Un hombre observa un paisaje rural, en Zaragoza.

Manual del ecologista guay

El Eco-Guay destaca por su fanatismo e intransigencia, y por aprovechar cualquier ocasión para desprestigiar a la agricultura y la ganadería actual.
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Es innegable que en estas últimas décadas nuestro espíritu ecologista ha ido en aumento. Me atrevería a decir que son pocas las personas que no están un poquito concienciadas al respecto. El que más y el que menos ha oído hablar del cambio climático y de las temibles consecuencias que conlleva.

Sin embargo, dentro del colectivo “verde” ha surgido un tipo de militante que destaca por su fanatismo y por su intransigencia y, sobre todo, por desarrollar una ceguera que le impide ver sus propias incongruencias. Me refiero al “Ecologista Guay”; ese que es capaz de mezclar churras con “encinas” y se cree el salvador del planeta por repetir un discurso catastrofista y exhibir su filosofía Disney.

Para tener el título de Eco-Guay no se necesitan muchos requisitos, lo cierto es que es sencillo; basta con reciclar algunas botellas de vidrio, entrar al supermercado provisto de una bolsa multiuso, y lo más importante, aprovechar cualquier ocasión que brinde el destino para desprestigiar a la actual agricultura y a la ganadería moderna.

Y es que para el Eco-Guay, un pueblo es el lugar donde habitan trogloditas a los que hay que educar. Las redes sociales y los foros de internet son el campo de batalla preferido de estos activistas y es ahí donde pueden lanzar sus consignas envenenadas. Uno de sus objetivos es arremeter contra lo que huela a pesticidas y “explotación” animal.

Así mismo, se declaran fieles defensores de la fauna salvaje aunque, paradójicamente, sus mascotas estén humanizadas y despojadas del instinto animal. A esta gente les da igual que el parque donde hacen botellón quede indecente, les importa un pepino que las toallitas higiénicas que utilizan a diario terminen en los confines del universo, que sus preservativos duerman bajo la arena de la playa o que la lana de sus jerséis provenga de ovejas plastificadas. Estas nimiedades no forman parte del manual Ecológico.

En fin… ¡qué le vamos a hacer! aquí cada cual es libre de actuar hasta donde sus entendederas le permitan. No obstante y aprovechando mi perspectiva pueblerina me gustaría aclarar ciertos matices que a la postre nos pueden venir bien a todos.

En primer lugar diré que cuando alguien vaya a censurar el uso de pesticidas, sería bueno que se informara antes acerca de la función de cada producto; no se puede generalizar ni meter en el mismo saco a un mata moscas, a un herbicida, a un fungicida sistémico, a un abono foliar, a un azufre y a una cuba con purín. Cabe destacar que la mayoría de los fitosanitarios son bastantes inocuos para el medio ambiente; Europa es muy exigente en ese aspecto.

Aparte de esto habría que tener muy en cuenta la razón fundamental por la que el agricultor incorpora tales compuestos en sus campos. Producir alimentos suficientes es esencial, y si dejásemos de tratar nuestros cereales, nuestras patatas y nuestro maíz las cosechas se verían muy reducidas. No hace falta ser un “lumbreras” para pronosticar las consecuencias que acarrearía una merma en la recolección de provisiones. Y ahora llega la pregunta incómoda ¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por un kilogramo de patatas? ¿Y por una barra de pan? ¡Ojo! que en tiempos de escasez los trogloditas también necesitamos salario…

En lo que concierne a la ganadería “explotación animal” el panorama es prácticamente idéntico. Si queremos que las gallinas vivan sueltas y con espacio suficiente para que escarben y dialoguen entre ellas, alguien tendrá que sufragar el coste de esas tertulias gallináceas. El avicultor podría acomodar sus granjas y limitar el número de residentes… pero aquí viene lo difícil: ¿ustedes comprarían la docena de huevos a un precio tres veces superior al actual? Porque eso es lo que cuesta un embrión de gallina contenta.

Aunque no tengo claro que esta medida fuera eficaz, ya que la mayor parte de los Eco-Guay se abastecen con alimentos que provienen de países extracomunitarios, esos donde los controles son inexistentes. ¿Me equivoco? De cualquier forma, sería razonable que el kilogramo de pollo o de cerdo “feliz” se vendiera al triple de lo que pagamos ahora. De este modo el ganadero podría rentabilizar su trabajo y vivir tan alegre como sus animales.

Respecto a la última de las preocupaciones: ¡LA FAUNA SALVAJE!, diré que nuestro ecosistema autóctono goza de buena salud; ¡de verdad! Creo que esos alarmantes mensajes que nos lanzan algunos medios de comunicación y distintas asociaciones proteccionistas, no reflejan la realidad. Para informarse de primera mano basta con ir a un pueblecito cercano y preguntar a los lugareños. Y si esta maniobra no resulta reconfortante siempre está la opción de perderse por el monte y comprobarlo in situ. El número de insectos, de reptiles, de aves acuáticas, de rapaces, de cérvidos, de carnívoros y de omnívoros que viven en nuestros campos es elevado.

En mi pueblo, uno de los muchos de Valladolid, los corzos campean por los sembrados como Juan por su casa. No es raro encontrarte a media docena de “Bambis” mascando guisantes a dos carrillos. No digamos ya la cantidad de conejos y jabalís que nos visitan por la noche ¡esos sí que saben procrear! ¿No es chocante que esas tierras tan, supuestamente, cargadas de pesticidas alberguen tanta fauna?

Por cierto ¿Quién paga la comida de los animalillos salvajes? Todos sabemos que en España se reconoce el derecho a la propiedad, y que cada persona es libre de manejar su despensa y su granero como le plazca. El agricultor y el ganadero se dedican a producir alimento, no son hermanitas de la caridad ni tienen la obligación de satisfacer las necesidades de Bambi ni las de colmillo blanco… Y es que dar lecciones al vecino es muy sencillo, pero rascarse el bolso es harina de otro costal.

Seré sincero; si vuestra máxima aspiración es llegar a ser ecologistas auténticos, creo que lo mejor que podríais hacer es olvidar el manual del Eco-Guay y comportaros como pueblerinos. En pocas palabras; comprar un terrenito (no es preciso que sea amplio ni caro) y plantar unos árboles, unos girasoles y unas legumbres. Con ese simple acto estaréis produciendo oxígeno, eliminando CO2 y colaborando con la madre naturaleza de un modo más razonable y saludable que increpando en las redes sociales. La tierra es generosa y solo os va a exigir paciencia, agua y una azada.

Ánimo y al tajo.

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