Tejón Europeo. big-ashb. Creative commons

Los dominios del tejón, el gato montés, el azor y el águila culebrera

Cerca nuestras casas del pueblo se acomodan animales tan dispares como el tejón, el gato montés, el azor y el águila culebrera. Cruzarse con ellos es algo mágico.
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Hace una semana más o menos, me acerqué al huerto a regar unos tomates que a estas alturas están verdes y no más grandes que una bola de ping pong. No son cherrys, es que he tenido que sembrarlos tres veces porque los hielos los han machacado literalmente. Al paso que vamos y si no hiela en septiembre, espero coger alguno a primeros de octubre. Ya he comentado en alguna ocasión que estamos hablando de unos terrenos a 1.300 metros de altitud. Pero dejemos a su suerte, o mejor dicho a los caprichos del clima que maduren o no.

La sorpresa que me encontré en el huerto nada tiene que ver con las hortalizas y frutos de este. Al lado de una tomatera y donde más humedad hay, observo con incredulidad que ha estado escarbando un tejón; seguramente buscando alguna lombriz o gusano. Hacía algunos años que no sabía de este mustélido nocturno y duro como una roca a cualquier tipo de inclemencia. Y menos mal que no había nada maduro apetitoso a su boca, porque el tejón es omnívoro y algunas hortalizas se las come que da gusto.

Busco en un área de 300 metros más o menos cerca del huerto y en un pequeño montículo al lado de la pista forestal que llega al pueblo, encuentro pequeños escarbaderos con excrementos. Es una forma de delimitar su territorio.

Un poco más abajo del cerrillo de los excrementos, se han adueñado de la cuesta las aliagas muy tupidas y dos sabinas de buen porte que han nacido en medio de unos pedruscos. Doy la vuelta a las aulagas y entro por un pequeño arroyo en la parte sur porque presiento que la tejonera está justo cerca del tronco de las sabinas. Y así es.

Tiene una entrada bastante grande que se va estrechando poco a poco, aunque llego a ver que al menos la guarida ocupa dos galerías, donde seguro que está toda la familia. Los tejones suelen tener hasta cuatro crías que se emancipan alrededor de los seis meses, pero que se muestran insaciables hasta este tiempo. Por eso la madre no deja de cazar y comer todo lo que coge: desde carroña hasta víboras, ratones, culebras, conejos, lebratos, huevos de aves que nidifican en el suelo…

Sus hábitos nocturnos hacen casi imposible verlos de día. Así es que a las 11 de la noche me puse un chaleco de abrigo para aguantar el relente y me armé de paciencia y con una linterna con la intención de verlo. Me coloqué a unos 20 metros de la boca esperando que saliera nuestro curioso animal. Fue imposible porque donde me senté hacía el viento algo de remolino y tan pronto me daba en el cogote como en la cara. De manera que dándoles mi olor, los tejones no iban a abandonar su cubil. Con las mismas, andando a casa y a dormir.

Lo que más rabia me dio es que a los dos días me dijo un agricultor del pueblo que había visto un “tasugo” -así lo llaman en esta zona- corriendo delante de su todoterreno por la pista ¡Vaya suerte!

Conociendo dónde se encuentra la familia ya no les he molestado más. Me limito cada dos días a ver si los excrementos del cerrillo y los escarbaderos son frescos.

Un gato montés se despereza

A pesar de las advertencias y regañinas de mi mujer, cuando voy al volante no paro de mirar a los lados de la carretera. Sobre todo cuando creo que puedo ver algún bicho. La verdad es que siempre que pierdo la vista a la carretera es cuando no vienen coches y puedo circular más despacio. Y también casi siempre uno suele encontrar la recompensa.

En este caso, eran las 7 de la tarde de un día de este mes y un gatazo montés se estiraba en un rastrojo en la linde del monte. Mi mujer también vio cómo con toda tranquilidad se desperezaba, disponiéndose a iniciar su jornada de caza. No estaba a más de 250 metros de la carretera, pero el gato montés se mostraba seguro, dueño y señor de su territorio de caza. Al menos daba esa impresión.

Ahora me explico que un cazador de 83 años del pueblo me había comentado cómo en el “ombriazo”, un lugar donde apenas da el sol, no quedaba ni un conejo. Y es que el gato montés es un auténtico especialista en su caza. En cualquier caso la escasez de este roedor por esta tierra no tiene que ver solo con sus posibles enemigos, que son muchos, sino con las enfermedades que año tras año lo diezman; y quizás también con el clima.

¡Qué lástima no haber visto más cerca al montés! Si bien ya sabemos que vaga por esa zona y seguro que tiene descendencia.

El azor reclama y la culebrera caza

Un poco antes de las 8 de la mañana a unos 600 metros del pueblo, de paseo por la carretera cruza un azor como un relámpago y se pierde entre un sabinar. Por su tamaño parece hembra, de mayor envergadura que el macho. Un poco después escuchamos cómo una cría que ya ha abandonado el nido reclama la comida de sus padres. La noche ha sido larga y seguro que el hambre le puede porque no deja de piarla. Incluso casi una hora más tarde de vuelta del paseo sigue pidiendo que sus padres le llenen el buche con un sonoro “tiac” “tiac”, o algo parecido.

No obstante, lo más sorprendente fue el ataque del águila culebrera a una víbora, supongo, en un rastrojo al lado de una pared y una zarza de escaramujos pegados a la carretera. Toda la escena pasó muy rápida, no más de 10 segundos, y no sé si el águila desistió al estar tan cerca de nosotros- 12 metros más o menos- o es que falló en su intento. Lo cierto es que se enredó un poco con un ala en los pinchos del escaramujo, se soltó y salió volando. Preciosa, con sus clásicas rayas blancas y grises y sus alas y cola anchas y generosamente emplumadas.

Años atrás por la misma zona me pasó una culebrera volando bastante bajo con una víbora de considerable tamaño entre las garras de la pata izquierda. La vista de esta ave de presa es prodigiosa y frente a otras competidoras puede presumir de unos ojazos más grandes y muy bonitos.

Foto destacada: Tejón Europeo. big-ashb. Creative commons
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