Un dron listo para levantar el vuelo en un campo de frutales.

Los peligros de los drones en la naturaleza salvaje

El zumbido insoportable de los drones perturba la vida de los animales y, según la época del año, pueden hacer más o menos daño.
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Hace unos meses, publicábamos en este diario los daños que hacían a la fauna el uso indiscriminado de drones por aquellas personas que están entusiasmados por semejante cacharro para grabar la naturaleza lo más cerca posible.

Cuando estos aparatos se aproximan a cualquier animal se queda aterrado o bien sale huyendo despavorido ya sea ave o mamífero. He visto cómo un gran jabalí encamado se asusta por el dron y emprende la huida una cuesta abajo como si lo persiguiera el mismo diablo. He observado a montones de aves salir volando perturbadas de los árboles sin ningún rumbo fijo. He controlado cómo los buitres leonados buscan otras corrientes de aire caliente cuando planean por una zona y se les acerca el dron.

Cuento estos hechos porque el uso masivo de tales artilugios está avanzando a una velocidad muy superior a la de la propia naturaleza y pueden llegar a desequilibrarla si su uso no se regula de forma adecuada. En agricultura ya se utilizan para fumigar e incluso para sembrar. En algunas comunidades autónomas como Extremadura y Castilla-La Mancha, entre otras, se han empezado a utilizar para resembrar las zonas quemadas por los incendios forestales.

Al parecer, primero se suelta un dron que mapea el terreno y más tarde con otros aparatos semejantes llenos de semillas “inteligentes”, según reza la publicidad de las empresas que se dedican a estos trabajos pueden sembrar miles de semillas en tiempo récord. Y además sale bastante más barato que si la siembra se realizara a pie de tierra por el hombre. Además pueden alcanzar lugares casi inaccesibles para éste. ¡Vamos! Una maravilla para la repoblación de nuestros bosques.

Un dron en vuelo sobre un campo de cultivo. Foto: EDR.
Un dron en vuelo sobre un campo de cultivo. Foto: EDR.

Vestir un santo para desvestir a otro

No estoy en contra del progreso. Todo lo contrario, pero les aseguro que el utilizar un dron en plena naturaleza es algo muy delicado y es necesario saber el comportamiento de los animales; qué densidad de estos hay por la zona; si están en época de cría o no y, sobre todo, cómo les perjudica el ruido de las hélices de este cacharro. Y me temo que estamos actuando demasiado a la ligera en este sentido.

Supongo que estas empresas punteras en la tecnología de los drones cuando proponen la silvicultura de precisión, contarán con un estudio de ornitólogos, biólogos, ingenieros de montes… para sembrar en el momento más idóneo, o mejor dicho, menos perjudicial para la fauna y flora. De esta manera, al menos, conseguiremos dañar lo menos posible los ecosistemas.

Me preocupa sobremanera que se utilicen los drones en época de cría de aves, de forma especial, y de mamíferos. En esta época se alarga en el caso de los pájaros desde primavera hasta casi pasado el verano, según las polladas, y los padres suelen estar muy sensibles cuando tienen pequeños que alimentar. Además se muestran muy cautos y esquivos ante la presencia de humanos o de artilugios para que no descubran su nido.

Aves muy celosas

Un ejemplo: en estos días de tormenta, ya casi anocheciendo en un pueblo muy habitado del extrarradio de Madrid, veo a un mirlo hembra muy nervioso que lleva en el pico dos o tres lombrices de tierra, sé seguro que tiene allí el nido pero no quiere entrar porque a dos metros hay una chica hablando por teléfono en el escalón antes de entrar al portal de la vivienda. Le comento a la joven, muy maja, lo que sucede y le pido si se puede ir a hablar a otro lado porque el mirlo está nervioso por darles de cebar a los pequeños. La chica me dice que se va pronto y yo termino diciéndole que tiene que ser ya, porque los pequeños pueden perecer de frío.

Al día siguiente y cuando no hay ninguna persona cerca, ni nadie sale del portal encuentro el nido justo donde el mirlo quería entrar el día anterior. Y como ya es casi de noche observo a la madre -es de color menos negro que el macho y el pico no es tan amarillo- cubriendo a los pequeños en el nido muy bien aislado, a casi dos metros de altura, gracias a la cantidad de ramas trenzadas de la yedra y a un antiguo seto. También descubro que el mirlo no tenía otra entrada a su nido porque el seto antiguo bien cosido a la valla se lo impedía. Pues fíjense como para que nos metamos encima de ellos con un aparato extraño y ruidoso y más si se trata de aves nada ciudadanas como así lo es este mirlo común.

Corzos escondidos

La hembra de corzo suele parir dos crías y una forma curiosa de tenerlos a salvo es la de esconder a los corcinos en dos lugares distintos a cierta distancia por si acaso uno de los dos cae en las mandíbulas de algún zorro o quizás entre las garras de la poderosa águila real. Este comportamiento de la corza siempre es así. Pues bien, ¿se imaginan la reacción de un corzo pequeño solitario escondido entre un herbazal o unos matojos “acosado” por un dron? No lo quiero ni pensar. Y así numerosos animales repartidos en los campos.

De manera que convendría regular de una manera más precisa y amplia que la actual el uso de los drones en la naturaleza y en todos los lados. Son prácticos en muchas ocasiones; graban imágenes maravillosas; controlan el tráfico y los desmadres de los conductores; con ellos se realizan espléndidos documentales; localizan los mejores lugares para plantar huertos solares, pero yo no dejo de pensar que son los actuales “espías” de nuestra sociedad. Y me quitan el sueño.

También me han contado que algunos dueños de fincas valladas los utilizan para ver cómo va el estado de la siembra y, a la vez, vigilan su “ganado” de gamos, muflones, venados y jabalíes, que más tarde serán cazados.

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