Cazuela de lebrada de pregonaos, el origen de las despedidas de solteros. Foto: Joaquín Terán

Lebradas de “pregonaos”. Este es el origen de las despedidas de solteros

Las despedidas de solteros tienen un origen muy antiguo y, por supuesto, rural. Pocos imaginan que detrás de todo está un plato de liebre.
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Era costumbre en Castilla que cuando unos novios decidían casarse había que hacer público su deseo en la puerta de la iglesia, para que si alguien conocía algún impedimento lo hiciese saber. En las ceremonias civiles también es obligatorio este trámite aunque simplificado.

Tradicionalmente, una vez publicadas las amonestaciones, que es así como se llama el trámite, los novios ya estaban “pregonaos”, lo que significa que ya están muy comprometidos, y por ello había que celebrarlo. La forma de este origen de las despedidas de solteros es muy variada porque, según los diferentes sitios, los invitados a esta celebración anterior a la boda podían ser los familiares exclusivamente, los amigos o ambos. Unas veces la fiesta era organizada por uno solo de los contrayentes, generalmente el novio y en ocasiones por los padres de los dos novios.

En el campo salmantino la forma tradicional de la celebración era con una lebrada, que generalmente se limitaba a los amigos, especialmente a los “quintos”, que en el mundo rural lo eran desde muy pequeños, desde que empezaron a ir a la escuela.

La lebrada del “pregonao” es mucho más que una despedida de soltero ancestral, es una fiesta formal, en la que abunda el vino, pero nadie se emborracha, en la que los asistentes prometen ayuda al nuevo matrimonio y en la que se designan los testigos de la ceremonia.

Es una fiesta seria, ceremonial, aunque hay variaciones, por supuesto, que en general modifican ancestrales costumbres, pero todavía está muy lejos de las actuales despedidas de solteros, de influencia extranjera, que ya son de los novios y de las novias, con espectáculos de todo tipo.

Todo empieza cazando la liebre

Pero para hacer la lebrada es necesario primero cazar la liebre, o las liebres si los invitados son muchos. Generalmente se elegía un domingo o un día de fiesta, para poderlo compaginar con las tareas del campo. En la cacería participaban todos los amigos, o al menos los más aficionados a este deporte, que ponían a disposición sus galgos y algún perrillo carea, que tenía especial habilidad para sacar a las liebres encamadas, pero a partir de ese momento, ya es competencia exclusiva de los galgos la captura de las piezas. Lo ideal es que en cada carrera participe un galgo que sea muy rápido, otro que tenga mucha resistencia, para aguantar en las carreras largas y un tercero que tenga “buena boca”, para cobrar la pieza.

Una vez capturadas las liebres es necesario proceder a lo que siempre se llamó ablandamiento de las carnes, conocido actualmente como faisandage, que no es práctica exclusiva de las aves, porque es muy conveniente hacerla con todas las piezas de caza y en el caso de las liebres es obligado, para que se puedan comer y la carne tenga la textura adecuada.

En el caso de las liebres es conveniente vaciarlas, pero no despellejarlas, para lo que previamente ha sido necesario sangrarlas y guardar la sangre, conservándola en un lugar fresco, porque va a ser necesaria cuando se cocine.

Después hay que guisar las liebres y para dar a conocer la receta hemos recurrido al libro “Las Cocinas de España”, una excelente obra de Manuel Martínez Llopis, científico y seguramente el mejor conocedor y difusor de la historia de la gastronomía española, y de Luis Irizar, el maestro de los cocineros que han llevado a la cocina vasca a los actuales niveles.

Lebrada de pregonaos

Lebrada de pregonaos. Foto: Joaquín Terán
Lebrada de pregonaos. Foto: Joaquín Terán

Ingredientes

Una liebre de un kg y medio

Una cucharada de harina

Vino tinto, el necesario

30 gramos de almendras

30 gramos de piñones

Cuatro cucharadas de aceite

50 gramos de tocino entreverado

Condimentos: sal, ajo, perejil, tomillo, laurel y canela en rama

Elaboración

Después de desollada, se destripa la liebre y se reserva la sangre. Se lava y se trocea en pedazos pequeños, que se ponen en un adobo preparado con las hierbas y especias y un poco de vino, sin poner sal que endurecería la carne. Se agrega además una cucharada de aceite y unas lañas de tocino entreverado, poniendo todo en una cazuela de barro en la que más tarde ha de cocinarse.

Pasados dos o tres días se coloca la cazuela sobre el hogar, tapada con una cobertera de hierro. Cuando lleve cociendo un rato se espolvorea con una cucharada de harina, se rehoga un poco y se añade vino tinto hasta cubrir los trozos de liebre. Se sala y se deja cocer, colocando unas brasas sobre la cobertura.

Aparte se majan las almendras y los piñones hasta formar una pasta que se deslíe en la sangre de la liebre. Se agrega y se añade a la liebre cuando esté casi cocida. Se deja que termine de hacerse y después se tiene en reposo, a un lado de la lumbre hasta la hora de servirlo.

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