Tierras de cultivo de olivar, en Baeza (Jaén)

Mar de olivos

Es una buena noticia la autorización por la Comisión Europea del almacenamiento del aceite de oliva con fondos de la UE, lograda gracias al empeño del ministro Planas y su buena negociación en Bruselas. Pero los problemas estructurales del sector siguen ahí, y hay que afrontarlos. Estas son mis reflexiones.
1
656


Nací en un pueblo de la campiña cordobesa, en plena comarca vitivinícola Montilla-Moriles, en una de esas agrociudades conocidas también por la calidad de su aceite de oliva. Mis recuerdos son, por tanto, los de un paisaje donde se combinaba, como en un cuadro de Van Gogh, el color verde claro de los viñedos con el verde grisáceo de las escasas plantaciones de olivares centenarios que había entonces en la comarca. Todo era de secano, nada se regaba, ni los olivares ni los viñedos.

El paisaje ha cambiado

Hoy todo eso ha cambiado debido a la transformación agrícola de la comarca. A diferencia del paisaje de mi niñez, el de hoy está formado por un inmenso mar de olivos que apenas deja entrever las manchas de color verde claro de los escasos viñedos que aún quedan tras la fuerte reconversión experimentada en el sector vitivinícola.

Olivos por todas partes: la mayoría de riego, cada vez más intensivos y superintensivos en seto. Han proliferado las almazaras (cooperativas o privadas) hasta el punto de que en mi pueblo hay ya hasta seis. Producen, eso sí, un aceite de oliva de excelente calidad, gracias al gran proceso de transformación industrial que ha experimentado el sector y en el que han tenido mucho que ver los fondos de la UE.

Con orgullo hablamos del aceite de oliva como el buque insignia de nuestra agricultura, pero no parece que los mercados lo entiendan así, ya que los precios del aceite están incluso por debajo de los costes de producción. Los agricultores y sus organizaciones se movilizan en señal de protesta, añadiendo ahora el problema suscitado por la subida arancelaria decretada por la administración Trump para diversos productos, entre ellos el aceite de oliva. Gracias a esas movilizaciones y al apoyo del MAPA, se ha conseguido que la Comisión Europea autorice y financie con fondos de la UE el almacenamiento de la producción durante varios meses. 

No es un problema coyuntural

Pero no parece que los problemas del sector del aceite de oliva sean coyunturales, sino más profundos, ya que estamos ante un aumento exponencial de la producción, que no se corresponde con un aumento equivalente del consumo. Hay un evidente desajuste entre oferta y demanda y ello provoca inevitablemente una caída de los precios (por debajo de 2,00 euros el kg en el aceite virgen extra). No es, por tanto, un problema coyuntural, sino estructural.

Al exceso de oferta contribuyen diversos factores. Uno de ellos es el aumento de la superficie de olivar, que ha crecido un 25% en las dos últimas décadas; otro factor es la expansión del regadío, que se ha triplicado en ese mismo periodo; a ello se le une la atomización de la oferta de aceite de oliva en casi dos millares de almazaras (cooperativas o privadas) con estrategias comerciales dispersas que hacen tirar a la baja los precios del aceite.

También incide en ello la presencia de grandes inversores, que están poniendo en valor enormes plantaciones superintensivas cuyos costes de producción son mucho más bajos que los del olivar tradicional. Además, con objeto de aumentar los rendimientos, algunas de estas grandes plantaciones de olivar introducen prácticas de recolección nocturna, que son cuestionadas por sus efectos negativos sobre la biodiversidad (un informe del área de medio ambiente de la Junta de Andalucía muestra el efecto pernicioso de esa práctica en los pájaros que realizan su descanso nocturno en las ramas de los olivares).

Cuando estén a pleno rendimiento, estas grandes explotaciones superintensivas harán que aumente aún más la producción de aceituna y que siga incrementándose la oferta de aceite de oliva en los mercados. Algunos hablan ya de una “burbuja” que estaría empezando a pincharse y que provocará situaciones similares a la actual o incluso peores.

Echar balones fuera

En estas ocasiones, siempre existe la tentación de buscar fuera las causas de la crisis del sector culpando a factores externos. Se culpa a los grandes grupos de distribución, que estarían especulando con los precios y usando el aceite de oliva como reclamo en una estrategia peligrosa de banalización del producto. Sea cierto o no, el sector así lo percibe. Pero también es cierto que hay productores que, con una buena estrategia comercial basada en la calidad, están vendiendo el aceite de oliva a precios muy rentables utilizando las plataformas digitales.

Al MAPA se le critica por estar dejando abandonados a su suerte a los pequeños productores, sin tener un plan claro para el olivar de montaña (de gran valor social y ecológico). Pero el tema es más complejo, ya que las competencias entre administraciones están repartidas sobre este asunto, y no se puede concentrar las críticas en sólo una de ellas. Las consejerías de agricultura de las regiones olivareras (en especial Andalucía) deben asumir sus responsabilidades sobre lo que ocurre en el sector y no descargarlas en el MAPA.

Las administraciones regionales tienen competencias suficientes para establecer sus prioridades en los programas de desarrollo rural y decidir en qué subsectores concentrar los recursos que le proporciona la PAC. También pueden incluir la reestructuración del sector del aceite de oliva en los futuros “planes estratégicos” de la PAC. Tienen, por tanto, una función importante a desempeñar en la crisis que vive este sector, y no pueden eludirla, mirando hacia otro lado.

Es verdad que el sector olivarero es muy heterogéneo, y que no es lo mismo un olivar tradicional y extensivo que otro superintensivo. Ello explica que no todo el sector se esté movilizando con igual empuje para protestar por la grave situación por la que están pasando los agricultores y que afecta especialmente los titulares de explotaciones familiares.

Asumir su propia responsabilidad

Pero es el propio sector en su conjunto (olivareros, industriales, comercializadores…) el que tendría que hacer un ejercicio de autocrítica.

Debería reconocer que se podrían hacer mejor las cosas en el ámbito de la vertebración interprofesional, de la concentración de la oferta, de la calidad, de la lucha contra el fraude y de las estrategias de comercialización, pensando en el consumo nacional de aceite de oliva (que está disminuyendo según el último informe de MERCASA).

Incluso debería plantearse para situaciones de crisis y caída de los precios, como la actual, la retirada del producto y el almacenamiento privado a través de la interprofesional, con fondos aportados por el propio sector, como ya hacen los productores hortofrutícolas. Esta opción sería más interesante y duradera que la del almacenamiento con fondos de la UE, que está pensada para situaciones de crisis coyuntural.

En definitiva, nunca ha habido un aceite de tanta calidad como el de ahora. Pero la realidad es que su valor en el mercado no hace más que bajar, precisamente porque el sector no apuesta lo suficiente por una adecuada vertebración del mismo ni pone en el eje de sus estrategias la calidad de la que presume.

1 comment

  1. Avatar
    Fernando Alonso 17 noviembre, 2019 at 12:13 Responder

    «Las competencias entre administraciones sobre este asunto se encuentran repartidas entre ellas y no se pueden concentrar las criticas en solo una de ellas». Es decir, tienen CULPAS TODAS: CEE, gobierno, autonomías y ayuntamientos. Puestos en ese punto, como no se encarguen de solucionarlo los productores, seguro que no acaban: Las administraciones, lejos, y el olivar, cerca. No quiero decir que empiecen por desengancharse de las 4 administraciones; sería casi tan fácil como decir ¡ahora no recojo las olivas! Alguna subvención, en el entretanto, seguiría llegando… Soluciones derrotistas, como ésta, a la catalana, que más de uno, a solas en su casa, se habrá planteado, dependen de » los promotores». ¿El producto? Maduro.

Deja aquí tu comentario