpe de muñeca de la mano que empuñaba la azadilla, y el mango de la que manejaba mi tío crujió y se partió. Dos renques eché planta solo a mi padre. Mi tío cortó una rama de un manzano que había cerca de la linde con la parcela de Amando, la limpió y pulió con la navaja, y con unos trapos viejos la ajustó al ojo de metal de la herramienta y siguió plantando. La azadilla con la que planto lleva todavía aquel mango de madera de manzano. Los trapos los cambié por un trozo de neumático de rueda de bicicleta.

Si fuera una cuestión de relaciones personales, esta relación mía con las herramientas de la huerta, podría decirse que soy monógamo. Una azadilla, una azada, una garramincho… en toda mi vida. ¿Cuál es la vida media de una azada? Una eternidad. Lo compruebo.

La marca grabada en la azada es “Bellota 320”. Busco en la red y encuentro su ficha técnica que resumo: Azada forjada modelo rabiosa. Irrompible. No se desgasta y podrás usarla toda la vida. Lo dicho. Me admira esta sinceridad como ejemplo de marketing en los tiempos que corren.

Mientras escribía estos recuerdos salió un mensaje en la pantalla “conecte el equipo a una fuente de energía o perderá…” Lo conecté y al hacerlo pensé: ¿Cuántos ordenadores he tenido? ¿Y teléfonos móviles? ¿Coches? ¿Frigoríficos? ¿Lavadoras? ¿Baterías diversas?… Varios, varias.

A lo mejor hice mal al conectar el ordenador a la red porque pude seguir escribiendo estas ocurrencias y con ellas distraerle a Usted, que ahora las lee, de su trayectoria vital perfectamente adaptada a la tecnología del siglo XXI de la cuarta revolución industrial, en la que cada cosa tiene, ya, incorporada su fecha de caducidad, como los yogures, y no como estas herramientas mías que me van a enterrar a mí, como ya lo hicieron con mi padre.

A ver si mis hijos les dan algún producto para el óxido y las cuelgan en algún merendero donde luzcan con toda su vejez cuando se hagan fotos con el móvil de quinta generación que se acaban de comprar, porque el que les llegó por mensajería hace tres meses se apagó justo antes de salir en la pantalla un mensaje que, me dijeron, decía algo así como, “si pensabas que este móvil te iba a durar como la azada que lleva tu padre en la furgoneta, vas listo. Marca este número 345678356 y podrás ver los últimos modelos”, si no recuerdo mal. Y se murió. El móvil. La azada no. La azada es eterna. Y más en los tiempos que corren.

Emilio Barco
En Alcanadre el día de San Pedro, cuando las Bardenas de Navarra se vedan a los rebaños.

Foto destacada: Herramientas usadas para trabajar la huerta. Autor: Emilio Barco.

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