Vendimiadores, en la Ribera del Duero. Autor: Joaquín Terán.

Entre viñedos | Microrrelato

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El paisaje gris verdoso de olivos que hoy se extiende por los Arenales no era igual al que veía Gerardo de niño. Entonces se divisaba desde las alturas del candelecho un mar de viñedos de color verde claro, brillante al intenso sol del mediodía. Era un mar de cepas y sarmientos centenarios, cargados de racimos de uva que colgaban cual zarcillos dorados de sus anchas hojas relucientes. Con el alba, las cuadrillas de jornaleros se agrupaban delante del caserío para dirigirse al pago de la finca que les asignaba Frasquito, el casero. En el vivac del candelecho, a Gerardo le gustaba pasar los días finales de agosto contemplando el paisaje luminoso de la mañana. Al mediodía, con un sol de más de 40 grados, los vendimiadores, con camisetas debajo sus camisas, para no sudar decían, cargaban a lomos de una mula las cajas de uva chorreante de jugo para llevarlas al lagar. Allí, la vertían en grandes cubículos de madera, y en su interior un grupo de hombres hábiles y experimentados pisaba con sus pies desnudos los racimos al ritmo de alguna canción popular. Un caldo turbio y verdoso salía de debajo de los cubículos por un estrecho canal en dirección a las enormes tinajas situadas en el centro de la bodega. En su ancho y oscuro vientre de ballena, el mosto, al contacto con la levadura de la piel y de los raspones y restos de uva, se transformaba a los pocos meses en ese vino blanco y fino tan característico de la comarca montillana. Una parte de la uva, la más madura, se depositaba con cuidado en la pasera, en unos capachos extendidos en la amplia explanada que había a las afueras. Allí se la dejaba secar al sol varias semanas hasta que el fruto se ennegrecía y se transformaba en pasa, listo para producir con ella el vino dulce Pedro Ximénez. Algunas noches, Gerardo y su abuelo Gabriel subían al candelecho y, oyendo el canto enamorado de los grillos, observaban extasiados el firmamento con sus miles de fulgurantes estrellas, cuyo misterio aún tardaría Gerardo algún tiempo en descifrar. Era el candelecho un lugar mágico, el vigía donde activar la imaginación y la fantasía desde su privilegiada atalaya. Algunos años más tarde, supo Gerardo que, justo en esos mismos días, en otro candelecho no muy alejado del suyo, Elena tejía el tapiz de sus sueños bajo el mismo cielo azul de agosto.

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    Amalia Almagro Extremera 5 septiembre, 2020 at 23:15 Responder

    Una visión muy real del trabajo de la vendimia en tiempos pasados . Hoy está todo más mecanizado y la gente ya no disfruta con estas actividades del campo. La sociedad ha cambiado, sus actividades, sus gustos y se disfruta con otros entretenimientos. Hoy ese amor por el campo, por contemplar la noche estrellada, el canto de los grillos se ha perdido, pero aún queda la nostalgia en muchos por ese modo de vida perdido.

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