Un gato. Foto: El Diario Rural.

El jilguero, el gato y la lavandera

Unos nos deleitan con sus cantos; otros se muestran como unos predadores infalibles llegando a cambiar el ecosistema y algunos vecinos temporales visitan el pueblo para avisarnos de que llega el frío de verdad.
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El jilguero de la Venta

En una mañana de esas serenas aunque frías, que no corre ni una gota de viento, canta un jilguero encaramado en una de las ramas más altas de un olmo ya seco porque hace tiempo que la grafiosis acabó con su esbeltez cuando ya estaba adquiriendo un porte considerable. Lo escuché en la Venta hace unos días, como antaño.

No es un jilguero cualquiera, es un macho que está avisando a otros valientes que él es el jefe de la zona y, mientras tanto, comunica a las hembras que es el más guapo, el mas fuerte, el más viril con el que se tienen que juntar para procrear cuando llegue la primavera.

Y es que mientras que muchos creemos que todas las aves de su especie son iguales, no es así. Las hay más guapas, con mejor canto, con colorido más atractivo y también con mejores o peores facultades y estrategias para “ligar” con las hembras.

Recuerdo hace muchos años que mi hermano, pajarero empedernido con una sensibilidad especial para localizar a los mejores machos de cualquier especie, así como lo nidos, se quedaba embelesado escuchando los trinos de los jilgueros. Incluso cuando iban volando y alguno daba un pitido más fuerte, ya sabía que entre la bandada iba un buen ejemplar.

Recuerdo también que algunos domingos íbamos al Rastro de Madrid, a la calle Fray Ceferino González donde se vendían por miles numerosos fringílidos como pardillos, verderones, verdecillos y jilgueros. Mi hermano en alguna ocasión escogía y compraba un macho de cardelina entre los cientos que los vendedores enjaulaban apretados. Nunca le engañaban y si el mercader atrapaba el que él no había señalado pronto se daba cuenta de que no era su favorito hasta que conseguía que le vendieran el elegido. Afortunadamente ya no se vende ningún pajarillo salvaje. Eran otros tiempos.

Jilguero. David Melchor Díaz (CC)
Jilguero. David Melchor Díaz (CC)

Nunca era partidario de tenerlos encerrados en pequeñas jaulas. Se fabricó un enorme jaulón en la terraza de casa, colocando un pequeño árbol seco dentro para que cada uno escogiera su lugar favorito. La verdad es que los cuidaba primorosamente, pero él mismo decía que nunca lograba que cantasen como el jilguero del olmo. Aquel pájaro que durante dos otoños seguidos nos tenía atrapados por su potencia y variedades musicales en el olmo todavía verde aunque sin hojas de la Venta creo que era todavía mejor que el que he visto y escuchado hace poco. Era sin lugar a dudas el tenor de la zona. Sus notas ensimismaban, relajaban y hasta te ponían carne de gallina al escucharlas con detenimiento y devoción. La naturaleza en estado puro, mientras que sus congéneres comían semillas de cardo en las orillas de los arroyos y al lado de las cunetas de la carretera. Estoy convencido de que hubiera dejado cautivado hasta al mismísimo Carlos de Hita, el pajarero español que mejor ha sabido capturar el canto de las aves de la Península y los sonidos del bosque, tras muchos días y noches de trabajo no siempre bien valoradas en mi opinión.

Quiero avisar con esta pequeña semblanza del jilguero que cuando salgamos al campo y escuchemos el canto de los pájaros, nos paremos y gocemos, aunque no sepamos de qué especie se trata. Basta con disfrutar de su música para envolvernos en un ambiente irrepetible y relajado. En resumen, una forma de ganar vida.

Los gatos

Antaño, cuando las familias pueblerinas no habían emigrado a la ciudad era raro la que no tenía un gato en casa, por eso de que cazaba ratones. Y la verdad es que con lo poco que se le daba de comer, con los roedores y pajarillos que cazaba, aquellos gatos se mantenían muy bien por las calles y aledaños del pueblo, solo pendientes de que algún perro suelto los cazara. Claro que también se decía que en época que en casa escaseaba el pan, también se comían como si fueran conejos.

El caso es que ahora se ven muchos menos felinos en los pueblos y los que quedan tienen un comportamiento prácticamente salvaje haciendo bastante daño a la fauna autóctona.

Sucede, sobre todo, que las gatas cuando paren en primavera y también en agosto, es decir que tienen dos camadas, son muy listas y se van acercando a las casas con sus cachorros cuando vuelven en verano los jubilados algún mes y otros los fines de semana para que les den de comer a su prole. Y como los abuelos tienen nietos y biznietos encantados con esos gatitos tan “monos” y divertidos los alimentan hasta que se van haciendo grandes. Pero llega el otoño y con los fríos se vuelven a la ciudad, dejando a los gatos que se las busquen como puedan.

Mientras que en el verano los adultos siguen cazando ratones y algún pájaro joven, en el otoño más frío las aves son presas más fáciles. Conozco a una gata que por lo menos ya lleva 15 gorriones cazados en lo que va de otoño. Parece ser que por aquí cerca el dueño de un gallinero les echa el grano en el suelo a las gallinas, momento en el que aprovecha la gata para atrapar a ese gorrión recién despertado y con poca agilidad tras pasar la noche. La verdad es que siempre los captura por la mañana. ¡Pues menuda gracia con la enorme reducción de la población del clásico gorrión común de los pueblos y ciudades!

No creo que todas sus parientas tengan la destreza de esta gata, pero seguro que también se hacen con un buen número de presas dentro y fuera del casco urbano. De los daños y la influencia de los gatos en el ecosistema se han publicado numerosos estudios y todos concluyen en que resultan bastante dañinos. De hecho, la Fundación Artemisan ha comenzado recientemente un estudio sobre este problema que les aseguro que no es menor. Pues cuando salen a cazar al campo depredan sobre numerosos reptiles y aves protegidas. A veces se ven por el campo a más de un kilómetro de distancia del pueblo.

Hace 20 días más o menos se han presentado -los ha traído su madre- cerca de casa cuatro gatos de los nacidos en agosto. Son preciosos y están hambrientos, pero no les hemos querido echar de comer, aunque pueda parecer muy cruel, porque pensamos que la naturaleza tiene que seguir su curso. De hecho, últimamente solo hemos visto dos pequeños. Quizás los hubiéramos alimentado si existiera una campaña pública y gratuita de esterilización, como así sucede en otros países mucho más pobres que España.

La lavandera blanca

Cuando llegan los primeros fríos, antes de las nevadas, es cuando nos visitan los pinzones vulgares, el pueblo se anima con unos pajarillos blancos , grisáceos y negros, según la parte del cuerpo, que suelen levantar la cola con gracia y que se mueven con suma agilidad a pesar de sus delgadas y estilizadas patas.

Lavandera. Manuel M. V. CC
Lavandera. Manuel M. V. CC

Confieso que nunca he entendido por qué esta avecilla se siente cómoda dentro del casco urbano, siendo sobre todo insectívora. Lo comprendo con el pinzón que es granívoro. A no ser que este grácil pajarillo que nos ocupa cambie la dieta invernal alimentándose de semillas. Aun así seguro que encontraría más alimento de este tipo en el campo abierto.

Se dice también que en invierno se vuelve más gregaria y forma bandadas con sus hermanos buscando los mejores dormideros. Pero lo cierto es que en el pueblo nunca he visto más de dos o tres juntas y, desde luego, para aguantar las duras noches de esta zona tienen en el espesor del monte mejores y más abrigados acostaderos.

No sé, creo que al final voy a llegar a la conclusión de que su visita al pueblo es como un aviso ancestral para decirnos que llega el frío de verdad o que les gusta pisar el asfalto de las calles que se ha calentado más con el sol que en el campo. Supongo que será lo primero porque hace años las calles del pueblo no estaban asfaltadas y nunca perdieron la costumbre de hacer turismo callejero rural. Y eso que no estaba de moda.

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