Gato en un pueblo

El papel de los gatos en el ecosistema rural

Los gatos siempre formaron parte del paisaje rural. No verlos por el pueblo es indicativo de que hay poca gente y muchos ratones.
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“Por no verse en este pueblo, no se ven ni gatos”. Es la frase de moda actual de muchos pueblerinos y de los que viven en la ciudad y se acercan a pasar el fin de semana a su aldea y que ha venido a sustituir a aquella de “no se ve ni un alma”. Y es que los gatos siempre han formado parte del paisaje rural. Unos, acechando a un ratón al borde de una pared; otros, haciendo de equilibristas por los tejados, y muchos, solazándose en algún hueco protegido del viento del norte y del oeste.

Hace años, cuando los pueblos estaban habitados eran pocas las familias que no tenían a su minino, porque venía muy bien para cazar los roedores de la cuadra. Los que tenía Dionisia capturaban los ratones para que no se comieran el pienso de las gallinas. Ahora, aunque la garduña le mató a éstas, los sigue cuidando día tras día. Los que tienen los hijos de Trini bajan a la nave para vigilar el trigo de la cosecha y, de paso, aprovechan para dejar su huella en forma de excremento en las orillas del montón de grano.

En verano, era frecuente verlos por los huertos y aledaños del pueblo a la caza de ratones, pajarillos de cría recién salidos del nido y serpientes, como víboras hocicudas y culebras bastardas y de escalera de pequeño tamaño. En invierno, en cambio, solían aposentarse cerca de la chimenea de la cocina hechos una rosca, presagio de que hacía un frío que pelaba o bien que barruntaban una nevada de aquí te espero.

En ocasiones y ante la escasez de alimento, algunas familias se comían a los felinos al igual que un conejo. Incluso los que los han probado aseguran que saben bien ¡Qué pensarán los animalistas!

El carácter del gato de pueblo

Es cierto que los gatos son mucho más independientes que los perros y que se las apañan mejor para salir adelante incluso sin tener que alimentarlos. No obstante, mientras haya personas ya se encargan estos astutos cazadores de ir acercándose poco a poco a ellas.

Cuando tenía la casa rural a las afueras del pueblo, no sé ni cómo ni cuándo las dos parcelas y un pequeño arroyo casi pegados al edificio fueron conquistados por una preciosa familia de gatos jóvenes ya hechos. Y afirmo que nunca apareció por allí ni una víbora y eso que esta zona del pueblo tenía fama de viborera.

Mi favorita, una gata de color canela y marrón oscuro vestía unos calcetines blancos y lucía los ojos azules más expresivos que he visto en mi vida. Era un cazadora excepcional y valiente hasta enfrentarse con cualquier perro. Una primavera desapareció unos días de nuestra vista, pero no tardo en acudir. Había parido cinco gatos en un zarzal imposible de entrar. Pues bien, a eso del mes y medio de dar a luz iba acercando poco a poco su camada a la casa. Todos preciosos, sanos y hasta gorditos. Era muy atenta con ellos hasta que consiguió que cogiéramos a sus cachorros, les diéramos de comer y los amansáramos. Después, casi no les hacía ni caso. Y cuando dejamos la casa rural no se dejó ver por allí nunca y se aposentó en un pequeño huerto con una vieja casetilla que yo sembraba.

El acomodo en el pueblo para los cachorros y adultos era perfecto, pues vivían en estado semisalvaje con la ventaja de que nunca les faltaba la comida. Eso sí, bastante racionada para que no perdieran su instinto cazador para cuando no estuviéramos con ellos.

Es cierto que los gatos son más independientes que los perros, pero les encanta que los soben y los acaricien, aunque no te reciban con tanta efusividad como estos últimos, pero como tienen un oído de lince, nunca mejor dicho, resulta que tienen grabados mis pasos y cuando todavía ando cerca de alguno de los “míos” maúlla con desesperación. Y para que el lector se quede tranquilo no los he abandonado. Dionisia les sigue echando de comer.

Daños a la fauna

Como buenos felinos, los gatos son muy territoriales y se toman muy en serio eso de ser el dominante, el macho de la manada. Cuando se acerca la época de celo de las gatas para finales de febrero, las peleas entre los machos adultos son tremendas por su ferocidad. Algunos quedan malheridos y otros derrotados se ven obligados a abandonar el casco urbano. Es decir, que son expulsados por el macho más fuerte a puro de peleas a muerte. Así es que no es extraño ver algún gato casero a más de un kilómetro del pueblo.

Otras veces es la propia gata la que pare bastante alejada de las casas y cría su prole como auténticos gatos monteses. Y, en otras ocasiones, es algún vecino-los menos- el que se ha traído los gatos pequeños de la ciudad, los ha soltado en el pueblo, los han alimentado en verano y luego los deja abandonados a su suerte. De manera que se tienen que buscar la vida en el campo a base de pájaros y todo tipo de roedores y de reptiles.

¡Cuidado con abandonar los gatos! Numerosos estudios sobre los daños a la fauna de los gatos comunes asilvestrados son concluyentes. Tanto es así que en algunos países se han visto obligados a sacrificarlos para salvar a algunas especies autóctonas en peligro de extinción en algunas regiones por la presión de estos felinos.

En el pueblo al menos nunca pierden su instinto cazador. Su prodigioso oído les permite localizar los roedores con una precisión quirúrgica. Los he visto cientos de veces lanzarse sobre un ratón en un espeso pastizal y  salir con él en la boca. Los más viejos y osados se pertrechan en la cumbrera de un tejado a la espera de que pase un bando de vencejos y atrapar uno de un zarpazo. Dada la velocidad del vuelo de estas aves no es difícil adivinar las extraordinarias cualidades para la caza de nuestros queridos felinos domésticos.

Qué papel desempeñan los gatos en el ecosistema rural

No deberíamos olvidar que forman parte del ecosistema rural. Y que dan una nota de color y vida ante la despoblación. Los hay de enorme variedad de colores: negros, “urracos”, grises, canela, rojizos, chocolates, marrones oscuros, atigrados…

Cuando era pequeño, en Peñalén hombres y mujeres vestían de negro. Siempre me pareció que estaban de luto. Y casi siempre que un grupo de mujeres cosía al sol primaveral, uno o dos gatos las acompañaban durmiendo a sus pies. Cuando visitaba Aragoncillo a ver al abuelo y tíos, la imagen era parecida. En esos pueblos que tenían alrededor de 300 vecinos se sabía quién era el dueño de tal o cual gato y como también son un poco ladronzuelos no te podías fiar de que agarraran alguna tajada de la matanza tuya y del vecino.

Su comportamiento era más desconfiado con las personas que en nuestros días, porque se llevaban alguna pedrada de los niños y eran perseguidos por los perros. En Peñalén tenía un perro que se lanzaba como una fiera a por los gatos que no eran de casa. Sin embargo, a los dos nuestros les permitía hasta tumbarse con él.

Un día de hace cinco años más o menos se paró un coche de la Guardia Civil en una calle de Aragoncillo. Era una pareja joven y estuvo parada 10 minutos por lo menos con los cristales de las ventanillas bajados. No sospechaban nada en especial. Estaban encantados -me confesaron- de ver a unos cachorros de gato ya grandotes jugando entre ellos. La verdad es que era una camada atigrada preciosa, pero que desapareció de forma misteriosa.

Como me dijo una tarde una mujer en Peñalén: “los rincones para los gatos y las esquinas para los guapos”. El refranero todavía funciona en la mayoría de los pueblos. Pero los que se quedan sin gente está comprobado que terminan también sin población gatuna.

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