Una joven corre con su perro. Foto: Dirima. Adobe Stock

El otro Gatsby

Relato de verano | Por Eduardo Moyano Estrada
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No le gusta cómo le miran los tres jóvenes que se apoyan en el muro de la casa vieja y destartalada de enfrente. Siempre están ahí a esa hora de la tarde, fumando y con una lata de cerveza en la mano. Ella, apenas los conoce. En los tres meses que lleva en ese pueblo de la sierra cubriendo una vacante en el instituto, sólo ha hablado una vez con uno de ellos. Es su primer destino de profesora de literatura, y todo lo desconocido le parece que tiene algo de amenazante.

Por eso, va siempre con miedo, sobre todo cuando entra en la barriada donde vive. En contra del criterio de sus padres, optó por una casa de bajo alquiler en una zona alejada del centro, y ahora se arrepiente de ello. Le tranquiliza su mascota, un perro sato, de color blanco, mezcla de razas, fiel como ninguno y muy acostumbrado a olfatear el peligro.

Le ha puesto de nombre Gatsby por el personaje de la novela de Scott Fitzgerald que tanto le gusta. Le recuerda a ese joven desclasado y sin pedigrí, dispuesto a abrirse paso en la vida como sea. La escuela de su perro ha sido la calle, y así se lo dijeron en El Arca de Noé cuando lo recogió con sólo un año para tutelarlo antes de decidir quedarse con él de modo definitivo. Gatsby alza una de sus orejas y les lanza un gruñido cuando los ve en la acera; tampoco a él le gustan esos desconocidos.

Es sábado por la mañana, y ella sale temprano con la fresca a correr por el sendero que hay a las afueras del pueblo, junto al canal de riego. Gatsby le acompaña, suelto, sin dogal, siguiendo con dificultad el ritmo que ella le impone. Al llegar al bosque de pinares, un coche de color blanco algo tuneado está parado en medio del camino, con el motor en marcha. Al volante está el joven con quien ella había una vez hablado, y fuera uno de los otros dos, con la mano apoyada en la puerta del maletero.

Al verlos, se siente algo perturbada, pero decide seguir su carrera, cruzando por delante del coche. A los pocos metros y de forma repentina, un tercer joven sale de unos matorrales y se abalanza sobre ella, envolviéndole la cabeza con una capucha y arrastrándola hacia el coche. Antes de que se abra la puerta, Gatsby salta sobre el joven, ladrando con furia y mordiéndole en una pierna. El otro joven coge una barra de hierro que hay en el maletero y golpea a Gatsby con fuerza en una de sus patas traseras.

El perro se queda paralizado, lanzando unos aullidos desgarradores. Los ladridos alertan a un guarda forestal que hace su ronda en aquella zona y se acerca a ver qué pasa. Al verlo venir, los tres jóvenes suben al coche de forma apresurada y huyen del pinar, dejándola a ella en el suelo junto a Gatsby, inmóvil y con la pata inutilizada.

Los denunció a la policía y nunca más volvió a verlos en el tiempo que permaneció en el pueblo hasta el final del curso. Hoy pasea por el parque de otro pueblo de la comarca con un perro sato de color blanco al que le falta una de las patas traseras.

Gerardo va con el suyo, un epagneul breton que le regalaron unos amigos de Nantes. Cuando se cruzan, ambos perros se olisquean jugando en la rosaleda. Mucho tiene que quererlo esta chica para haber mantenido con vida a un animal tan tullido como éste, piensa Gerardo. Se le acerca, la saluda y le acaricia el lomo al perro sato de sólo tres patas, que mueve la cola satisfecho. Le pregunta cómo se llama. Ella le contesta que Gatsby. “Es mi gran Gatsby, me salvó la vida».

1 comment

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  2. Amalia Almagro Extremera 8 agosto, 2022 at 07:23 Responder

    Muy emotivo el relato , Eduardo. Los perros son muy fieles te agradecen todo lo que haces por ellos y son muy cariñosos. Doy fe de ello por nuestro perro Rocky. Gatsby salvó a su dueña de ser violada y asesinada y el perdió una patita al defenderla, un héroe.

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