Niños corriendo en un pueblo de La Mancha

El pueblo, la mejor cantera de atletas de resistencia

Desde pequeños entrenan de forma natural corriendo. Son más fibrosos y están más capacitados para llegar a la élite.
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Creo que fue Miguel Delibes el que dijo que “si él fuera presidente del Gobierno, prohibiría a los niños vivir en la ciudad hasta cumplir los 15 años”.

El célebre escritor, cazador, ecologista y profundo conocedor de la España rural de su Castilla la Vieja, se refería sobre todo a esa libertad que te da vivir en el pueblo y que te marca para toda la vida.

Pero este valor que tiene el ser humano de obrar según sus ideas no es lo único que el chaval adquiere o absorbe en el ámbito rural. El hecho de estar corriendo por el campo buscando nidos, jugando al escondite, corriendo en bicicleta sin ninguna traba… son hábitos que los fisiólogos consideran una “base de trabajo aeróbico” desde que son pequeños y que si más tarde se dedican a practicar deportes como el atletismo de fondo les vendrá de maravilla y estarán en ventaja sobre otros jóvenes criados en la ciudad que no han tenido esa formación física de forma natural, sin proponérselo.

Desconozco si hay estudios en este sentido, sobre todo acerca de los niños españoles que se crían en pueblos de montaña o en las mesetas castellanas, pero bastaría con citar a algunos atletas de pueblo como Fermín Cacho, el legendario Mariano Haro o bien el toledano José Luis González, que en su día ocuparon un puesto de honor en la élite del mediofondo y fondo del atletismo mundial. Existen muchos más, pero basta con el ejemplo de estos tres formidables atletas para reivindicar el pueblo como una excelente cantera de grandes deportistas.

Atletas africanos

De lo que sí existen numerosas investigaciones es de la superioridad de los atletas africanos en las pruebas de resistencia. Al parecer, los genes, el entrenamiento, la alimentación y el entorno juegan un papel muy importante en el éxito de los atletas africanos. El hecho de entrenar en altiplanicies por encima de los 2.000 metros de altitud les permite elevar el nivel de hematíes, de manera que cuando compiten en menores altitudes son superiores al resto por su mayor facilidad para captar el oxigeno del aire.

No pretendo en absoluto comparar a nuestros chavales con los extraordinarios atletas africanos de raza negra, ni mucho menos escribir un artículo científico -no tengo conocimientos para ello-, pero sí que es cierto que para los niños africanos así como los de nuestros pueblos correr es una actividad natural.

Nuestros chavales pueblerinos van andando a la escuela y no subidos en el coche de papá o de mamá como en la capital o en los pueblos grandes; salen al campo en busca de nidos, a recolectar setas o bien a jugar por las cercanías del casco urbano y, excepto algún caso, la mayoría están delgados, “hechos unos tirillas”, como dicen en los pueblos. Por eso, el estar más flacuchos, más fibrosos, pero no menos fuertes, les asegura un menor consumo de oxígeno cuando corren o montan en bicicleta pues sus piernas y brazos son más delgados y estilizados que los de otros niños más sedentarios. Además el corazón lo tienen algo más grande y fuerte que ese chico que se ha ejercitado menos desde pequeño. Así que cuando crecen y tienen la oportunidad de entrenar con técnicos especializados y llevar una alimentación adecuada se convierten en deportistas de élite difíciles de batir.

Por otra parte, al caminar o correr por barrancos, cuestas y terrenos pedregosos llenos de maleza consiguen una adaptación de los músculos y articulaciones con mayor elasticidad y fuerza. De esta forma están mejor preparados para sufrir menos esguinces de tobillo, e incluso menos roturas o contracturas musculares.

Recuerdo cuando varios atletas españoles de élite entrenaban en las pistas de atletismo del Instituto Nacional de Educación Física (INEF) y se iban a calentar a la Casa de Campo de Madrid, algunos entrenadores temblaban porque alguno de sus pupilos acudiera a la pista con un esguince de tobillo tras pisar en un pequeño hoyo en la tierra o una mal pisada en otro sitio. En este caso, siempre se lesionaban con mayor frecuencia los deportistas nacidos y criados en la ciudad.

Menos alternativas

Antaño en numerosos pueblos y ahora en los más pequeños todavía existen menos alternativas que en la ciudad para escoger otro tipo de deporte que no sea el atletismo, el correr sin parar de un sitio a otro. Apenas hay alguna instalación adecuada para practicar otras disciplinas deportiva.

Otro aspecto que también cobra fuerza en las ganas de triunfar de ese atleta pueblerino es que éste tiene interiorizado que siempre se le ha tratado de una forma peyorativa ¡Vamos! como si fuera un bruto, un paleto con pocos modales. Y la mejor forma de destacar y dar en las narices al mundo que lo minusvalora es la de convertirse en un atleta de élite, famoso, que se puede ganar muy bien la vida corriendo.

De hecho, ese salto del pueblo a la ciudad para entrenar con método produce ahora menos vértigo que antaño al haber cambiado quizás a mejor la percepción que se tiene del chico de pueblo.

Solo falta que los políticos de turno se lo tomen en serio lo de la despoblación rural y consigan recuperar para los pueblos a esas niñas y niños correteando.

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