El despoblamiento rural: un problema territorial con raíces históricas

El despoblamiento de las áreas rurales en España es un fenómeno probablemente irreversible. Estas son las razones históricas que nos han llevado hasta aquí.
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Puerta de una casa abandonada en Villar del Río (Soria)

En otras aportaciones en El Diario Rural se ha señalado que la despoblación es uno de los retos demográficos más importantes que afronta la sociedad española actual, estando buena parte de las áreas rurales caracterizadas por saldos negativos tanto vegetativos como migratorios.

Pero es también, ante todo, un reto territorial, y de ahí que junto al concepto de despoblación, como fenómeno demográfico, sea necesario introducir el de despoblamiento, como fenómeno territorial.

El despoblamiento es la proyección en el territorio de los procesos de pérdida de población, y con él hacemos referencia a la concentración de tales procesos en determinados segmentos de tamaño demográfico. Nos referimos aquí a núcleos de población que tienen la función de residencia permanente, que hay que diferenciar de aquellos otros en los que es creciente la función como residencia secundaria (aspecto que no abordamos aquí).

Las causas del despoblamiento rural

De la crisis de un sistema de poblamiento y ocupación del territorio de la Edad Media, a la crisis de la agricultura tradicional y la modernización social y tecnológica

El despoblamiento en buena parte de las áreas rurales españolas es un fenómeno probablemente irreversible. Las razones son bien sencillas. Nuestro sistema de poblamiento se fue configurando en la Península Ibérica, primero, con la ocupación musulmana, desde el siglo VIII y, después, con la Reconquista (y “repoblación”), desde los siglos XI-XIII en adelante. Se fue conformando así un sistema de ocupación y uso del territorio que ha perdurado hasta nuestros días.

La crisis en la que desde hace varias décadas está sumido este sistema está ligada a aspectos como la propia crisis del sistema agropecuario tradicional así como, en general, a los cambios sociales y de mentalidad, la denominada modernización social (para referirse a los intensos cambios que se producen en la sociedad española entre los años 60 y 80 del pasado siglo).

No obstante, si hubiese que señalar una variable estrecha y directamente relacionada con la crisis del sistema de poblamiento esta es la revolución tecnológica, especialmente en los medios y sistemas de transporte. Efectivamente, el fuerte desajuste entre un sistema de poblamiento heredado de la Edad Media, adaptado a la tecnología y necesidades del momento, y un sistema tecnológico, sobre todo de transporte y comunicaciones, de los siglos XX-XXI, está en el corazón mismo del proceso de despoblamiento y explica no solo que este se haya acentuado, sino que con casi total seguridad este sea, desgraciadamente, irreversible para una buena parte de los núcleos rurales más pequeños.

Los cambios recientes en el sistema de poblamiento

El declive del segmento de municipios de menos de 20.000 habitantes

De la crisis en el sistema de poblamiento que venimos padeciendo desde los primeros años 60, dos son los principales resultados a tener en cuenta. En primer lugar, estamos ante un sistema de poblamiento profundamente desequilibrado, con un gran número de núcleos de población (y municipios) con cada vez menos población. En segundo lugar, que estos desequilibrios tienden a aumentar, con importantes efectos negativos en los municipios rurales de menor tamaño. Así, los datos más recientes ponen de relieve que apenas el 6% de la población española vive en municipios de menos de 2.000 habitantes. Estos suponen el 72% de los municipios de todo el país, sumando en torno al 55% de la superficie. La densidad media en estos municipios está por debajo de los 10 habitantes/km2.

Algo más de dos décadas antes, en 1996, la proporción de población en ese segmento de municipios era casi el 8%, y una proporción muy similar en el número de municipios. En valores absolutos esos datos suponen una reducción de algo más de 0,3 millones de habitantes y de 54 municipios menos en el segmento de menos de 2.000 habitantes.

De un análisis rápido a los cambios en la distribución de la población entre 1996 y 2019 (Figura 1) se derivan dos conclusiones importantes. En primer lugar, los municipios rurales han continuado perdiendo población (incluso en unos años en los que los flujos migratorios paliaron parcialmente la situación en algunas zonas rurales). Pero estas pérdidas no se ciñen a los municipios más pequeños, sino que llegan incluso hasta el segmento de los 20.000 habitantes.

Figura 1: Distribución de la población según tamaño de municipio. 1996 y 2019
Figura 1: Distribución de la población según tamaño de municipio. 1996 y 2019

En segundo lugar, es a partir de este tamaño donde tiende a concentrarse el crecimiento de población en 2019 respecto de 1996. Las derivadas cara a la ordenación territorial son claras: el segmento del sistema de núcleos por debajo de los 20.000 habitantes está en franco declive, mientras se está fortaleciendo el segmento de municipios entre 20.000 y 100.000 habitantes. Obviamente habría que analizar estos datos con más detalle para ver diferencias entre diferentes ámbitos; sin embargo, la tendencia global no deja lugar a dudas.

¿Hacia una obligada redefinición del sistema de poblamiento?

Esta clara continuidad del proceso de reajuste de los efectivos demográficos en el sistema de núcleos de población nos conduce a plantear varias reflexiones. La primera es que las actuales estrategias de lucha contra la despoblación y el despoblamiento no pueden seguir ignorando la intensidad y orientación de este proceso, y que estamos ante un problema de ordenación territorial y de definición del modelo de sistema de núcleos hacia el que avanzamos. En segundo lugar, desde esas estrategias, y en cada territorio, es urgente que las autoridades responsables y los diferentes grupos de actores mantengan un debate (desapasionado y pragmático), en torno al verdadero papel del sistema rural en el esquema de ordenación del territorio, con visión de medio y largo plazo.

En tercer lugar, en ese debate, debe definirse con claridad dónde se sitúa, para cada territorio, la “línea de defensa” en el sistema de poblamiento, es decir, qué núcleos han de concentrar los esfuerzos para retener a la población rural (o en su caso, atraer desde áreas más urbanizadas), dotándolas de todos aquellos elementos que permitan un nivel y calidad de vida realmente comparable al resto del territorio.

En cuarto lugar, la definición de esta “línea de defensa” no implica el abandono a su suerte de los núcleos de población menos sostenibles (o viables); se han de mantener fórmulas imaginativas de prestación de servicios, dotación de equipamientos o de fomento del emprendimiento, siendo conscientes de que no son soluciones globales y que probablemente a medio plazo todo ello no consiga frenar la despoblación de esos núcleos más vulnerables.

En quinto y último lugar, en ese debate, y en la posible redefinición del modelo de sistema territorial rural, se ha de tener muy presente, como muy bien ha explicado Eduardo Moyano, que la continuidad del proceso de despoblación en las áreas rurales de baja densidad no implica, ni habría de implicar, abandono de actividad. Precisamente la tecnología tanto de transporte como de telecomunicaciones, a la que se ha hecho referencia, permite ahora mantener actividades en áreas rurales de baja densidad y a la vez flexibilizar la localización de la población, pudiendo una parte relocalizarse en núcleos de mayor tamaño (tal vez los que aquí hemos definido como lo que podrían ser las líneas de defensa del poblamiento rural).

Desde la recién creada vicepresidencia para la Transición Ecológica y Reto Demográfico, así como el nuevo Ministerio de Política Territorial, se contribuya a fomentar y ordenar todos estos debates y, sobre todo, poner en marcha políticas y estrategias inteligentes y eficaces (sin perjuicio de las iniciativas y competencias de las CC.AA). En ese contexto, los resultados sobre los cambios en la distribución de la población según tamaño municipal nos llevan también a otro debate, el de hasta qué punto sigue siendo adecuada la actual planta municipal en nuestro país, y en qué medida determinados ajustes contribuirían a mejorar su eficiencia y eficacia.

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