Tubos de un órgano. Por Claudio Divizia (Adobe Stock)

El organista | Relato de Navidad

Inspirado en la leyenda “Maese Pérez, el organista” de Gustavo Adolfo Bécquer (1861).
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A don José Comino
In memoriam

Un hombre conduce su carro por la plaza de un pueblo que no conoce. Es diciembre, hace frío, y las casas están ya cerradas. Comienza a oscurecer, y las calles apenas se iluminan con unas pocas lámparas de aceite colocadas en las esquinas. Tiene aspecto de forastero y la gente recela de los extraños. Nadie ayuda a nadie, y menos en estos días en los que la epidemia de cólera está haciendo estragos.

En el interior del carro hay una mujer joven en avanzado estado de gestación. Va envuelta en mantas y se apoya en algunos tablones de madera. Está enferma y muy débil. Maese Pérez se detiene delante del convento de Santa Inés de las monjas clarisas. Sabe que siguen la regla franciscana de la caridad, y por eso ha acudido allí con la esperanza de que puedan acogerlos, al menos hasta que ella alumbre.

Llama a la puerta. “Paz y bien”, le dice la hermana portera con el saludo de los padres Francisco. “¿Qué desea buen hombre?”. “Cobijo para mi mujer, que está a punto de dar a luz», responde maese Pérez. “Espere a que llame a la madre abadesa”, se apresura la hermana. Al cabo de unos minutos, viene sor Gladis, habla con maese Pérez y los deja entrar para que se protejan del frío en el refectorio del convento. Al amanecer, la joven parturienta alumbra una hermosa niña, pero ella muere en el parto.

Maese Pérez le pide a la madre abadesa que acojan a la recién nacida, ya que él viaja de iglesia en iglesia arreglando órganos y armonios, y no puede cuidar de ella. Sor Gladis adivina en sus ojos un brillo de bondad y, al oírle decir su oficio, ve su llegada como un regalo de Dios. El viejo organista y sacristán del convento había fallecido hacía sólo unos días, y necesitan de alguien que se ocupe del arreglo de la iglesia y del órgano que lleva muchos años en desuso.

La madre abadesa acepta que la niña se quede con ellas y le ofrece a Maese Pérez hacerse cargo de esas tareas, además de organizar el coro de voces del convento. La bautizan con el nombre de Cecilia, y él se instala en una vieja casona a las afueras del pueblo.

Desde entonces, cada día antes de la salida del sol, Maese Pérez se dirige al convento de Santa Inés. Acude con la satisfacción de poder ver cómo crece su hija entre las monjas y cómo destaca en el coro con su voz de ángel en los cantos de maitines. Ha heredado mi don para la música, piensa orgulloso cada vez que la oye cantar. Se emociona al verla escuchar absorta el sonido del órgano o cuando la ve fijar sus ojos en el teclado, mientras él acaricia suavemente las teclas.

Maese Pérez hace del convento su segunda casa, y del órgano su pequeño palacio. Consagra su vida a la música religiosa, creando hermosas plegarias que extienden su fama por los pueblos de la comarca.

Todos esperan con gozo la llegada de la Navidad para ir al convento de Santa Inés a escuchar en Nochebuena al nuevo organista. A pesar del frío y de los caminos nevados, nadie se quiere perder la Misa del Gallo cantada por el coro de las monjas clarisas bajo la dirección de maese Pérez.

Los pastores guardan el ganado en las majadas, mientras los campesinos se retiran de los sembrados dejando para mañana las labores pendientes. Los aldeanos detienen sus tareas, y los niños cesan en su jolgorio de zambombas y panderetas. Todos se preparan para ese día tan especial en la comarca, y, cuando se oyen las campanadas de la medianoche, ya está llena de gente la iglesia de las clarisas.

Es una tradición que se repetirá año tras año en Navidad durante más de tres décadas. En ese tiempo, un maese Pérez cada vez más envejecido irá perdiendo la vista hasta quedarse ciego. Pero su música no se verá afectada por ello, siendo cada vez más excelsa y sublime.

Una mañana, pocos días antes de la Navidad, las monjas encuentran el cadáver de maese Pérez en el coro, justo delante del órgano, como si se hubiera quedado dormido sobre el teclado. La noticia se extiende por la comarca apenando el corazón del vecindario. Pero eso no impide que los feligreses acudan también ese año a la Misa del Gallo para rendirle homenaje, si bien con la tristeza de saber que no escucharán más la música del viejo organista.

Mas cuando está todo el pueblo en la iglesia, comienzan a oírse en el órgano las notas del Stabat Mater Speciosa tal como solía tocarlo maese Pérez. Nadie de los allí presentes se explica lo que está ocurriendo. Se quedan todos sobrecogidos, sin atreverse a volver sus miradas al coro por miedo a encontrarse con un fantasma.

Pero no es un fantasma, sino el espíritu de maese Pérez, que, encarnado en sor Cecilia, su hija, desciende del cielo para deleitar una vez más a los vecinos con la música de su órgano. Es la primera vez que ella lo toca, pero siente que es su padre, el viejo organista, quien guía sus manos por el teclado.

Desde entonces, siempre habrá en el convento de Santa Inés una hermana clarisa al frente del órgano de la iglesia, recogiendo así el legado que dejó maese Pérez y que su hija supo continuar.

5 comments

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  2. Amalia Almagro 22 diciembre, 2021 at 09:16 Responder

    Excelente historia que nos recuerda la Leyenda de Maese Pérez ,el organista ,escrita por Gustavo Adolfo Bécquer. Historia rural llena de emotividad protagonizada por la caridad de las Monjas Clarisas de San Francisco que acogen al organista , a su esposa que fallece en el parto, y a su hija Cecilia.

  3. Cristóbal Gómez Benito 5 enero, 2022 at 12:02 Responder

    Con retraso leo este relato tan becqueriano, como ya ha advertido otra lectura y con tanto sabor navideño «a la antigua», como cuando éramos niños y nos gustaban tanto estas historias. Muy evocador.

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