"Gallo" CC Víctor

El gallo de Cirilo impone su ley y lo derrota

Aquel día de primeros de septiembre de hace menos de diez años comenzaba a atardecer. Como miles de veces, camino de La Soledad dirección la Lagunilla, tenía que haber sido Dionisia la que caminara hacia el pequeño pajar para cerrar las gallinas.
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Sabido es que las mujeres en los pueblos eran y son las encargadas de lo que todo todavía casi todo el mundo asume como tareas menores: hacer la comida al cerdo, abrir, cerrar y dar de comer a las gallinas, preparar la merienda para el hombre y los chavales ya mozos que trabajaban en el campo, lavar la ropa… Aunque para ser justos, Dionisia también cuidó de las ovejas. La recuerdo andando tan pita hacia la choza del sabinar.

Sí, Dionisia clavaba la hora hacia el gallinero según la estación del año y si llovía o hacía frío ese día las gallinas se quedaban en el pajar. Pero aquella tarde por no sé qué motivo mandó a su marido, Cirilo (¡Que descanse en paz!) a recoger los huevos y, de paso, contar una a una las gallinas, cerrarlas y atrancar bien la puerta para que la zorra no pudiera entrar por la noche.

Lo que no esperaba Cirilo es toparse en la puerta con un “escudero” sano que armado de un corpachón fuerte, un pico robusto y unos espolones afilados, le prohibía la entrada. Era un gallo que parecía un cruce entre las razas Villafranquina Roja y Andaluza Perdiz. El plumaje brillaba tanto a los rayos del sol que casi deslumbraba, el pecho profundo, la cresta rojo carmín, el cuello más bien largo al igual que las alas, pues era capaz de dar vuelos de 30 ó 40 metros de largo. En fin un señor gallo que paseaba su orgullo por la zona de campeo sin que nadie se le subiera a las barbas que también eran rojas como la cresta.

Aquella tarde tranquila se convirtió en una odisea para Cirilo. Este, al verse atemorizado por el gallo, se armó de una vara de avellano dispuesto a no quedar en ridículo. Seguro que nunca había valorado lo seria que se toman los gerifaltes la tarea de defender a su “harén”. Y más si no conocen a su dueño.

La pelea duró por lo menos más de media hora y empezaba a anochecer. Se oía vociferar a Cirilo y también los palos que propinaba a las piedras que sujetaban la puerta y quizás alguno que se escapó hacia el gallo. No quise acercarme a la contienda para no empeorar el duelo, por si acaso la vara le fuera a la cabeza de tan valiente pollo.

Dejo de escuchar el fragor de la batalla, me espero, oigo pasos y voy al encuentro de Cirilo. Fatigado y con cara de pocos amigos, me dice: “será modorro este gallo que no me deja pasar al pajar; voy a buscar a la mujer”. Y Dionisia llegó al pajar y cerró al gallo como un dulce pajarillo.

De niño cuando jugaba con mi hermano pequeño a chinchar a la gallina del vecino que venía a comer a nuestra cuadra y nos caía mal, teníamos en cuenta que el gallo estuviera lo más lejos posible, pues más de una vez nos atacó alguno de estos luchadores calzados de espolones. Ese sentido innato de defensa les lleva a avisar a las gallinas con cacareos de alarma cuando ven la silueta de un águila merodeando o, cuando presienten el peligro porque se acerca un perro u otro animal con malas intenciones.

Más de una vez he visto al “jefe” cómo cazaba una víbora a picotazos, y muerta ésta, llamaba a las gallinas para que se la comieran. La estrategia para cazarla y salir ileso de su letal veneno resultaba apasionante, pero es tema para otro capítulo.

El final no fue el mejor para este orgulloso y valiente defensor: perdió su gallardía un día que se enfrentó a un perro grande amastinado, de esos que utilizan en las rehalas para la caza del jabalí. Aun así el perrazo no pudo con él, pero se quedó medio aturdido y acobardado.

Ya nunca fue él.

Por cierto, pedí permiso a Dionisia para contar esta historia y ella me lo dio.

Foto destacada: "Gallo" CC Víctor

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