Un guardiacivil conversa con un párroco en Villar del Río (Soria).

La Guardia Civil ya no forma parte del paisaje rural

En su trabajo siempre han servido lo mismo para un roto que para un descosido cargando sobre sus espaldas cientos de tareas. Pero se han marchado de muchos pueblos.
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Una noche estrellada cualquiera de verano de mediados del mes de agosto del año pasado recorría con mis nietas, que el resto del año viven en Países Bajos, las pistas agrícolas de Aragoncillo (Guadalajara) rodeadas de barbecho a eso de la una de la madrugada con la emoción de ver animales.

Acabábamos de andar por un barbecho equipados con una potente linterna para ver mejor a unos corzos y la muy ocurrente nieta pequeña nada más poner el pie en suelo dijo: “¡qué bien, esto es crunchy!” Y caminaba encantada por el barbecho haciendo el mayor ruido posible, pues era la primera vez que lo pisaba recién segado. Unos metros más adelante salían los corzos hacia el sabinar escondidos en el arroyo tras unas mimbreras. Pocos minutos después de subir al viejo 4×4 e iniciar la marcha, teníamos detrás un coche de la Guarda Civil Rural, pegado a nosotros como una lapa, seguimos en marcha despacio por la pista y en el primer lugar donde había espacio para parar, así lo hice.

Encendí rápidamente la luz interior del vehículo, los agentes salieron a toda velocidad de su todoterreno, encendieron sus linternas hacia nosotros y las niñas se asustaron un poco. Al acercarse los guardias y darse cuenta de que iba con niñas, noté que se relajaron y como es obvio me preguntaron que “qué hacía a esas horas”. Cambiaron completamente de actitud cuando les conté el propósito de nuestras correrías nocturnas.

Me dijeron que estaba prohibido farear con la linterna desde el coche y que pensaban que éramos furtivos, que los hay y muchos por la zona. Muy amables, se disculparon por el susto que le habían dado a las niñas y se despidieron. “Buen servicio”, les dije.

Seguro que este incidente sin importancia sería uno más de los que les esperaba a la pareja de guardias civiles en su larga noche de patrulla por los pueblos y alrededores. Y es que la Guardia Civil, desde que la fundara el Duque de Ahumada en el siglo XIX ha ido acumulando cada vez más tareas sobre sus espaldas: desde el papeleo y vigilancia de una corrida de toros en el pueblo, pasando por robos, peleas, violencia de género, rescate de personas y animales, control de personas en esta ola de pandemia, vigilancia antidroga, caza y pesca, control de las armas… por citar solo unos cuantos deberes.

Cierre de cuarteles

La marcha de la Guardia Civil de los pueblos ha ido en paralelo o quizás más rápida que la emigración de sus habitantes a las grandes ciudades, dejando casi desamparada a la gente que todavía vive en las pequeñas localidades. Y no es porque en los cuarteles concentrados ahora en los pueblos más grandes, conocidos como Partidos Judiciales de la provincia, no cumplan con sus obligaciones, es que son pocos los efectivos y no les da tiempo para pasarse con tranquilidad necesaria por todos los pueblos. Y eso que patrullan en todoterrenos y no como antaño andando o en caballería.

Recuerdo de pequeño cuando llegaba la pareja montada a caballo del cuartel del pueblo de al lado y se paseaban a pie por las calles hablando con la gente y, por supuesto, con el alcalde que los ponía al día. Ese día era terrible para algunos niños, pues ya se encargaban los mayores de meterles miedo con “no se os ocurra hacer una fechoría que está la Guardia Civil”, como si nosotros no nos hubiéramos enterado de su presencia antes que ellos.

Los cuarteles, situados casi siempre en la entrada o salida del pueblo, como se quiera ver, solían ser de buena construcción, aunque en los lugares fríos de montaña ni en otros lugares no contaban con calefacción, así que los destinados nacidos en zonas más templadas del sur de España las pasaban canutas en invierno dentro de sus estancias y en sus rondas de noche mucho más.

Sin embargo, era una Guardia Civil más cercana. Los pueblerinos los conocían por su nombre y el de sus mujeres, así como los hijos que iban al colegio. Se fomentaba una relación más estrecha, más humanizada entre guardias y habitantes del pueblo. Además, ante cualquier problema se acercaba uno al cuartel y listo. Participaban en los festejos importantes y a cambio ellos invitaban el día de su patrona, la Virgen del Pilar.

Trato impersonal

Ahora en cambio cuando pasan con el vehículo por el pueblo con mucha menos frecuencia que antaño nadie los conoce y se hace muy difícil cambiar impresiones porque su planificación del recorrido no se lo permite. Son tan pocos agentes los destinados en la zona que lo de pegar la hebra con el vecino se ha convertido en un lujo. De manera que no se les puede culpar de los muchos robos que estos años se están produciendo en viviendas de los pueblos de la España vaciada.

Para avisarles de cualquier incidente ahora se marca un teléfono, vienen y casi siempre llegan en un tiempo razonable. Toman nota y declaraciones para el correspondiente informe ya sea robo u otro percance y hasta otro día. De manera que este es el único trato que se tiene con los guardias. Incluso ahora para cualquier gestión en el cuartel correspondiente hay que pedir hora a un teléfono que tarda en contestar o bien por medio de Internet. Y a esperar.

Aquellos guardias que formaban parte del paisaje rural y poco a poco abrazaban las costumbres de los pueblos donde se ubicaba el cuartel han desaparecido. Ahora viven hacinados en los cuarteles en unas viviendas bastante precarias en muchas ocasiones y no dicen nada ni apenas se quejan.

En sus rondas los agentes más jóvenes recién salidos de la academia sacan pecho, se muestran menos tolerantes y más imperativos que los veteranos cuando creen que has cometido una infracción, pero al poco tiempo de ejercer se aplican y se adaptan a las costumbres del lugar.

Se les echa de menos

Si se me ha ocurrido escribir estas cuatro letras sobre estos abnegados servidores públicos ha sido por mis conversaciones con los más mayores de los pueblos que todavía los añoran. Y eso que en algunos casos algún agente salía con el colmillo algo retorcido y los tenía firmes. Sobre todo con eso del furtiveo de la caza menor con el fin de llevar un bocado de carne a casa. Lo bueno es que la mayoría de los guardias en este caso miraba hacia otro lado.

No obstante, gracias a su labor en unas jornadas interminables de trabajo y con unas horas extras pagadas de forma miserable siguen dando el callo por esa España olvidada por muchos, menos por ellos hasta cuando nieva que tienen que ir al rescate de pastores y algunos excursionistas animosos sin idea de los peligros de la montaña.

1 comment

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    Lince 20 enero, 2021 at 20:08 Responder

    Los tiempos han cambiado y la Guardia Civil debe amoldarse al contexto actual, donde los pequeños pueblos van desapareciendo y la población de su demarcación se concentra en las poblaciones cabeceras de comarca, extrarradios de capitales y zonas turísticas. Nos guste o no, el 75% de la población que habita en la demarcación de la Benemérita se concentra en esa clase de núcleos, por lo que es allí donde debe concentrar sus efectivos de Seguridad Ciudadana (antiguamente llamado servicio Rural), que es donde se concentran los índices delictivos.

    La distribución de pequeños Cuarteles diseminados en zonas rurales ha quedado obsoleta. No se ofrece un servicio preventivo eficaz, las patrullas actúan sin apoyo en toda clase de incidencias, y la calidad de vida para los agentes no es atractiva; sin oferta de ocio, centros de formación, instalaciones deportivas, culturales… La solución lleva años demándandose por los guardias civiles que patrullan y atienden a los ciudadanos, que son los que conocen “el percal” de la calle, y es una nueva redistribución de los efectos de Seguridad Ciudadana: concentrar a sus agentes en grandes Puestos Principales situados en las poblaciones más importantes o cabeceras de comarca. Así se consiguen más patrullas por turno en la calle para proteger toda la demarcación; se consigue que las patrullas no se vean solas ante una reyerta, atraco, okupacion, desórden público…. Se consigue que ese cuartel esté abierto las 24 horas con personal específico de atención al ciudadano que se encargue de tramitar cualquier denuncia o diligencia; se consigue que esa demarcación tenga un grupo de investigación para hacerse cargo de las investigaciones más técnicas; se consigue que los agentes tengan más calidad de vida y no se sientan solos; se consigue que las patrullas se dediquen a patrullar, y no como ahora, que deben patrullar, recoger denuncias o abandonar la demarcación porque deben diligenciar un detenido, algo que a día de hoy es tercermundista. Eso no ocurre ni en la Ertzaintza, ni Mossos ni Policía Nacional, ya que en todas sus dependencias hay personal específico para recoger denuncias o elaborar los atestados de cualquier actuación que realicen sus patrullas: detenidos, denuncias, diligencias a prevención…

    Por el bien del Cuerpo, del ciudadano y de los agentes, esperemos que el Servicio de Seguridad Ciudadana camine rápidamente hacia ese modelo, si no, se desangrará lentamente, hasta convertirse en un barco a la deriva

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