El ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación, Luis Planas, en su despacho. Foto: Joaquín Terán.

Los grandes retos de Luis Planas en el Ministerio de Agricultura

La continuidad de Luis Planas al frente del MAPA es una buena noticia. Estos son los retos que deberá abordar a partir de hoy.
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Cuando se produce la formación de un nuevo Gobierno, se les suele prestar más atención mediática a los cambios que a las continuidades. El nombramiento de nuevos ministros es siempre más noticiable que la continuidad de otros en sus mismas responsabilidades. En el caso del gobierno presidido por Pedro Sánchez, es lógica la atención recibida por los nuevos ministros de Unidas Podemos, sobre todo teniendo en cuenta que es el primero de coalición desde 1978.

Sin embargo, el valor político de la continuidad es indudable en ministerios, como el de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), caracterizados por la complejidad de sus áreas de gobierno, donde la experiencia, el conocimiento y la confianza acumulada son elementos fundamentales que no deben romperse.

Por eso, me parece una buena noticia la continuidad de Luis Planas al frente del Ministerio de Agricultura. Su saber hacer en el proceso de negociación de la PAC, aún no finalizado, y su amplio conocimiento de las instituciones de la Unión Europea, así como el impulso dado desde hace un año a la elaboración del “plan estratégico nacional” (elemento clave de la nueva PAC post 2020) son razones más que suficientes para valorar como positiva la confirmación del ministro Luis Planas.

Un equipo digno de ser preservado

En un ministerio de la complejidad del MAPA, la existencia de un equipo tan cualificado técnicamente como el que ha dirigido Planas, es por su experiencia y conocimiento, un equipo digno de ser preservado. Además, en un sector tan estratégico como el agroalimentario, y donde la política agraria desempeña un papel fundamental, se sabe que la unidad del sector en torno “su” ministerio le proporciona siempre mayor fuerza negociadora que si se presenta desunido.

Tenemos en Bruselas ejemplos significativos de ello. Países tan pequeños como Dinamarca basan su gran fuerza negociadora en que siempre han presentado una posición común los representantes de sus organizaciones profesionales agrarias y los responsables de su ministerio de agricultura. Tener una posición común tanto en los “comités consultivos agrarios” (donde se ubican los representantes de las OPAs y de las cooperativas), como en los “comités de gestión” (donde participan los representantes de los ministerios de agricultura), es garantía de conseguir lo mejor para los intereses agrarios de un país.

Es verdad que, en un sector tan diverso y heterogéneo como el agroalimentario, puede haber divergencias en torno a determinados temas, tanto en lo que se refiere a diferencias entre las regiones, como entre las OPAs. Pero, en esos casos, deben conciliarse previamente los diferentes intereses y alcanzar algún tipo de acuerdo a fin de evitar que la imagen de desunión se traslade al seno de las instancias comunitarias de Bruselas. Si no se logra, y el sector agroalimentario de un país se presenta dividido, la debilidad está servida, reduciéndose la capacidad de influencia de su gobierno en los procesos de negociación.

La apuesta de Planas por el diálogo

Si aplicamos esa reflexión al caso español, hay que valorar positivamente la continuidad de Planas al frente del MAPA. En su año y medio de gestión, ha dado muestras sobradas de que la cultura del diálogo con las OPAs y las Comunidades Autónomas es un elemento clave en su quehacer político, viendo en la unidad del sector en torno al MAPA la principal arma de nuestro país para afrontar lo que resta del proceso de negociación de la PAC.

Grandes retos más allá de la PAC

Más allá de la propia reforma de la PAC y de asuntos internacionales como los efectos de la subida arancelaria de la administración Trump o el Brexit, los retos del sector agroalimentario para la próxima legislatura son de gran calado. A nivel interno, temas como avanzar en la vertebración del sector (apostando por la concentración cooperativa y la estructura inter-profesional), la mejora de la cadena alimentaria, la digitalización, la lucha contra el fraude, el relevo generacional y la instalación de jóvenes, la cotitularidad de la mujer en las explotaciones agrarias, la apertura de nuevos mercados o la potenciación de la agricultura como elemento fundamental en la mitigación de los efectos del cambio climático, son retos que exigen abordarlos en estrecha cooperación con las CC.AA., pero con una visión de país. Lo mismo cabe decir en lo relativo a la adaptación del sistema de seguros agrarios a un nuevo contexto de riesgos, o en lo que se refiere a la modernización de los regadíos en el marco de un nuevo pacto nacional por el agua.

Junto a ello, es preciso abordar la renovación de legislaciones que han quedado superadas por los cambios experimentados por el propio sector agrario (como la ley 19/1995 de modernización de explotaciones) y que debiera conducir a la elaboración de un Estatuto de la Agricultura. Un estatuto en el que se potencien los modelos agrícolas y ganaderos integrados en el territorio y que constituyen la base del desarrollo de las áreas rurales, pero sin que ello suponga ignorar el valor de los modelos de “agricultura de empresa”, que son hoy claves para afrontar los grandes proyectos de innovación agraria.

Para afrontar estos retos, es necesario superar la inevitable divergencia de intereses territoriales y sectoriales, en aras del interés general. Esta es una tarea en la que el MAPA debe desempeñar una relevante función junto a las CC.AA. haciendo valer ante otros ministerios y ante la propia opinión pública española, la importancia estratégica del sector agroalimentario. Es ahí donde la continuidad del equipo de Planas al frente del MAPA adquiere un papel fundamental.

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