José Jiménez Lozano. Foto: jimenezlozano.com

Nunca le tentó la gran ciudad

José Jiménez Lozano falleció el lunes pasado en Valladolid a la edad de 89 años y nos deja un legado impresionante de más de 70 obras. Ahora que tanto se habla de la España vaciada, él vivía en Alcazarén (Valladolid) un pequeño pueblo de alrededor de 600 habitantes. Y no cambiaba por nada sus paseos por sus pinares. Siempre fue por libre.
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Lozano decía que había que escribir como se habla. Por eso, el habla de la gente llana de su pueblo natal abulense (Langa) ha estado presente en una colosal obra de casi treinta novelas, una docena de poemarios y cerca de veinte ensayos. Y eso que llegó a la literatura de forma tardía, tras ejercer el periodismo en El Norte de Castilla, donde llegó a ser director hasta que se jubiló en 1995. Siendo un veinteañero, lo fichó para el periódico Miguel Delibes.

Periodista, escritor, poeta; en 2002 recibió el Premio Cervantes, pero jamás se despegó de su humildad y sencillez. Toda su obra la ha escrito en silencio, como si no quisiera molestar. Su talla humana e intelectual siempre fue a la par. Nunca fue reconocida como se merecía la grandeza de sus letras. Y quizás así se sentía más cómodo.

Precisamente, en El Mudejarillo, el gran escritor castellano narra con una emoción poco común, como San Juan de La Cruz describe de niño lo que hay en su pueblo, Fontiveros, cuando los chicos de Arévalo, donde se traslada con su familia, le preguntan por cómo es su pueblo.

En un capítulo de El Mudejarillo, titulado Paisaje, Jiménez Lozano escribe así:

(….) y le preguntaban los muchachos de Arévalo que cómo era su pueblo del niño: Fontiveros

-Pues un pueblo- decía el niño.

Pero que estaba lleno de cosas y tenía la torre y la iglesia, las campanas, la cigüeña, la plaza y las calles, los palacios, las casas y los naguelas; los corrales, los cobertizos, los establos, los zaguanes, los portales, las puertas, los portones, las portadas, las puertas traseras, los portillos, las portezuelas, los canceles, las ventanas, las claraboyas, las gateras, los miradores, las celosías, los balcones, los ojos de buey; las verjas, las rejas, las vallas, los aleros, las chimeneas, los salientes, los colgadizos, los huertos, las huertas, las bardas, los cigüeñales, los arrabales, las cijas, las ovejas, los perros, los asnos, las mulas, los bueyes, los caballos, las vacas, las terneras, los corderos, las cabras, los cabritillos, las gallinas, los gallos, los pollitos, los conejos, las palomas, las torcaces, los dormideros, los mochuelos, los aguiluchos, las alondras, los tordos, las perdices, las codornices, las garzas, las avutardas (…) Y así hasta citar los cientos de cosas que había en su pueblo.

-¿Y cómo se llama tu pueblo?

-Fontiveros

-¿Y cómo va a haber tantas cosas en tu pueblo, si es más pequeño que Arévalo?

Y el niño respondía:

-No sé.

El Mudejarillo.
José Jiménez Lozano
Editorial ANTHROPOS
Más información de su obra. https://www.anthropos-editorial.com/.

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