Escaramujo, en Orea.

El día que comprendimos que el planeta no nos necesita

En el Día Internacional de la Tierra, debemos recordar que el planeta ni nos pertenece, ni nos necesita. Somos nosotros los que tenemos que aprender a convivir sin arrasar.
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El 22 de abril celebramos el Día internacional de la Tierra… la tierra… ese lugar del que formamos parte en lo más profundo de nuestra esencia. Ese lugar que nos da la vida y del que nos creemos dueñ@s. Allá va la primera reflexión de hoy: no lo somos. No es nuestro ni el trozo de tierra que nos cubrirá en el sueño eterno. Nuestras son las emociones, lo que transmitimos, cómo fluimos hacia lo que nos rodea… sean personas, sea nuestro entorno, cercano o lejano. Solo eso nos pertenece. Solo eso quedará de nosotr@s cuando no estemos. Los recuerdos que hayamos generado y el conocimiento que hayamos transmitido.

Y volviendo a la Tierra, todavía hay quien piensa y grita: “¡Tenemos que salvar el Planeta!”, “¡Salvemos la Tierra!” … me parece tan pueril que casi me enternece. Segunda reflexión de hoy: El planeta NO nos necesita. Hemos desoído todas sus advertencias. Hemos creído que esa insostenible modernidad megaurbana era el futuro…

Y esa realidad nos impacta como un puñetazo seco en la tripa, dándonos cuenta de lo vulnerables que somos… de que hemos diseñado un sistema que no encaja con los planes de futuro del lugar que ocupamos: la Tierra; caemos ahora en la cuenta de que las aglomeraciones nos hacen más vulnerables… de que los pueblos se convierten en lugares más seguros y sanos para vivir… y de que la desafección humana en los territorios provoca, según nuestra escala de medición, grandes catástrofes… que a escala de la tierra, no son sino su reacción a nuestra inacción…

Porque el planeta, insisto, ni nos pertenece, ni nos necesita. Somos nosotros los que tenemos que aprender su lenguaje… los que tenemos que aprender a convivir sin arrasar, a no inventar lo que la naturaleza de forma generosa nos ofrece.

Y de eso, los pequeños pueblos de montaña somos un gran ejemplo. Somos testigo del fracaso de una sociedad que olvidó lo esencial. Y estamos aquí para recordarlo, quizá mermad@s, quizá desmoralizad@s o hastiad@s, pero con orgullo de lo que somos, seguimos alzando la voz defendiendo lo importante. Quizá nuestra sola presencia resulte incomoda, porque somos la evidencia de que otra forma de vida es posible y por eso reivindicamos nuestro papel de indígenas de una tierra a la que pertenecemos y no al revés. De montañas y bosques que se han conservado de la mano de nuestr@s antepasad@s, porque fueron uno. Que supieron ver, entender y hacer, no sin esfuerzo, preservando su medio de vida y conservando su entorno. Indígenas aldean@s, resistiendo en las montañas, con anhelos de futuro y de trabajo incesante, para preservar lo que querían que heredaran sus nietos, los nuestros… y los tuyos… sabiendo que esa herencia no se podría reflejar nunca en una escritura de propiedad, sino en lo más profundo del ser, a través de un vínculo que no se romperá ni con nuestra propia muerte…

Y sí, aún queda vida en nuestras montañas. Lugares de pequeñas huertas y grandes rebaños, de mil mares de bosques, de un sin fin de alternativas de ocio, turismo y experiencias auténticas, de praderas, fuentes y ríos… de hombres y mujeres del bosque, que valoramos el papel productor de nuestros entornos. Porque antes de la fiebre del plástico y lo sintético, nuestros bosques fueron productores y ahora más que nunca, deben seguir siéndolo. Y en los momentos tan difíciles que estamos viviendo, aún se pone de más rabiosa actualidad, que en estos lugares no necesitamos excepciones, aunque seamos una excepcionalidad, sino que necesitamos que se entienda que nuestra realidad sencillamente no es la misma.

Por eso seguimos trabajando incansables para que la acción, tan necesaria para nuestros pueblos, no quede cautiva de las palabras; para que los diagnósticos se transformen en estrategias y éstas en hechos: educación, legislación, adaptación fiscal, profesionalización, gestión forestal, compensación por servicios ecosistémicos…

Porque sabemos que la ausencia de la mano humana en nuestros bosques y nuestras tierras, es tan nefasta como peligrosa. Y me sigo preguntando, ¿por qué aún no se valora el papel de habitantes indígenas de las montañas de nuestro país, como custodios y garantes de su conservación?

En el día internacional de la Tierra, agradezco a estas comunidades “indígenas” su ejemplo y reivindico su importancia por lo que aportan al conjunto de la sociedad, por los saberes que tienen por transmitir, extendiendo mi agradecimiento a quienes tienen la responsabilidad de gestionar espacios y saben que estas poblaciones forman parte de ellos y que no se entiende los unos sin las otras.

Cuando se enseñe en los colegios la importancia de los pueblos, de sus usos y costumbres, de sus saberes… cuando se interiorice lo esencial y se aprenda el lenguaje de los espacios, que estas comunidades aún no han perdido, igual entonces, la sociedad en su conjunto tenga una oportunidad y comience a reconciliarse con el planeta.

En el día internacional de La Tierra, reivindico eso que no se compra, que no se vende, pero que, para esperanza humana, se puede aprender: este saber vivir simbiótico con el espacio que se ocupa y que crea un vínculo con lo esencial.

Especialmente en este día, reclamo la visibilidad que corresponde a quienes habitan la tierra, conviviendo con ella de igual a igual.

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