Melocotones, por Emilio Barco

Mermelada de melocotón

"Podía haber dedicado ese tiempo de la poda, de los tratamientos, de los aclareos, de los riegos, de llenar la cesta, de pelar, cortar, cocer, batir, llenar, volver a cocer… a otros menesteres, a ganar dinero, por ejemplo, con el que comprar mermeladas."
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Si fuera este un texto de aquellos que divulgaban el conocimiento agrario hace siglos y que se encabezaban con largos títulos, bien podría haberse subtitulado: “Receta de mermelada de melocotón, o del placer que abarca desde la poda del árbol, cuando los días son fríos en el invierno, hasta la rebanada de pan con mermelada de melocotón durante todo el año, después de condimentarla en los días calurosos de verano”.

Hoy, 19 de julio de 2022, las seis de la tarde y 41 grados en la ribera comienzo a escribir estos recuerdos. Esta mañana, con “la fresca” he preparado 18 tarros pequeños y seis medianos de mermelada de melocotón.

Ayer por la tarde pelé los melocotones, seis kilos ya troceados, más o menos. Los puse en un par de cazuelas con un kilo de azúcar (nos gusta poco el azúcar) una manzana pelada y troceada y el zumo de un par de limones (como espesantes naturales) y los dejé reposar hasta la mañana. Los huesos con la carne que sujetan los pongo en una bolsa de malla.

Esta mañana he puesto todo a cocer, incluida la bolsa con los huesos. En unos 15 minutos la fruta está reblandecida y el jugo que ha soltado ha empezado a mermar. Es el momento de sacar la bolsa con los huesos y meter la batidora para dejar la mermelada en su punto.

A mí me gusta sin trocitos ni grumos, bien “pasada”, ni clara ni espesa. Para encontrar “el punto” pongo una cucharada en un plato y trazo sobre la mermelada una raya con el dedo que la divide en dos partes. Cuando estas partes no se vuelven a juntar ya está a mi gusto.

Mientras se enfría un poco, escaldo los botes de cristal que guardo a lo largo del año. Tapas he comprado nuevas esta mañana en la ferretería en Lodosa.

Cuando la mermelada está templada la pongo en los botes, limpio los bordes si cae algo fuera, los cierro y los pongo veinte minutos a cocer para que hagan “el vacío”. Cuando los saco los coloco boca abajo y así los tengo unos días. Veo si alguno está mal cerrado y pierde.

Siempre queda algún bote sin completar, a medio llenar. Para la merienda. En un rato me pondré una rebanada de pan con las sobras.


21 de diciembre de 2021, las diez de la mañana y una temperatura agradable, once grados en la ribera. Empiezo a podar los árboles. No tengo ni idea de en qué fase se encontraba la luna.

Me dicen que es mejor podar los árboles de hueso cuando tienen hoja, incluso con flor.

Yo no sigo ninguna regla, ni mandamiento. Podo cuando puedo y me apetece y procuro, eso sí, no dejar mucha carga, pero tampoco castigar demasiado al árbol.

Lo que más me gusta de la poda es que siempre veo algún nido que las hojas no dejaban a la vista.

Cuando termino de podar trato los árboles con caldo de cola de caballo y aceite de neem y cuando empiezan a desborrar las yemas y abrir la flor estoy muy pendiente de la abolladura.

Perdí algunos nectarinos y paraguayos por descuidarme algún año.

Si el invierno va bueno las primeras flores apuntan ya en los primeros días de marzo. Esos días aburro a mis amigos mandándoles fotos de flores de diversos frutales.

Juego con ellos a ver si adivinan qué fruta cuajará en esa flor. Otros juegan al futbol, o a la lotería.

Lo que menos me gusta de las labores con los árboles es aclarar la fruta. No podar severamente es lo que tiene. Dejé mucha rama de flor, no heló, la flor no se corrió, cuajó… y ahora tengo que tirar cientos de melocotones como pelotas de pin pong. Los que dejo lo agradecen y engordan.

Normalmente, con la abolladura controlada y el árbol fuerte no suelo hacer ningún tratamiento. Este año he tenido que utilizar bacilus y jabón potásico porque algunas ramas débiles estaban atacadas de pulgón.

Si la primavera va normal de lluvia no riego. Este año ha sido muy duro. Regué dos veces seguidas a final de junio. Menos mal que el día 6 de julio (el chupinazo en Pamplona) cayeron, de tormenta, 35 litros y regó los árboles. Me ahorré un riego. Para esa fecha ya estaban los melocotones a punto de madurar.

En la huerta que hago vienen a la vez los primeros gladiolos y esta variedad de melocotones amarillos.

Más o menos para san Fermín ya hay algún melocotón en gusto y a medida que van madurando voy aclarando y cogiendo para comerlos de todas las formas posibles, incluso con vino. Cojo también para los amigos.

Cuando pasa la virgen del Carmen (día en el que hay que cortar las calas) ya voy pensando en guardar para el invierno.

Toca hacer la mermelada. Podía poner también algunos botes en almíbar, pero no lo hago.

Las dos docenas de tarros de mermelada que he preparado esta mañana los podía haber comprado en carredona o en mercafour y no me hubiera gastado mucho más de cincuenta o sesenta euros. Sin duda.

Podía haber dedicado ese tiempo de la poda, de los tratamientos, de los aclareos, de los riegos, de llenar la cesta, de pelar, cortar, cocer, batir, llenar, volver a cocer… a otros menesteres, a ganar dinero, por ejemplo, con el que comprar mermeladas.

A mi edad, empiezo a pensar que hago lo uno y no lo otro, por el lugar en el que vivo, la casa en la que me crie, la familia y los amigos que tengo, el trabajo que hago, los libros que leo… y que, aunque quisiera, que no quiero, ahora ya no podría “enderezarme”, porque, como algunos árboles, me torcí desde bien pequeño.

Probablemente me torcí, un poco más, el día en el que leí este texto del gran Miguel Delibes, recogido en el libro “Un año de mi vida”:

“30 de junio (1970).- De nuevo en Valladolid, recibo carta de Juana Roldán lamentando mi renuncia a ir a la Universidad de Scuthen, California el próximo curso en calidad de profesor visitante. Me ofrecían 20.000 dólares por ocho meses, pero no he aceptado. Teniendo lo necesario para vivir aquí, vender ocho meses de mi vida, aunque sea a buen precio, sería abrazar esa sociedad de consumo que tanto venimos criticando”.

A mí estas lecturas mías de juventud, me echaron a perder.

¿Cómo dice?  Sí, los gladiolos muy bonitos.

¿La mermelada? ¡Gloria bendita!, oiga.

Emilio Barco Royo
En Alcanadre, haciendo mermelada por no ir la mercafour.

4 comments

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  2. Francisco Javier 22 julio, 2022 at 05:49 Responder

    Hola Emilio
    Me ha gustado mucho la prueba del algodón, dividir con el dedo, una cucharada de mermelada y esperar a si se juntan las partes o no.
    Yo espero a los membrillos de Arellano, de mi cuñado. No los emboto, relleno envases que luego conservo en el frigo. Quedan como ladrillos de obra, si la mermelada cuaja bien.
    Y si, hay lecturas que marcan.
    Un saludo desde Irún.

  3. Emilio Barco Royo 22 julio, 2022 at 21:54 Responder

    Hola Francisco Javier
    Gracias. Tu comentario me la llevado a los días de verano que pasé en el bar primero y en la mercería después que tenían mis tíos Carmen y Marcelino en la calle Uranzu en Irún. Cuántas tardes pasé a la sombra cerrada de la Alameda en la que se hacía el mercado. Allí esperaba a mi padre y a mí tío cuando iban a tomar un chiquito en la bodeguilla de Juanito.
    Salud
    Emilio

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