Un cazador de caza menor recorre el campo. Autor: Diego Juste.

Los motivos por los que muchos cazadores están dejando de hacerlo

La escasez de especies de caza menor está llevando a numerosos cazadores a colgar los trastos y abandonar la actividad cinegética. Su imagen se deteriora cada día más por el alejamiento de lo rural y una sociedad mayoritariamente urbana.
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Dentro de unos días se desveda la caza general y por la mañana pronto los bares de pueblos emblemáticos y puntos de referencia de la actividad venatoria como Tarancón, Aranda de Duero, Torrijos… bullen de cazadores nerviosos tomado el café y quizás algún carajillo más de la cuenta, antes de comenzar a patear los terrones en busca de la perdiz roja, liebre y conejo.

Esta es una imagen de comienzos de los años 90 del siglo pasado, cuando en España había alrededor 1.200.000 cazadores. En la actualidad no son más de 650.000 entre la modalidad de caza mayor y menor. De hecho, muchos de aquellos deportistas, sí, digo deportistas, que andaban más de 25 kilómetros por jornada detrás de la perdiz, colgaron los trastos o bien se han pasado a la caza mayor, mucho más cómoda y abundante. Así que estos puntos de reunión de los pueblos algunos no abren porque no les compensa servir tres o cuatro cafés.

Desde aquellos años hasta el presente, la caza ha sufrido una enorme transformación, yendo a peor en todos los aspectos menos en uno: ahora existe mejor munición, armas y artilugios más perfeccionados para cazar más y también conseguir que las piezas sufran menos.

A pesar de ser prácticamente la mitad de practicantes, en estos tiempos se cazan muchos más ejemplares de caza mayor, pues esta actividad se ha socializado y ha dejado de ser un privilegio solo de los que pisaron moqueta de pequeños. En numerosos pueblos con sus cotos privados se celebran pequeñas monterías en los que intervienen cazadores más humildes, pero también ávidos de tirar de gatillo de rifle. Y lo peor es que en lugar de ir andando hacia los puestos a esperar la entrada de jabalíes y venados, han copiado a los pudientes y se desplazan en una caravana de todoterrenos hasta pocos metros de los tiraderos. Los buitres leonados ya lo saben y siguen a los vehículos por si acaso poco después se queda alguna pieza muerta para celebrar su propio festín.

Se cazan más jabalíes y venados, sobre todo porque el número de ejemplares, en especial de los primeros, ha crecido de manera formidable y son una plaga que en muchas zonas conviene erradicar.

Corren malos vientos

Digo que la caza ha ido a peor por muchos motivos, y uno de los más dañinos para el mundo cinegético es la postura enconada entre defensores y detractores. Es decir, cazadores, ecologistas y habitantes de las urbes bastante alejados de lo rural. Los animalistas, mejor dicho, algunas asociaciones de estos, con su posicionamiento quizás demasiado agresivo y exaltado, los considero punto y aparte y tendrán tratamiento en otro capítulo, así como las diferentes posturas y tendencias políticas en el Gobierno central y algunos presidentes autonómicos, llámese por ejemplo García-Page, a mi modo de ver el mejor candidato que puede tener el Partido Popular en Castilla-La Mancha.

Los ecologistas más radicales consideran que la caza no es compatible con la conservación de la biodiversidad porque se utilizan procedimientos ilegales: cepos, veneno, furtivismo, cuando en realidad estas prácticas son anecdóticas. Esgrimen también que los cotos se convierten en granjas intensivas y en campos de tiro, lo que llega a provocar grandes desequilibrios en los ecosistemas, desplazando a las especies autóctonas.

En este último punto, los anticaza tienen su razón. Cuando la caza mayor se encierra en cercones o se sueltan miles y miles de perdices de granja para ojearlas más tarde, sí están desequilibrando el ecosistema a la vez que al convertirse en negocio pierde lo que es la esencia de la caza. Lo que es cierto es que estas prácticas no se realizan ni mucho menos en todo el territorio nacional, sino en grandes fincas de millonarios.

Aunque no conviene olvidar que también en algunos cotos privados mucho más humildes de pueblos se sigue repoblando con perdices de granja sin todas las garantías sanitarias y conejos híbridos, capaces de subirse a los olivos y vides destruyéndolos. Por la zona de los pueblos conquenses de Mota del Cuervo, Santa María de los Llanos y colindantes se han convertido en una amenaza terrible para los agricultores.

De manera que los cazadores, estimo que tienen que hacer algo de autocrítica y no ponerse de uñas cuando los ecologistas dan en el blanco, nunca mejor dicho. Y aunque estos intentos de reforzar algunas especies no se extiendan por toda nuestra geografía, tienen parte de razón. Por supuesto, existen numerosos cotos de caza menor en los que se cuidan las especies cinegéticas de manera primorosa para que en años de enorme sequía como el actual los animales no las pasen canutas.

Imagen del cazador

La escasez de piezas de caza menor no justifica las repoblaciones, ni tampoco la guerra y el desprecio de ecologistas hacia los cazadores. En su mayoría, estos últimos han ido acortando las jornadas de caza en los cotos, así como el número de piezas con el fin de conservar las especies autóctonas. Si no hubiera sido así, el hombre como el principal depredador que es, no habría dejado ni una mosca sin abatir. Así que él mismo se ha impuesto sus propias reglas para que no desaparezcan los animales.

También sería injusto culpar a los cazadores de la actual escasez de piezas de caza menor. Las grandes extensiones agrícolas de las dos Castillas desde que se realizó la concentración parcelaria destruyeron ribazos y otros escondites perjudicando la cría y dejando a animales tan indefensos a las garras de las rapaces y mamíferos carnívoros que ahora están aumentando como la espuma. El campo se ha ido quedando más “limpio”, pero a la vez más inseguro para numerosas especies cinegéticas o no.

Por otra parte, el despegue y el desconocimiento de lo rural y una sociedad mayoritariamente urbana está perjudicando la imagen del cazador al no transmitirse la actividad cinegética como una costumbre y una tradición arraigada como valor cultural. Y mucho menos se ve como una forma de fomentar el desarrollo rural. Es más, los hay que consideran que perjudica y que va en contra de otras actividades como el cicloturismo, senderismo, recogida de setas, ecoturismo, etcétera.

Siempre he pensado que si cazadores y asociaciones ecologistas se entendieran, sería de gran ayuda para mejorar los ecosistemas y no perder biodiversidad. El cazador recorre a lo largo del año cientos de kilómetros y escudriña casi todos los rincones de nuestra geografía, aportando si se le pide una información muy valiosa del estado de las especies, tanto cinegéticas como no.

Curiosamente, en los últimos años están surgiendo algunas asociaciones a favor de los cazadores con su plantel de científicos para defender y poner al día el estado actual de algunas especies cinegéticas que el Gobierno central está prohibiendo su caza, como la tórtola común, amparándose en directrices europeas.

A la umbría

Sergio García Torres, director de Derechos de los Animales.

La ignorancia es muy osada

En una reciente entrevista en El País, el polémico García Torres, no sé si por ignorancia o por mala intención (quiero pensar que es lo primero) asegura que hay en España “unas 300.000 licencias de caza”. No es verdad, una cosa son los cazadores federados, que pueden estar por esa cifra más menos y otras las licencias que son las que expiden las comunidades autónomas y que superan las 650.000. De manera que o miente o no tiene ni idea de lo que está hablando.

Por otra parte, asegura también que en España se abandonan al año 300.000 animales de compañía. Estas cifras se las saca de la manga, puesto que no hay ningún estamento que haya realizado un estudio riguroso al respecto, se basan en estudios algo desfasados de la Fundación Affinity. Al igual que cuando argumenta que el 90 por 100 de los animales están sin identificar

Al citar a la Fundación Affinity no se olvida en comentar el abandono de los perros de caza a final de la temporada, cuando resulta que los datos de la citada fundación constatan que se abandonan muchos más perros antes de los meses de vacaciones que después de la caza.

Se podrían comentar muchas más lindezas del director general, pero lo que declara de los gatos es para echarse a temblar. Según Torres, el control de los gatos se debe hacer mediante “captura, esterilización y suelta”. Y claro hay que soltarlos donde no perjudiquen el ecosistema. Buena idea, como los gatos están paralíticos y no se mueven a grandes distancias, que me explique dónde se van a soltar.

Y por cierto, creo que esa terrible imagen de los galgos ahorcados después de la temporada de caza pertenece afortunadamente ya al pasado. Esto no lo afirma García Torres, lo sostengo yo.

Este artículo forma parte de un especial sobre caza de Jenaro Iritia. Lee aquí los otros artículos de esta serie:

Los vaivenes políticos tienen en vilo a los cazadores

La Ley de Bienestar Animal maltrata a los perros de trabajo

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