Una víbora atragantada al comerse una lagartija.

Lo que solo pasa en el pueblo

Vivir en el pueblo te permite disfrutar de los secretos de la naturaleza y de la charla de los vecinos de huerto.
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Colirrojos osados

Caminando con el perro por los pajares de las eras bajas, noto como algo se me posa en el hombro izquierdo; creo que es un moscón o algo parecido, le doy un manotazo no muy fuerte y cae volando al suelo. El insecto resulta ser una cría de colirrojo tizón que se ha escapado del nido antes de tiempo. La cojo del suelo y la echo a un tejado, pero vuela poco, no más de dos metros, y cae justo delante de mi. A la vez, otro hermano salta de la pared donde está el nido y aterriza casi en el mismo sitio, entre los yerbajos mojados del rocío mañanero

Al tenerlos entre las manos con suavidad a los dos, noto que el corazón les late a toda velocidad. Son muy chiquitines y están aterrados, pero como sé que entre las hierbas corren mucho más peligro que en el tejado, donde siempre pueden encontrar un hueco para esconderse de los predadores y ser cebados con más comodidad por sus padres, los coloco entre dos tejas ¡Tienen unos increíbles ojos de listos. Son preciosos!

Una víbora atragantada al comerse una lagartija.
La víbora ‘atragantada’ al comerse una lagartija.

La víbora ansiosa

Unos vecinos y amigos del pueblo nos envían un “guasap”, una foto de una víbora pequeña que se ha ahogado al comerse una lagartija, también joven. Los llamo y les comento que tengan cuidado con la víbora, pues cuando están comiendo apenas se mueven. Descuida, dicen, ya nos hemos asegurado de que está muerta. Son Almudena, Pablo, Iván y Dionisia que la han encontrado al lado de un montón de tejas de un pajar hundido recientemente.

Por el tamaño del ofidio, un palmo más o menos, deduzco que es una cría nacida el año pasado. Las víboras tienen a sus descendientes a finales de verano. Son ovovivíparas, es decir que tienen los huevos dentro de su cuerpo, donde eclosionan hasta que los expulsa la madre. De esta manera, se aseguran la continuidad. No así como las culebras que entierran los huevos y pueden ser descubiertos por los predadores. Algo así como hacen los cocodrilos.

A pesar del tamaño, esa víbora ya tiene edad suficiente como para matar con su veneno a la lagartija y engullirla. Seguro que era la primera presa que cazaba desde el año pasado.

El ruiseñor enfadado

Paso por una pequeña senda y a unos diez metros oigo a un ruiseñor en una zarzamora emitiendo sonidos insistentemente parecidos a los ronquidos de una persona que se duerme tras ser la última en abandonar la barra libre de una boda. Se mueve de rama en rama a toda velocidad con la cola levantada. Este comportamiento lo suelen tener estos pájaros cantores con las personas cuando se acercan más cerca al nido y tienen pequeños.

Así que me quedo quieto observando y escuchando y los ronquidos de intimidación van a más. Al poco tiempo veo a un gato blanco y negro que pasa justo por debajo de la zarzamora. El ruiseñor arriesga mucho y sigue “roncando” muy cerca del felino. Al final el gato se va y el ruiseñor se calma. Intento encontrar el nido y no hay manera de lograrlo. Sé que está en esa zarza, entre ortigas, pero tarea inútil si no me quedo más tiempo escondido vigilando el lugar exacto por donde entran los padres al matorral.

Por si no me he explicado bien, el ruiseñor con estos ronquidos quiere parecer mucho más grande e incluso peligroso para el gato intrépido.

Mi vecino de huerto

Hace mes y medio, más o menos, me reencuentro otro año más con mi vecino de huerto. Viene acompañado de su mujer y de otra pareja de parecida edad, más cerca de los 80 que de los 70. Nos saludamos y no le noto buena cara. Al instante, sin preguntarle me comenta que vienen con mujer y amigos porque hace poco le han dado unos “pequeños ictus” y no le dejan bajar solo al hortal.

Pasados unos días, ya baja solo y le noto otro talante, se muestra más activo y hablador, aunque no es un hombre de muchas palabras. El huerto le ha rejuvenecido y parece que le ha curado.

Este pequeño relato enlaza con el reportaje que ya publicamos en este periódico que se titulaba: “El huerto, fuente de salud”. Pero no hace falta irse tan lejos en el tiempo. Estos días de atrás, nuestro compañero Emilio Barco se hacía eco de un artículo de El País en el que los de medio ambiente del ayuntamiento de Alcorcón le estaban haciendo la vida imposible a Serafín, un anciano que tiene plantado su huerto en un solar en Alcorcón (Madrid). Por favor, leánlo. Merece la pena.

El Ministerio de Sanidad y las consejerías autonómicas deberían subvencionar a todos los hortelanos jubilados, porque les ahorran consultas médicas y remedios de la farmacia.

La ingenuidad de las taravillas

Hablando por teléfono con el director de esta publicación, mientras paseo con el perro, dos taravillas comunes, macho y hembra se me acercan como nunca con su característica voz “fuit-cha-cha”. Si yo las sigo vuelan poco a poco hacia un camino. Sé a ciencia cierta que me están provocando para que me aleje del nido lo antes posible y acepto su estrategia para no ponerlos nerviosos. Dejo al perro y vuelvo de nuevo a ver las taravillas al mismo sitio, me alejo unos metros y me escondo detrás de una jara al lado de un enebro pequeño.

Después del fracaso con el ruiseñor, quiero encontrar esta vez su nido. No hay manera, porque el macho me descubre y comienza con su ya clásico ritual de despiste. He perdido completamente aquella habilidad que tenía de chaval. La diferencia de sexos es notable en este caso. El macho tiene la cabeza negra y un pecho marrón lustroso, mientras que la hembra es pardusca. Sin embargo, para diferenciar macho y hembra de los ruiseñores comunes hay que ser un experto.

Taravillas y ruiseñores son insectívoros, pero como hemos visto utilizan distinta estrategia para defender a sus retoños: el ruiseñor intimida y la taravilla distrae.

Majuelos y saúcos

Terminado hace poco el olor a lilo que ocupaba todo el casco urbano a poco que se moviese una pizca de viento, ahora es el turno de los majuelos. Basta con salir unos cientos de metros del pueblo para embriagarse de un olor dulzón a la vez que fresco. Sus apretadas ramas de flores blancas pronostican un otoño fructífero en bayas rojas comestibles para un buen número de mamíferos y aves. Menos mal que uno se los va encontrando escalonados por los caminos, pues su fragancia es tan fuerte que casi resulta pesada.

En cambio, los saúcos, de flores blancas mucho más grandes, hay que acercarse a ellos para apreciar cierto olor amargo. Sin embargo esconden varias propiedades curativas.

He visto varias veces cómo un señor del pueblo que tiene más de 95 años cogía las flores en una cesta de mimbre, hasta que un día le pregunté. Me dijo que las dejaba secar en la cámara y que cuando se resfriaba o notaba molestias en la garganta se prepara infusiones y se curaba.

Algo de especial debe de tener esta planta, pues he visto a las cabras “matándose” por comerla. Cuando tienen la oportunidad de ramonearla la dejan pelada.

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