Pinares bordean una cala en Menorca.

Entre pinares | Microrrelato

1
1174


El bosque de pinos se extendía a lo largo de la costa con su halo misterioso. Eran como las columnas de una gran mezquita con sus arcadas cubiertas de un frondoso y afilado ramaje de color verde oscuro. Los primeros rayos del día pugnaban por abrirse paso a través de la arboleda en lucha desigual contra la noche y sus tinieblas. Con la luz del sol, las copas de los árboles se coloreaban como las vidrieras de una catedral gótica. A Gerardo le gustaba disfrutar de la sombra y del olor a resina que expelían aquellos árboles milenarios, bañados por la brisa procedente de las dunas cercanas. Allí se respiraba un silencio que llamaba al recogimiento, a esa paz interior que anhelan siempre las almas sensibles. Por eso Gerardo se refugiaba en el pinar de El Puerto cada vez que tenía ocasión, llevando en las manos el cuaderno donde solía escribir poemas o anotar sensaciones que le sirvieran para sus breves relatos. Pero no estaba solo en el bosque. En el suelo o entre las ramas y el follaje de los árboles se mostraba la vida en todo su esplendor. Ya fuese en el trino de los pájaros, en el ruido ensordecedor de las chicharras o en el canto intermitente de los grillos enamorados buscando con quien aparearse, el bosque estaba vivo en su aparente quietud. Una multitud de pequeñas alimañas horadaba el subsuelo con mecánica insistencia, guiadas por su instinto y vigiladas desde arriba por algunas aves rapaces que esperaban la oscuridad de la noche para lanzarse sobre sus presas. Grandes bolsones de huevos de procesionaria colgaban de las ramas esperando el otoño para eclosionar y esparcir sus orugas en interminables hileras. Pero quien reinaba en ese paraje era el camaleón, ese reptil antediluviano en miniatura, que lo mismo se asemejaba a la iguana que a un saurio feroz y temible. Sus ojos saltones y giratorios como una peonza le daban esa mirada extraña, enigmática e inquietante tan característica. El sigilo, la exasperada lentitud de sus movimientos y el modo como lanzaba su larga lengua carnosa cual catapulta dirigida a algún insecto, eran algo inenarrable. Pero sobre todo su capacidad para cambiar el color de la piel allí donde se posaban, hacía que Gerardo pasara las largas tardes de estío observando impasible a los camaleones. Le resultaba fascinante su adaptación y mimetismo, una de sus principales armas para sobrevivir en entornos hostiles. Contemplarlos le sugería a Gerardo pensar sobre la levedad de la vida, con sus constantes cambios y adaptaciones a cada lugar y ambiente. Había escuchado de niño llamar camaleónico en tono despectivo a alguien con intención de zaherirle por su actitud voluble y cambiante, como alguien de poco fiar. Pero en esos ratos de observación entre pinares pensaba que es bueno ser flexible, tener como el camaleón la capacidad de adaptarse a cada situación. Por las mañanas, con la alborada, algunos jóvenes se reunían para organizar de forma furtiva luchas encarnizadas entre camaleones, que terminaban con la victoria del que mordía a su rival en la cola dejándola ennegrecida por la gangrena, mortal e irremediable. Gerardo se trajo dos de esos camaleones al final del verano, y los dejó en el viejo pinar de la casa familiar. Allí estuvieron algún tiempo hasta que la riada de febrero de 1963 lo arrasó todo a su paso dejando un reguero de ruina y desolación. Entre el fango, los dos camaleones yacían enterrados como restos de animales prehistóricos al pie del reloj de sol, lo único que se había salvado de las aguas. Junto a ellos, asomaba la cabeza marmórea de una Venus romana que la fuerza de la corriente había sacado a la superficie después de llevar siglos enterrada en el jardín de la casa solariega. Hoy todo está derruido y la maleza avanza implacable con su estela de abandono y destrucción. Contemplando el paraje desolado de la casa, Gerardo recuerda aquellas tardes de verano en las que de joven miraba absorto el movimiento ceremonioso de los camaleones en los pinares de El Puerto.

1 comment

  1.  

  2. Amalia Almagro 1 agosto, 2021 at 17:21 Responder

    Me encantó el microrrelato, Eduardo. Las mañanas y tardes solariegas que Gerardo pasaba en el Pinar observando los camaleones sus lentos movimientos y xtraña figura.

Deja aquí tu comentario