Gorrión sobre unos sarmientos. Autor: Santiago mc. CC.

El gorrión común, en alarmante declive

Es el primer pájaro que hemos visto todos los niños de pueblo y el que conocimos por su nombre antes que ningún otro. Pero al paso que vamos, pronto dejaremos de tenerlo dando pequeños saltos a nuestro lado.
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No exagero. En los últimos cinco años ha descendido su población en el pueblo de forma alarmante. Y en otras localidades cercanas me dicen lo mismo. Ni siquiera necesito recurrir a SEO (Sociedad Española de Ornitología) para confirmar su claro descenso ni para que me den cifras aproximadas de su tremendo declive en los últimos años. Basta con pasear por el pueblo media hora más o menos para llegar descorazonado a casa, con la certidumbre de que este pajarillo pulula cada día menos.

Lo curioso es que cuando abundaba en el pueblo y esos atardeceres de agosto abarrotaban y alborotaban las acacias y otros árboles con sus peleas por conseguir el mejor posadero, apenas apreciábamos su compañía. Es más, era perseguido por los vecinos porque su número de bandadas ponía en peligro los cuatro puñados de trigo que se les echaba a las gallinas.

También recuerdo cómo en invierno los chicos lo cazaban con cepos cubiertos de nieve o los mayores colocando una criba con unos cuantos granos debajo, sujeta con un palo corto, que a su vez estaba atado a una cuerda. De manera que cuando los gorrioncillos “entraban” a picotear bastaba con tirar de la cuerda para atrapar alguno. Lo notable era que no estaba mal visto que se cazaran pájaros. Es más, aquel que conseguía mayor número de ejemplares era considerado como el más listo, el más habilidoso.

En picado

El gorrión, declarada con mucho acierto ave del año por la SEO en 2016, se tropieza con varios obstáculos que no puede superar. Según los estudiosos, las principales causas de su declive son el electromagnetismo, aumento de depredadores, pesticidas, falta de alimento, mala calidad del aire, aumento de las temperaturas, despoblamiento rural y el poco espacio que se les deja para criar en los nuevos edificios de las grandes ciudades, entre otras.

De todos estos motivos en contra del simpático gorrión encuentro en el pueblo al menos tres: falta de alimento, despoblamiento rural y acoso de los depredadores, aunque quizás los pesticidas también influyan en la escasez de gusanos, moscas y otros insectos tan fundamentales para la alimentación de sus polladas.

Quiero recordar que en estas páginas hemos comentado que la despoblación rural ha sido demoledora para este paseriforme. La mayoría de las familias de los pequeños pueblos antes de emigrar a la gran ciudad tenían su corral y sus cuatro gallinas para sustento propio. Así que era una estupenda oportunidad para que los gorriones se alimentaran en época de escasez como pueden ser los meses que van de octubre a abril. En época invernal se dividían en pequeños bandos y recorrían los gallineros en busca de tan preciado grano de trigo. Queda claro que la despoblación rural va unida al alimento. También solían picotear en las sobras en las cochiqueras de los cerdos y las cuadras de los animales de carga.

En la actualidad, en el mes de la siega y el siguiente tienen más abundancia de trigo y otros cereales, porque las cosechadoras desperdician más grano que antaño cuando se segaba con hoz. Sin embargo, el resto de los meses escasea la comida.

Es cierto e inquietante también para esta avecilla el aumento de depredadores, en especial los que vuelan. Su protección desde hace unos años ha conseguido que rapaces como el gavilán lleguen a instalar su comedero en el mismo casco urbano.

Cercano al hombre

No obstante, no pongo en duda todas las causas antes citadas como certeras en su cada vez menor población, pero siento que se me escapa algo. El gorrión es muy listo y ha sido el ave que mejor ha sabido adaptarse a vivir cerca del hombre, diría que con el hombre. Frente a la mayoría de sus semejantes, es la primera que se adaptó a la ciudad y casi la única que ha vivido años y años entre paseando en los parques y en las aceras con las personas. Y no es broma, también ha cogido la costumbre española de ir de bares. Recuerdo en Madrid en más de un local haber visto a los gorriones esperando a que entrase algún cliente para colarse ellos también y una vez saciados aprovechaban la salida del comensal y a vivir libres y con el buche lleno. Y si por un casual alguno se quedaba rezagado tenía la suficiente paciencia para esperar a que se abriese otra vez la puerta.

¿Y en los pueblos? Pues a pesar de la falta de alimento, según hemos comentado antes, me atrevo a decir que los gorriones desaparecen de la misma manera que han dejado atrás el pueblo los que se han marchado a las grandes urbes. Estoy convencido de que se han acostumbrado tanto a la presencia humana que ya no saben vivir sin ella. Me inclino por el sentimiento de cercanía y amistad que ha llegado a sentir el gorrión por el hombre y que nunca hemos sabido valorar ni corresponder.

No es ninguna barbaridad asegurar que la soledad sin las personas ha dejado al gorrión desconcertado, confuso y triste. Sí, triste, porque los animales sienten. Algo de especial debe de tener este pájaro, porque su hermano, el gorrión molinero, un poco más pequeño, prefiere los campos a los núcleos urbanos.

Aunque nunca lo hemos domesticado como a las cabras, vacas, ovejas… este pájaro debe de poseer alguna virtud que no llegamos a entender, pues además de la compañía parece necesitar nuestra protección como el ganado. Y al no tenerla, pues ¡adiós!

Todavía afortunados

De colonizar prácticamente todos los lugares del mundo excepto la Antártida, el gorrión común ha desaparecido prácticamente de ciudades como Londres y en Gran Bretaña ha caído su población de forma más que notable.

En España tenemos más suerte y todavía existe la posibilidad de recuperar o al menos frenar en parte su declive. En 2014 se calcula que había 140 millones de ejemplares, aunque ya había descendido su población en más de un 10% desde finales de los 90 de forma más notoria en Castilla y León, La Rioja y el País Vasco.

Estoy convencido de que su población actual es mucho menor. En época de cría he observado que sus polladas son menos numerosas, en especial la segunda con no más de tres individuos. Pero en lo que no ha cambiado es en su comportamiento. En época de apareamiento los machos se enzarzan en duras peleas, sin llegar a enterarse de la presencia humana a un metro escaso. Son polígamos y lo curioso es que las hembras son muy selectivas. Eligen para la cópula al macho más guapete. Es decir, aquel que luce una corbata más oscura y lustrosa.

Son bastante prácticos a la hora de escoger los sitios para nidificar. Lo mismo lo hacen en el hueco de una pared que en los aleros clásicos de las casas de pueblo con multitud de vacíos, también escogidos por los vencejos. Y los pequeños son bastante tontorrones, pues es fácil encontrar a más de una cría que ha saltado del nido sin apenas poder volar, algo que no sucede con otros pájaros. En este caso, son presas fáciles de los gatos y de las urracas que no dudan en picotearlos comenzando por los ojos.

Los gorriones son un buen termómetro de la salud ambiental. Así que si ellos están bien, los humanos también lo estarán. Invito a que cuando visitemos el pueblo llevemos al menos un kilo de trigo y lo desparramemos por las calles y plazoletas. Ayudará bastante a evitar su desaparición. Eso sí, es mejor hacerlo en sitios abiertos porque así los gatos tendrán mas dificultad para cazarlos.

A la solana: Esterilización gatuna

En Fuentelsaz del Campo, 60 habitantes más o menos en invierno (Guadalajara) -no confundir con Fuente el Saz del Jarama- han llegado a un acuerdo con una clínica veterinaria de Molina de Aragón para el control de la población de gatos. El ayuntamiento ha dispuesto 3.000 euros para pagar la esterilización de los felinos. Una iniciativa que deberían copiar muchas más localidades como la mejor forma de mantener un número de gatos más o menos estable. El exceso de población consigue que salgan a buscar alimento al campo y numerosos animales protegidos se conviertan en víctimas de tan eficaces cazadores. Su escasez provoca que los ratones invadan el pueblo.

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