Una mariquita sobre una espiga de trigo, en San Millán de la Cogolla (La Rioja): Foto: EDR.

La agricultura, entre el viejo y el nuevo agrarismo

El abastecimiento de alimentos, el cambio climático, la biodiversidad vegetal y animal, la despoblación rural, la digitalización, la renovación generacional, la nutrición, el paisaje, los recursos naturales… son temas que interesan a la sociedad en su conjunto. No son parte de un debate sectorial, sino integral, un debate de país, en el que los agricultores deben participar al ser un elemento fundamental en la producción alimentaria y la gestión de los territorios.
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Durante gran parte del siglo XX, y hasta los años 1970, el “agrarismo” era el discurso predominante en la mayoría de los países europeos occidentales, manifestándose de muy diversas maneras (en el folklore, la gastronomía, la política…) Según este discurso, la agricultura, y el mundo rural asociado a ella, representaba los valores esenciales de nuestra cultura y, por ello, y por su carácter estratégico en la producción de alimentos, se entendía que debía ser objeto de protección a través de las políticas agrarias.

En ese largo periodo, los agricultores eran el grupo social mayoritario en muchas comunidades locales, y sus organizaciones representativas (OPAs) eran reconocidas como interlocutores privilegiados en las instancias gubernamentales, tanto nacionales, como europeas. Los ministerios de agricultura encarnaban lo más granado del discurso “agrarista”, formando, junto a las OPAs, un “lobby” poderoso en los centros políticos de toma de decisiones.

Auge y caída del agrarismo tradicional

A escala de la UE, el agrarismo se manifestaría con nitidez cuando se creó la PAC (Política Agraria Común) a principios de los años 1960 y se implementó su estructura institucional. En ella, el COPA-COGECA adquiriría, como representante del sector agrario europeo, un estatuto privilegiado de interlocutor ante la Comisión Europea, participando activamente en el sistema de gobernanza de la PAC (comités consultivos agrícolas) y colaborando en la modernización productiva de la agricultura sobre la base de los avances tecnológicos y científicos impulsados por la entonces llamada “revolución verde” (mejora genética, fertilización con abonos químicos, plaguicidas, riego, mecanización…)

El citado proceso de modernización dio lugar a una situación paradójica. Si bien es cierto que el exponencial aumento de la producción agrícola y ganadera permitió asegurar en muchos países la suficiencia alimentaria, también lo es que comenzó en la opinión pública europea un proceso gradual de banalización de la agricultura, perdiendo el valor casi sagrado que se le había conferido durante siglos. Para las nuevas generaciones, asentadas en su mayor parte en las áreas urbanas, el lazo histórico entre producción agraria y consumo de alimentos comenzó a deshilacharse, diluyéndose ese vínculo emocional y afectivo que se tenía con todo lo que la agricultura y el mundo rural representaban.

Además, la aparición de los primeros efectos negativos en el medio ambiente hizo que los modelos intensivos de agricultura fueran objeto de críticas cada vez más fuertes por parte del movimiento ecologista. Asimismo, comenzaron a manifestarse en los mercados mundiales los primeros efectos disruptivos de las medidas proteccionistas de la PAC (precios de garantía, incentivos a la exportación…), atribuyéndosele a esta política la causa principal de tales efectos en los países en vía de desarrollo.

Asimismo, el cambio cultural (con la expansión de valores asociados, por ejemplo, al bienestar animal y a la protección del medio ambiente), así como las nuevas demandas de los consumidores (respecto a la nutrición, la calidad y salubridad de los alimentos) y la creciente percepción de los territorios rurales como espacios de ocio y recreación, contribuyeron a que la agricultura perdiera relevancia en tanto actividad productiva en la escala de valores de la población europea. La apertura de los mercados hacía que el abastecimiento alimentario ya no dependiera sólo de la producción nacional al poder recurrir a las importaciones de alimentos para satisfacer la demanda cada vez más variada de los consumidores.

Todo esto se fue reflejando en el ámbito político-institucional con la reforma de los ministerios de agricultura, dando lugar a nuevas áreas de gestión en las que iba aumentando la presencia de sensibilidades e intereses distintos de los estrictamente agrícolas (forestales, consumidores, ecologistas, conservacionistas, desarrollo rural, industria, comercio, distribución…) Junto a ello, la población agraria fue disminuyendo de forma inexorable en el territorio hasta ser en muchos municipios una minoría entre otras, reduciéndose su capacidad de influencia en las instancias de poder.

Asimismo, la tecnificación de muchas tareas agrícolas y ganaderas fueron aproximando los sistemas de producción agraria a los modelos industriales, generando procesos de diferenciación interna entre los agricultores y dando lugar a una amplia diversidad de tipos de explotaciones. Desde las muy tecnificadas y orientadas al mercado nacional e internacional, hasta las intensivas en mano de obra asalariada o las de base familiar vinculadas a los territorios locales, pasando por las que tienen a la producción ecológica como referencia, la diversidad es hoy el rasgo principal de la agricultura europea, diluyéndose el tradicional sentido de pertenencia a una comunidad de valores e intereses. Hay muchos tipos de agricultura y muchos perfiles de productores, variando sus demandas y la magnitud de los problemas que los acucian, y variando también sus discursos y actitudes.

No obstante, muchos agricultores, sobre todo los más vinculados a los territorios rurales, han ido percibiendo todos estos cambios con una sensación de pérdida, como una falta de reconocimiento social de su actividad. La alta valoración recibida por su contribución al abastecimiento alimentario durante la pandemia COVID-19 les satisface sin duda, pero la sienten como un reconocimiento más retórico que real, al ver que sus problemas siguen siendo los mismos que antes del coronavirus (precios bajos, altos costes de producción, asimetría en su relación con la industria y la distribución, escasa rentabilidad de las explotaciones, competencia de los productos foráneos…)

En ese contexto, se observan dos formas de reacción por parte de los agricultores y sus organizaciones: una, de repliegue hacia el “viejo agrarismo” corporativista (cohesionado en torno a sentimientos y emociones), y otra, de apertura hacia un “nuevo agrarismo” (que intenta comprender mediante el debate y la razón el complejo escenario en que se mueven los temas agrarios y rurales). Son discursos y actitudes que atraviesan todo el sector agrario y que no son identificables ni con un tipo específico de agricultor ni con una organización profesional concreta, ya que pueden encontrarse en todas ellas con más o menos intensidad.

Repliegue corporativista

Encontramos, en efecto, una reacción defensiva, de repliegue corporativista, de cerrar filas ante lo que perciben como un acoso (desprecio) desde fuera del sector agrario, especialmente del ecologismo. Es una reacción que en algunos países sintoniza políticamente con el populismo de derecha (FN en Francia, Vox en España), y cuyos partidos encuentran en el malestar de los agricultores un buen caladero de votos. Pero es también una reacción que amenaza con romper la unidad interna de los sindicatos mayoritarios, tal como ya está ocurriendo con la emergencia de nuevas organizaciones, cada vez más receptivas al discurso del agrarismo corporativista.

Es evidente que esta reacción corporativa no encaja con el signo de los tiempos, ni con las grandes tendencias de cambio económico y cultural, y que corre el riesgo de verse enquistada en un programa de reivindicaciones sin salida. Pero es también evidente que refleja el malestar que existe realmente entre amplios grupos de agricultores. Es un malestar que no puede, ni debe, ser ignorado, ni por los responsables políticos ni por los representantes del sindicalismo mayoritario, a fuer de ver un sector agrario en permanente estado de revuelta, con los disruptivos efectos colaterales que ello puede ocasionar.

Es, además, un movimiento de reacción emocional, difícil de contrarrestar con razones, y al que sólo le valen los hechos: mejores precios, reducción de costes, protección de los productos nacionales, relajación de los controles medioambientales, eliminación de las prohibiciones a las actividades tradicionales (como la caza), supresión de los ataques contra la producción cárnica, levantamiento de las restricciones a la actividad agraria…

Esa es su fuerza en tanto banderín de enganche para muchos “agricultores al límite”, más también su debilidad en tanto son reivindicaciones imposibles de canalizar y aceptar por parte de los poderes públicos, cuyas competencias son más limitadas y menos efectivas de lo que creemos.

Apertura hacia un “nuevo agrarismo”

De otro lado, vemos una reacción no corporativista, sino abierta y en constante búsqueda de alianzas con grupos y movimientos sociales no vinculados directamente con la actividad agraria.

Son agricultores de muy diversas características sociales y económicas, que se esfuerzan por comprender la complejidad de los tiempos actuales; que asumen los retos y desafíos que se les plantea en materia de innovación tecnológica, digitalización, cambio climático, renovación generacional…; que abogan por la integración activa en la cadena alimentaria mediante mejores y más eficaces fórmulas contractuales; que impulsan redes de colaboración con los consumidores; que apuestan por el acceso de las mujeres a la titularidad de las explotaciones y a los órganos directivos de las organizaciones profesionales y cooperativas, y que son conscientes de que estos retos no pueden afrontarlos ellos solos encerrándose en un mundo rural que ya no existe.

Son agricultores que apuestan por la PAC, aunque haya cosas que no les gusten de esta política y se esfuerzan por modificarlas, participando en sus estructuras de gobernanza. Les incomoda la entrada de productos foráneos, pero saben que los mercados abiertos son también una oportunidad para dar salida a los productos nacionales mediante la exportación.

No es ésta, por tanto, una reacción corporativista y excluyente como la otra, sino consciente de la complejidad del escenario en que les ha tocado vivir a los agricultores y abierta a la búsqueda de alianzas con otros grupos sociales. Por ejemplo, con los consumidores a través de fórmulas innovadoras de proximidad (física o virtual); con la participación en plataformas abiertas como el Foro de Acción Rural; o alcanzando acuerdos con la gran distribución (como el alcanzado por UPA con la empresa LidL para la venta del aceite de oliva a precios que no estén por debajo de los costes de producción).

En esa búsqueda de alianzas, el nuevo agrarismo se presenta ante la sociedad con el orgullo de ser y sentirse agricultores, pero no desde la pretendida supremacía moral del agrarismo corporativo, sino desde la conciencia de que la agricultura es un asunto de todos y no sólo de los que trabajan la tierra y gestionan lo mejor que pueden sus explotaciones.

Reflexiones finales

Entre el repliegue corporativista de unos y el agrarismo abierto y renovado de otros, discurren hoy los debates sobre el papel a desempeñar por la agricultura ante los grandes retos que tiene la UE y que tiene España como país. Y todo ello a la espera de que se implemente la nueva PAC post-2021, se aprueben los Planes Estratégicos, finalice el periodo de pandemia y sepamos aprovechar los fondos de recuperación y resiliencia (next generation) procedentes de la UE.

En ese contexto, es más necesario que nunca renovar las bases del discurso agrarista, realzando la importancia de la agricultura en el bienestar de la sociedad y en el desarrollo y cohesión de los territorios. Pero haciéndolo no desde un repliegue hacia valores de un mundo ya pasado, sino asumiendo el reto de la modernidad cultural y económica desde una apertura hacia el futuro, con todas sus contradicciones y oportunidades.

Para ello, es importante que ese discurso encuentre receptividad en los grupos sociales a los que se dirige y también en las correspondientes instancias políticas, transformando las palabras en hechos. Precisamente por no ser un discurso emocional, sino construido sobre la base de las razones y los argumentos, necesita que su esfuerzo, no fácil, de convicción dentro del propio sector, se traduzca en resultados tangibles para poder así contrarrestar el viejo, pero aún atractivo, discurso corporativista que se extiende entre muchos agricultores.

Poco ayuda a ello abrir debates sobre temas complejos en momentos inoportunos como el actual, donde lo prioritario es salir de la crisis provocada por la pandemia COVID-19. Y menos aún si se abren desde el ámbito de la política (como ha hecho el ministro Garzón con el vídeo “Menos carne, más vida” o la ministra Ribera con el tema del lobo) sin medir sus efectos en un sector como el agrario muy sensible a lo que entienden como acoso y muy castigado por la pérdida de rentabilidad de las pequeñas y medianas explotaciones.

No dudo de que sean debates necesarios sobre temas importantes, pero su complejidad y sus implicaciones territoriales exige que se planteen con y no contra el sector agrario si se quiere que los agricultores participen en ellos.

2 comments

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  2. eduardo moyano estrada 12 julio, 2021 at 11:02 Responder

    Gracias por leer el texto y por tu comentario. Recibir ayuda de la PAC no es indigno. Estoy de acuerdo en que los agricultores deben cobrar algo justo y decente por sus productos, pero si eso no lo remunera el mercado, lo tendrán que hacer los poderes públicos al ser la agricultura un sector estratégico.

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