Foto: 26/52.- Perdiz nostálgica.. Autor: a.camacho_photodesign. Creative commons

La extraordinaria perdiz roja (II)

En el primer capítulo sobre esta ave tan nuestra, tan española, comentábamos algunos de sus instintos y comportamientos. En este, intentaremos acercarnos a su decadencia y a las causas de su cada día más difícil supervivencia desde un pueblo de La Mancha.
0
755


Un otoño muy lluvioso, en los tiempos en los que José Bono “reinaba” en Castilla-La Mancha, una máquina diabólica no paraba de hacer enormes surcos por las preciosas laderas y lomas de monte bajo de un pueblo de la Mancha Alta. Algún funcionario lumbreras de Toledo convenció a parte de los vecinos para que se sembraran pinos en sus tierras improductivas para el cereal, pero verdadero paraíso para la perdiz.

En pocos años, como el otoño vino bien y agarraron la mayoría de los pinos, aquellas laderas se convirtieron en pinares de imposible acceso por su maleza. De manera que poco a poco fue conquistado por numerosos zorros y depredadores y más tarde hasta por jabalíes. Si a la perdida del hábitat de la perdiz, añadimos también que hubo una época que se subvencionaba arrancar las viñas, nuestra protagonista se quedó bastante desprotegida de las alimañas. Esto sin contar con los vaivenes del cambio del clima con sequías extremas como la de este otoño y los potingues que se echan al campo. Además, se destruían muchos nidos por las siegas tempranas de los yeros y de las cebadas. Sobre todo de los primeros, que es donde más le gustaba anidar. Ahora ya no se siembra esta leguminosa.

La realidad es que desde el año 2003, de ser un coto de caza con un buen número de saludables y fuertes perdices, envidia de muchísimos pueblos de la zona, ha pasado a contar en la actualidad con escasos ejemplares y con unos bandos disminuidos. De hecho, antes no había cupo por cazador en el número de ejemplares a abatir y ahora es imposible cumplirlo con dos perdices por barba y con unos límites de horarios y de días bastante estrictos y razonables. Por otra parte, el paisaje con los pinos como protagonistas ha cambiado completamente en muchas zonas y los daños que conlleva para la fauna y la flora autóctona.

Parece ser que por mucha gestión del coto conservadora en cuanto a las especies y número a cazar, el único que se salva es el conejo, abundante en algunos zonas concretas del coto. La añorada perdiz, con ese vuelo potente y se ese reclamo incesante poco antes de la primavera de los machos en lo más alto de los majanos, pasa por momentos muy delicados para prosperar.

Sobre la escasez de la perdiz roja y sus posibles enfermedades se han realizado numerosos estudios con mejor o pero éxito buscando su conservación. Sin embargo, yo voy a tirar por la senda más sencilla, la de la experiencia en cuanto a la forma de mantener al menos su población actual.

Cómo salvar a la perdiz roja

En este término municipal creo que bastaría con cortar todos los pinos de las laderas y limpiarlas de brozas, controlando también el exceso de las zorras. Pediría a los agricultores que dejaran más lindazos de pastizales de al menos un metro al lado de los arroyos y entre algunas parcelas más querenciosas. Dejaría el coto sin cazar durante dos años por lo menos. Y si la primavera, el verano y el otoño vienen secos colocaría bebederos camuflados para que las aves de presa tengan más difícil capturarlas. También intentaría pasear menos en todoterrenos por las pistas para no incomodar a las polladas en época de cría. Por supuesto, prohibiría soltar perdices de granja en este coto y en los demás que limitan con este término.

Con estas pequeños cambios estoy convencido de que la perdiz mantendría una población estable y crecería un poco. Por otra parte, lo de cortar los pinos vendría muy bien para prevenir incendios, porque el día que haya un fuego, esos pequeños pinares llenos de broza son como un polvorín que alcanzaría las siembras de cebada y de girasol en pocos minutos. Por cierto, lo que sí he comprobado es que si la primavera viene lluviosa las polladas son más abundantes

Y es que estamos hablando de uno de nuestros tesoros de la fauna ibérica. A la perdiz roja la he visto dormir a campo abierto en las duras heladas de invierno apretándose en un surco grande labrado por la vertederas de un tractor y levantar el vuelo por la mañana pronto con las alas llenas de escarcha. Prefiere dormir en este terreno porque su experiencia le dice que agruparse en una mata puede ser presa de algún zorro que difícilmente la buscará en lo más limpio del sembrado.

La he observado cuando al ser perseguida por los cazadores se ha “cosido” a la tierra y una vez que éstos han pasado a su lado, y ya no estaba a distancia de tiro, ha levantado el vuelo en dirección contraria a la mano que llevaban los de las escopetas. He comprobado también como algunos machos salen volando a toda velocidad, pero con el riesgo de ser abatidos, en dirección contraria a donde está el bando que protege.

Me ha sorprendido la fiereza con la que pelean los machos en época de celo por las hembras y por mantener o conquistar su territorio. Tanto es así que una vez de pequeño llegué a coger con las manos uno de estos machos que estaba “ciego” por la pelea que tenía con su rival. Los dos perdigachos se metieron entre mis piernas en una lucha encarnizada. Cuando cuento esto último nadie se lo creee, pero fue así.

Ninguna otra especie catalogada como caza menor en España es capaz de medir la forma física del hombre y derrotarlo la mayoría de las veces. En especial, cuando vuelan desde la lomas y cuestas a las grandes extensiones castellanas de labor. Allí encuentra su terreno favorito para volar y volar lejos de los tiros de la escopeta.

Esa frase tan manida, sobada y socorrida de “no marees la perdiz” habría que cambiarla por la de: “perdiz no marees a tu perseguidor”. Y así es, pues para el que no conozca la bravura de semejante ave le pondría un ejemplo muy simple: ante la proliferación de la perdiz de granja a falta de la auténtica, de la salvaje; la primera la compararía por su vuelo con un avión comercial, mientras que la patirroja silvestre sería el avión de combate más rápido por cómo se lanza en picado a poco que encuentre una altura.

Precisamente la exposición de nuestra protagonista a algunas enfermedades de la perdiz de granja cuando esta se vendía con menos garantías sanitarias que ahora, su hibridación y la utilización de esta última en muchos cotos para numerosas cacerías han sido unos mazazos importantes para su supervivencia. Esta moda de soltar miles y miles de perdices de granja para repoblar ha conseguido que muchos dueños de cotos en busca de negocio se olvidaran de que existe una prima hermana mucho más bella, saludable y verdadera.

Por tanto, no es de extrañar que la perdiz salvaje haya sido la “culpable” de que el cazador auténtico haya colgado para siempre la escopeta, pues perseguir una de granja nada tiene que ver con patear los terrones tras la reina de la menor. Prácticamente, esta temporada hay la mitad de cazadores que a principios de los 90 de siglo pasado.

En el próximo capitulo sobre la perdiz roja abordaremos la que vive en alturas entre 1.300 y 1.500 metros de altitud, con un comportamiento en ocasiones diferente a la de las llanuras peninsulares; hasta llegar a parecer casi una subespecie.

Lee aquí el primer capítulo de esta serie: La extraordinaria perdiz roja (I)

Foto destacada: Foto: 26/52.- Perdiz nostálgica.. Autor: a.camacho_photodesign. Creative commons

Deja aquí tu comentario