Chozones sabineros.

Los chozones sabineros, una joya a conservar

Los chozones sabineros eran utilizados por los pastores para guardar el ganado. Asistimos a la renovación de la techumbre de uno de ellos en el Alto Tajo.
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Los estudiosos no se ponen de acuerdo desde cuándo los pastores de cabras y ovejas comenzaron a construir estos apriscos tan naturales para su ganado. Lo cierto es que todavía son bastantes los que se encuentran en zonas casi inaccesibles del Parque Natural del Alto Tajo en Guadalajara. Se sabe que también eran típicos en la provincia de Soria.

Mimetizados con el medio ambiente, los chozones están construidos con árboles tan robustos como la sabina y paredes de piedra seca. En la mayoría de los casos se escogía una sabina de buen porte y amplio diámetro, que servía como eje de sustento para la estructura del tejado, al igual que la pared de piedra caliza que siempre solía ser como de un metro y medio de alta y casi un metro de ancha. Su forma original era redonda, aunque más tarde se fueron ampliando a otras formas cuadradas y rectangulares, dejando así el recinto sin estorbos para el ganado. Incluso existían y todavía perduran algunos chozones que disponían de corral.

Una vez formada la pared circunvalando la sabina, esta se podaba y con fuertes ramas y las de otras se iban colocando sobre las podadas del árbol principal, intentando coger la mayor inclinación posible para que cuando lloviese resbalara el agua y no entrara ni una gota en el interior. Colocados los ramones o cabrios que iban a servir para construir la cubierta, la siguiente tarea consistía en ir tapando todos los huecos comenzando desde abajo con ramas más pequeñas de sabina, conocidas como “bardas”, hasta crear una techumbre hermética que lo mismo servía para evitar el frío que el calor.

Lo curioso es que no se utilizaban clavos ni cuerdas para sujetar los palos. Todos se engarzaban de la mejor manera posible para aguantar año tras año. La barda se renovaba cada dos o tres años, pues las pequeñas ramas se resecaban y perdían efectividad.

Fotografías: Alfonso Calle

El abandono de los chozones por el fin del pastoreo

Pero como el pastoreo ya es anecdótico por estas zonas, y tampoco pastan ganados trashumantes, los chozones se han ido abandonando con el paso de los años, hasta que ayuntamientos, voluntarios, vecinos y otros organismos se han dado cuenta de que se estaba perdiendo un patrimonio extraordinario por su belleza y conjunción con el medio natural.

El último en reconstruirse es el chozón de Olmeda de Cobeta, que curiosamente utiliza como árbol principal una enorme carrasca. Aprovechando que el programa Volando Voy de la cadena Cuatro pasaba por la zona, un ejército de voluntarios ayudados por expertos del lugar se ha puesto manos a la obra con el reto de renovar la barda, comenzando a las 9 de la mañana y terminando a las 2 de la tarde.

Conseguido el reto, alguno de los que hemos estado por la zona hemos dejado la tarea a gente más joven y ágil en encaramarse que daba ganas de abrazarla por su laboriosidad.

En las fotos que acompañan a este reportaje se ve claramente cómo por dentro del chozón se utilizan troncos de sabina con el fin de sujetar la techumbre. Ya hemos comentado en este periódico que la sabina es una madera increíble: posee un enorme corazón que nunca se pudre y que jamás es atacada por la carcoma. Además, desprende un fuerte olor agradable cuando se hace leña de los troncos antiguos, pues ahora está muy protegida. Y cuando se quema desprende un olor dulzón que antaño también servía para aromatizar la vivienda, al estar dentro o al lado de ella las caballerías y los cerdos.

Lagartos al sol

La fuerte ola de calor de estos días pasados no la han sufrido todos los animales. Al revés, los lagartos ocelados han estado en la gloria. Y he de decir que su población goza de una salud extraordinaria, al menos por estas montañas y parameras. En el trayecto desde casa al chozón (30 kms más o menos), la mayoría por carreteras secundarias en estado regular del suelo, he visto más lagartos que nunca sobre el caluroso asfalto. Tantos que tenía que ir frenando con frecuencia para no aplastarlos con las ruedas. La mayoría eran jóvenes de diferentes tamaños, pues los dos o tres adultos pronto se escabulleron hacia el monte porque conocen la vibración de las ruedas sobre el asfalto.

Por cierto, me comentaba un conocido que los lagartos ocelados, de indudable belleza por su colorido y que llegan a alcanzar los más de 50 centímetros de longitud, eran devoradores de abejas. No le creí, pero para comprobarlo estuve una mañana vigilando durante dos horas una colmena y sí, un enorme lagarto se ponía al lado de la piquera de la colmena y engullía de vez en cuando alguna abeja.

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