Una mujer recogiendo cerezas en el valle del Jerte. Foto: FADEMUR

La olvidada mujer rural

Sigue estando ignorada en sus justas reivindicaciones y parece que estamos empeñados en silenciarla.
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Hace unos años, estábamos jugando compañeras y compañeros de la desaparecida revista Tiempo a eso de “no es lo mismo”. “No es lo mismo la calle Claudio Coello que el cuello de Claudio”, y así. Entonces se me ocurrió decir: “no es lo mismo un abrigo de mujer que una mujer de abrigo”, a lo que las compañeras reaccionaron tachándome de machista.

Con tranquilidad les expliqué que en Castilla, una mujer de abrigo no se entendía como la que te arropaba y te daba calor. Una mujer de abrigo se consideraba en cualquier pueblo como una valiente, decidida y que no se arredraba ante nada. Mis compañeras lo entendieron y todos en paz.

Y es que aquella mujer rural que yo conocí era y sigue siendo el verdadero timón, la mejor palanca para el bienestar y el progreso de cualquier familia. Aquella niña, joven y mujer rural con la que conviví, mas que una persona era una burra de carga. Se encargaba de hacer la comida en casa, lavar y zurcir la ropa, asear al marido y a los niños, trabajar en el campo, bien segando o trillando en verano, cuidando el ganado en cualquier época del año. También era la encargada de acarrear agua cuando la fuente del pueblo se helaba en invierno o se secaba en verano; la que cuidaba el pequeño huerto, la que hacía jabón y la que tenía que hablar con la maestra porque la niña de 13 ó 14 años no había ido a la escuela porque era mandada de pastora un día y muchos más. Todo esto y muchas tareas más en un ambiente machista que recordándolo ahora se me hace irrespirable.

Los hijos de aquella mujer rural que yo recuerdo son los que tienen ahora entre 60 y 75 años, la mayoría suficientemente acomodados en la actualidad, gracias al esfuerzo de sus padres, pero en especial de aquella madre que se deslomaba desde que salía el sol hasta que se ponía. Y sin protestar y cuidando a sus hijos como una leona para que crecieran sanos y si fuera posible con estudios para que el día de mañana fueran algo en la vida. Así se pensaba entonces.

Una mujer en desventaja

Con respecto a aquella mujer rural, la actual ha ganado en progreso y en comodidad, pero sigue teniendo mucho más difícil su lucha por la igualdad que la que vive en las grandes ciudades. Sobre todo en los pueblos pequeños sigue siendo la gran ignorada, pues tiene menos oportunidades de un trabajo digno y de que escuchemos su voz y justas reivindicaciones.

Por curiosidad, he seguido hoy dos cadenas de televisión, una pública y otra privada y no he escuchado nada sobre lo rural. Parece que luce más sacar alguna de las manifestaciones en Madrid y Barcelona y si hay incidentes, aunque sean pequeños, mejor. Es como si nos hubiéramos propuesto silenciar a esa mujer rural que sigue peleando contra el machismo imperante, contra la despoblación, contra la escasez de medios para comunicarse como Internet, contra la sanidad precaria.

Sé que poco a poco la mujer rural se está armando de argumentos para llegar algún día a la tan deseada paridad, gracias a asociaciones como FADEMUR, gracias también a numerosas alcaldesas con sensibilidad y que reivindican ante los organismos oficiales el papel fundamental de la mujer en el desarrollo rural.

Tampoco se está valorando a esas mujeres que han dado el salto de enorme vértigo desde la ciudad al pueblo y que gracias al número de sus hijos han conseguido, por ejemplo, que se abran las escuelas. Sí, en muchos casos ha sido el matrimonio el que ha tomado la decisión de marchar al pueblo, pero cuando le he preguntado al hombre sobre quien ha tirado más del carro, una vez más ha sido la mujer.

Sometida y resignada

Aunque parece mentira, todavía existe en los pueblos la típica mujer que ha asumido el papel de ama de casa resignada o de pareja casi sometida. Un ejemplo: una tarde llegó al bar del pueblo una pareja ya madurita, donde había bastantes hombres reunidos tras una cacería. Uno de los presentes que conocía a la mujer le dijo “cómo tú por aquí” a lo que ella contestó: “ya sabes, yo a donde me lleven”.

Me quedé de piedra y estuve a punto de decirle algo al respecto aprovechando que su pareja estaba de “charleta” con los amigotes, pero fui un cobarde y no me atreví. La verdad es que me dio mucha pena aquella escena.

Pero no voy a terminar estas cuatro letras sin hacer autocrítica: supongo como me he criado en un ambiente machista creo que me tengo que esforzar más en apoyar a la mujer y sobre todo en que no me salga ningún ramalazo poco ejemplar.

Mi homenaje a aquella mujer rural que se cargaba con el balde de ropa hacia el lavadero, la que mantenía las ollas de barro y sartenes más limpias que la patena, la que escardaba, espigaba, enjalbegaba con cal viva las paredes de la casa, dejando un perfecto rodapié pintado de “azulete”, la que encendía la lumbre gracias a los hatillos de leña recogidos en el monte y la que nunca se quejaba a pesar de estar molida de trabajar día tras día.

Mi homenaje a la mujer actual por haber tenido que renunciar a muchos de sus sueños por tener que cuidar a la familia y por ponerse en primera línea de riesgo en estos tiempos de pandemia.

Foto destacada: Mariví, una mujer rural que se dedica a la avicultura en Hellín. Foto: FADEMUR.

1 comment

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    Tomàs Horche 12 marzo, 2021 at 21:00 Responder

    Un premio indiscutible y merecido para mi compañero ingeniero agrónomo Eduardo Moyano aunque interesaría conocer si en el comité de adjudicación formado por representantes tanto por parte de ASEDAS como de MERCASA ( sectores de distribución alimentaria ) que otorgan y coordinan dicho premio – existen profesionales con una visión especializada cercana y comprometida con la actual problemática comercial productora del campo agroalimentario español especialmente referida a la consecución de retribuciones de precios justos en origen para el agricultor y que además cubrieran totalmente los costes de producción. En definitiva cabe preguntarse cuántas Has de cultivo alimentario, cualitativas y cuantitativas representan ?? Un saludo. Tomàs Horche Trueba

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