Un hombre mayor junto a un rebaño de ovejas. Autor: Joaquín Terán.

El pueblo, el mejor termómetro para medir la edad

Ofrece múltiples posibilidades de intentar ser más joven poniendo a prueba tu físico. Pero los esfuerzos se pagan aunque los mayores estén más fuertes que en las ciudades.
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Unos chavales están jugando al “frontenis”, dan un golpe y la pelota se les va por el lado derecho del frontón, rodando calle abajo sin asfaltar llena de guijarros. Camino hacia la plaza por el sitio que se había “perdido” la pelota, viene un hombre con el pelo casi blanco de unos 70 años. “¡Oiga! Nos la puede echar”. Pero como la pelota es de color “ajofrito” por tanto uso, el caminante no es capaz de verla y se oyen las primeras risas de los jugadores: “pero si la está pisando”. Lo peor es que el señor canoso se tiene que disculpar: ¡hombre si hubiera sido amarilla la hubiera visto!

Esta vez, el vecino veterano y mayor, que no viejo, ha tenido público para contrastar que sus facultades van mermando poco a poco. Pero no le sienta muy mal. No obstante si le hubiera sucedido algo parecido en la ciudad ni por asomo le hubiese preocupado lo más mínimo.

La peor prueba es cuando él mismo se la impone y no puede superarla como antaño. Intenta subir por el portillo de una pared no muy alta para pasar a una parcela estupenda para las setas de cardo y tras darse un raspón en la rodilla se da cuenta de que no puede superar el obstáculo y que tiene que dar casi toda la vuelta al muro de piedra caliza y pasar por la entrada principal. Las setas hermosas y casi todas agusanadas, pues ha llegado un poco tarde desde que llovió. También ha perdido parte de su olfato para salir a buscarlas en el momento idóneo.

Las actividades en el pueblo logran de la manera más rápida y precisa medir la pérdida de facultades físicas y algunos sentidos como la vista y el oído. Si en la ciudad te llama algún conocido y no vuelves la cabeza, siempre se tiene la excusa del ruido del tráfico o el de los niños si te sorprende cerca de un colegio o de un parque infantil.

Dentro de unos días comenzará la emigración de las grullas y si está el día sereno, con poco viento, es frecuente que comiencen a dar vueltas por encima del pueblo con los ya clásicos sonidos aflautados y chillones. Pues bien, siempre parece que vuelan más bajas y también es frecuente que aparezca un vecino y diga: “pero no las ves tío”. Pues no, no las veo, hasta que al final se le dice que sí, para que se calle de una vez, coño. Y si ni siquiera se llegan a escuchar, lo mejor es visitar de forma urgente a un otorrinolaringólogo. La cosa es grave.

De un sitio a otro

En los pueblos como en las ciudades existen dos tipos de personas mayores: el “pachorrón”, que para moverse hay que darle cuerda como a un despertador y el que tiene menos asiento que el culo de una silla rota. Es decir, el que va de un sitio para otro y no para. Este último es el que suele tener espíritu deportivo y el que todavía se cree en la cuarentena y que con toda la realidad y a la vez con crudeza el pueblo lo pone en su sitio.

Animoso, ávido y apasionado en contar aventuras, apenas se da cuenta cuando comienza una historia con: “oye, te acuerdas de… hace ya por lo menos 30 años”. Mal inicio de una conversación con el vecino de edad parecida o con el amigo que si por un casual en medio de la charla hace un parón para retomarla porque ha perdido el hilo y te suelta: “te acuerdas macho cuando hablábamos de carrerilla”. Mala baba, verdad. Claro que lo que sienta a cuerno “quemao” es que no recuerde lo que hizo antes de ayer y, en cambio, repase historietas de cuando era un inquieto jovenzuelo. Una de las más claras señales de aviso de que vamos envejeciendo.

Creo que es en lo físico en lo que ante todo no nos resignamos a envejecer. Y viene al dedo eso de “a la vejez viruelas”, utilizado más con los viejos que se echan un amor más joven, pero que también sirve para intentar conquistas de otro tipo en el medio natural, como las caminatas por los senderos más inaccesibles o trabajos clásicos de pueblo.

Y es que el abuelete, aquel que se hundió en la miseria la primera vez que entró al vagón del metro y una chica de aspecto latinoamericano le cedió el asiento, ha olvidado ya todo, y se enfunda el mono de trabajo, gafas, rodilleras y faja de sujeción para los riñones, pone a punto la motosierra y se dispone a talar robles marcados por el forestal. Y sí, los corta, desrama y los prepara para más tarde cargarlos en el remolque del tractor. Lo que no piensa es en las consecuencias que vendrán más tarde. Además de las agujetas, resulta que cuando está descansando o durmiendo se le agarrota una pierna, se queja de dolor, vocifera, asusta a su mujer hasta que se le pasa un poco. Corriendo busca el Réflex, vaporiza la nalga, más bien toda la pierna, pensando que todo se va a calmar al instante. Y como el cansancio le puede, cae en un sueño profundo.

A la mañana siguiente, al levantarse no es capaz ni de ponerse los calcetines y le cuesta enfundarse los pantalones. Cada movimiento es una pesadilla, casi una hazaña. Le duele hasta el carnet de identidad; baja los escalones agarrado a la barandilla y a cada pisada le molestan hasta los músculos ciliares. Jura y promete tomarse lo de la leña con más calma, hasta otro día que repetirá la tarea de leñador.

De níscalos y setas de cardo

Como la ilusión por buscar níscalos puede más que el conocimiento, nuestro veterano hombre de campo deja las setas de los alrededores del pueblo para los “pachorrones” y prefiere aventurarse por el bosque de pinos y peñascos de piedra caliza y arenisca. No le frenan ni las zarzas ni las barranqueras, el objetivo es llenar la cesta de níscalos y a casa molido pero contento. Porque en esa mañana de níscalos ha descubierto un pino joven pelado completamente por un ciervo al rascarse la cornamenta en época de desmogue. Como todos sabemos, diferentes ungulados pierden cada año la cuerna y la renuevan más tarde. Se ha tropezado también con el cubil de un tejón y sus excrementos en un montículo cercano; varios pajarillos de la familia de los páridos y con las enormes hozaduras de una piara de jabalíes en busca de lombrices y otros animalillos. En esta época tienen la barriga llena de bellotas y pipas de los cultivos de los agricultores, por lo que están saciados de carbohidratos y para compensar la dieta buscan proteínas animales.

Níscalos, recogidos por el autor.
Níscalos, recogidos por el autor.

Al día siguiente, de tanto esquivar matojos, subir y bajar barranqueras y sobre todo de agacharse y levantarse cogiendo los níscalos más fresquitos y apetecibles amanece el día con unos calambres colosales.

No obstante, estas actividades ociosas y aventureras con las que los mayores se ponen a prueba no dejan de ser eso: aventuras. Los hay que aunque los hijos hayan tomado el relevo de las tareas agrícolas o de otra índole no pueden estar quietos y hay días que trabajan más que si no estuviesen jubilados. Y el cuerpo lo paga. Así que lo de cultivar el huerto solo lo ven como un entretenimiento, aunque a veces lo dejen molido, en especial si cultiva patatas que eso de cavarlas y excavarlas es para los duros de pelar.

El ejercicio en la ciudad a no ser que se intente poner en forma en un gimnasio o pruebe alguno de esos aparatos gimnásticos para mayores, ubicados en algunos parques, poco más se puede hacer, pues hasta las caminatas se ven interrumpidas por los semáforos o por el gentío a todas horas excepto amaneciendo.

Una vez más el pueblo se impone a la ciudad en aspectos como lo de cotejar el estado físico y “jugar” a ser más joven. Nuestro cuerpo es una máquina de una perfección extraordinaria que suele darte los avisos con tiempo para que se ponga freno a los impulsos que te piden cabeza y corazón.

Por cierto, ¿a que no es verdad que duele alguna parte del cuerpo siempre que cambia el tiempo y viene más frío y húmedo?

Futura ley de bienestar animal

El otro día tratábamos en este periódico de pasada algunos aspectos de la ley de bienestar animal. En especial en lo referente a los perros. A continuación colocaré lo que me parece más urgente: en la umbría lo que no me gusta y en la solana lo que sí.

A la umbría:

  • No considerar razas peligrosas algunas de las que están catalogadas como tal en la actualidad.
  • No permitir que un particular pueda criar con sus mascotas.
  • No exigir una prueba a aquel que intente hacerse con un cachorro de una raza determinada para conocer sus características.
  • No obligar a los dueños a tener a los perros y gatos en su peso. De esta forma pierden calidad de vida e instinto.
  • No obligar a las protectoras de animales a denunciar la entrada de un perro que lleva microchip y que si ha sido denunciada su desaparición por el dueño se nieguen a entregarlo.
  • No ser más estrictos con fuertes multas a los que son descubiertos al abandonar un animal.
  • No dejar más responsabilidad a los ayuntamientos a la hora de hacer cumplir la ley. Y ser más duros con los que llevan el perro suelto. En este caso siempre que he oído a alguien que va con el perro suelto que se acerca a un niño decir a los padres que estuvieran tranquilos y que no mordía, le he dicho: ¿te imaginas cómo te quedarías si ahora se presentara un perro tan alto como tu y te pusiera el morro al lado de tu cara?

A la solana:

Quedará prohibido:

  • Hacerlos trabajar en espectáculos públicos.
  • Venderlos en tiendas y exhibirlos.
  • Tenerlos en espacios ridículos que apenas se puedan mover como por ejemplo en trasteros.
  • Dejarlos en el maletero del coche sin apenas ventilación.
  • Dejarlos más de 24 horas sin atender.
  • Utilizarlos en peleas.
  • Sacrificarlos sin causa justificada.
  • Dejar de considerar al perro como una cosa que ni siente ni padece.

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