Campos de labranza. Autor: Joaquín Terán.

La palma dorada

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Había terminado la Semana Santa y se tenía que cumplir por Pascua florida. Eran los cumplimientos de iglesia que se hacían todos los años en las zonas rurales, justo después del Domingo de Resurrección. Como responsables de su grey, don Gustavo y doña Fermina llamaron al padre Braulio, fraile dominico amigo de la familia, para que oficiara la misa en la ermita de la hacienda San Mateo, situada en las tierras que los lugareños llamaban La Vaguada.

Allí, en distintos cortijos que se extendían a ambos lados del río y que pertenecían desde hacía sólo varios años a la misma heredad, trabajaban más de un centenar de braceros, gañanes desplazados de los pueblos y aldeas de la comarca. Muchos de ellos pasaban la temporada de labor durmiendo a la intemperie en las eras. Otros lo hacían entre los muros del viejo castillo medio derruido, que aún mostraba en su escudo el abolengo de nobleza de sus antiguos propietarios. Había quienes se recogían al llegar la noche en algún lecho de paja improvisado dentro de los almiares. Los que vivían en las aldeas más próximas iban al tajo todos los días al amanecer y regresaban a sus casas a la puesta del sol, en carros o a lomos de algún animal de carga.

Desde hacía varios meses estaban muy revueltos los campos de La Vaguada y de otras comarcas de los alrededores. Los braceros protestaban en demanda de mejoras salariales, exigiendo además el reparto de unas tierras que entendían eran de ellos por haber sido expoliadas muchos años atrás cuando las desamortizaciones, según les habían oído decir a sus ancestros. Los sindicatos hablaban de algo muy importante que estaba ocurriendo esos días en la lejana Rusia. Sin embargo, en la hacienda San Mateo no se habían producido altercados gracias a la buena mano de Gregorio el aperaor.

Llegó el domingo del cumplimiento por Pascua, y se había engalanado la fachada de la pequeña iglesia, montándose un altar en el exterior y luciendo en su blanco campanario una palma verde bendecida en la procesión del Domingo de Ramos. A la caída de la tarde, todo el personal estaba reunido en la explanada, listo para escuchar la misa. La ropa de domingo con la que vestían los braceros con sus oscuros rostros cuarteados por el sol, mostraba aún más el contraste con la piel blanca y rosada de los miembros de la familia propietaria de la hacienda.

En el centro, don Gustavo y doña Fermina estaban sentados en dos sillones blancos de mimbre, y a derecha e izquierda se sentaban sus hijos con sus respectivos cónyuges por orden de edad, todos vestidos con sus mejores galas. Teresa, la hija mayor, estaba junto a su marido Eladio, recién casados, contemplando la escena con gran devoción y sintiéndose orgullosa por el fervor con que los braceros y sus mujeres se acercaban al altar a recibir la sagrada forma. Eladio, masón y liberal, le susurraba a su mujer, con la ironía que le caracterizaba, que no se hiciera falsas ilusiones con eso del cumplimiento de iglesia. “Cumplo y miento, es lo que están pensando los braceros, Teresa», le decía. “Calla y no seas tan sarcástico, Eladio, que mi padre te va a oír”, le recriminaba pellizcándole el brazo, mientras el padre Braulio acudía al sagrario a llenar el cáliz con nuevas obleas para así poder continuar dando la comunión a los feligreses. “Menos cumplimientos, Teresa, y mejores alojamientos”, seguía murmurando Eladio.

Sólo unas semanas después, justo durante las movilizaciones del 1 de mayo, la hacienda San Mateo fue ocupada por esos mismos braceros, que, en su furia, y agrupados con otros campesinos de la comarca, incendiaron varios almiares y parte de la capilla. La Guardia Civil intervino con fuerza deteniendo a varios de los cabecillas y acribillando a balazos a uno de ellos.

Después de aquello hubo varios años de calma aparente en los campos de La Vaguada, sólo alterada por revueltas puntuales que eran pronto reprimidas por las fuerzas del orden. La familia restauró la vieja capilla, y pudieron celebrarse de nuevo los cumplimientos de iglesia por Pascua florida, sólo una vez interrumpidos en ese tiempo. Ocurrió a mediados de los años 1930, cuando el gobierno del Frente Popular anunció la expropiación de los grandes latifundios, activando con ello la ocupación de tierras y las movilizaciones campesinas. Sin embargo, aquello fue sólo un destello, que se iría apagando conforme el orden eterno de los campos regresaba a las tierras alomadas de La Vaguada, reanudándose durante otros treinta años más las viejas tradiciones en la hacienda.

Carlos aún conserva grabados en su memoria algunos de los últimos cumplimientos de iglesia, cuando de niño se sentaba entre su padre y los abuelos Eladio y Teresa en la misma explanada en la que tiempos atrás habían presidido aquel ceremonial don Gustavo y doña Fermina, ya fallecidos. Esta vez era a su padre a quien se dirigía el abuelo Eladio, ya anciano, para decirle con el sarcasmo de siempre, “ya ves, hijo, cumplen y mienten como hacían sus antepasados, hasta que un día todo este mundo se desmorone”. Y así fue.

De nada sirvieron los alojamientos con camas y aseos que se construyeron, ni la jornada de ocho horas conquistada, ni los derechos laborales conseguidos. Pudo más la fuerza de la emigración a tierras promisorias. Hoy, ya no viven braceros en la hacienda San Mateo ni tuestan sus espaldas al sol en los pagos de La Vaguada. Sólo permanecen las ruinas de la antigua fortaleza como una atalaya junto al río.

En la explanada desierta de la hacienda se ven varios tractores y alguna maquinaria agrícola de última generación. La vieja capilla permanece cerrada como vestigio de otro tiempo, y arriba en el blanco campanario aún puede verse una palma seca y dorada brillando luminosa al sol del mediodía.

Foto: Campos de labranza. Autor: Joaquín Terán.

4 comments

  1.  

  2. Amalia 1 mayo, 2022 at 09:03 Responder

    Años de lucha y conquistas por parte de sindicatos , partidos y obreros, han llevado a la mejora del campo andaluz y al bienestar de los obreros del campo de hoy en día. La PAC, las ayudas de la U. E., las ayudas del paro, la conquista de todos estos derechos ha mejorado la España rural. La postura de la iglesia la veo hipócrita.

  3. Rafael 3 mayo, 2022 at 08:57 Responder

    El relato es muy bueno, por su contenido y por la forma de narrarlo, con fluidez y naturalidad, una prosa nada rebuscada ni artificios.

  4. Jorge Ruiz 8 mayo, 2022 at 13:12 Responder

    Mientras nos afanamos en cambiar la realidad, la realidad cambia según una lógica que habitualmente se nos escapa. Buen domingo, Eduardo

  5. jose angel rguez martin 8 mayo, 2022 at 17:03 Responder

    Muy sensible, Eduardo. Evocador y sugerente para el activar con sentido lo que han de hacer los distintos actores. Un saludo. José A. Rguez.desde Canarias.

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