Productos donados por mujeres rurales durante el confinamiento. Foto: FADEMUR.

El abastecimiento alimentario en tiempos de coronavirus

La pandemia nos anima a aplicar más que nunca el sentido común. Hay que garantizar la justicia y la transparencia en la cadena agroalimentaria y promover el consumo de cercanía.


Una de las virtudes del concepto de “soberanía alimentaria” es que conecta con el sentido común de la gente. Esta es una baza que no solo no podemos perder, sino que debemos potenciar en momentos de crisis como el actual. Cualquier persona común; mi madre, mis hijos, mi vecina María, no pueden entender cómo habiendo naranjas aquí, tenemos que traerlas desde miles y miles de kilómetros de distancia, teniendo que desperdiciar las que se producen más cerca de nosotros.

Esta misma gente no entiende cómo los agricultores reciben un precio por estas naranjas que no llega a cubrir ni los costes de producción, mientras que las que vienen desde miles de kilómetros de distancia son más baratas, y eso, sin incluir los enormes costes ambientales que conlleva. Realmente es de locos. Relocalizar el sistema alimentario resulta hoy una necesidad evidente.

No es el momento de reproducir los cientos de análisis y estudios sobre cómo funciona el sistema alimentario global. Podemos acceder a ellos tan solo con un click; los tenemos más sesudos y más divulgativos. Es suficiente con describir lo que ha sucedido en las últimas semanas de confinamiento y de una forma muy doméstica sacar algunas conclusiones para hacer de la necesidad virtud.

El peculiar devenir de los acontecimientos

Resulta curioso cómo han transcurrido los acontecimientos. Tuvimos siete semanas seguidas de movilizaciones con el lema de “Agricultores al límite”. Estas movilizaciones lograron trasladar al conjunto de la sociedad sus problemas, generando una ola de solidaridad con el sector agrario y ganadero sin precedentes. El foco de las movilizaciones no eran las ayudas, sino los precios injustos y las injustas relaciones dentro de la cadena agroalimentaria.

Esta cadena alimentaria cada vez da más poder a la distribución, acumulando gran parte de la plusvalía generada por los eslabones anteriores de la producción y la transformación. Fuimos conscientes, y durante semanas se habló de como el precio del brócoli se multiplica por 4,8 cuando llega al consumidor.

Sin embargo, acto seguido, y sin apenas cambio de escenario, hemos pasado a ver imágenes de una fiebre compulsiva que agolpaba a los consumidores españoles en los supermercados. Colas de consumidores para acumular productos de todo tipo hasta dejar los lineales de los supermercados vacíos, y esto, ante la perplejidad de los gestores de estas empresas que se veían incapaces de organizar siquiera la reposición del producto.

Los datos cantan y el consumo de alimentos de las familias españolas ha crecido un 18% de media durante la crisis y el de las hortalizas y frutas un 44%. No solo ha crecido lo que gastamos, sino el volumen de comida que compramos. De pronto, casi terminamos aplaudiendo como superhéroes a los supermercados. Sin embargo, en medio de esta fiebre compulsiva por comprar alimentos, hemos sabido que el precio de las hortalizas y las frutas pagado a los agricultores y agricultoras ha caído un 77% en estas semanas, mientras que el precio al consumidor empieza a dar señales de incremento. Es decir, los márgenes se están ampliando en más de 3 puntos en todos los productos.

La importancia del canal HORECA

Pero las grietas siguen asomando. A los pocos días de iniciarse la crisis, cerró el canal de la Hostelería, la Restauración y el Cátering (Canal HORECA) y de pronto, todas las producciones destinadas a esta vía de comercialización, desde el cordero, hasta el vino, las hortalizas o los lácteos, empezaron a acumular excedentes sin capacidad para ser consumidos. Fuimos conscientes de lo importante que era este canal de comercialización para la producción agroalimentaria de nuestro país, pero paradójicamente, aún a día de hoy y con lo que ha caído, no logramos convencer a los decisores políticos competentes, que la próxima reforma de la Ley de cadena alimentaria, debe incluir al canal HORECA. Mientras tanto, aunque las grandes cadenas de distribución aumentaban su demanda de alimentos, apenas había absorción y transferencia de un canal a otro.

En pocos días era obligado que se alzaran las voces para pedir a las grandes cadenas de comercio minorista que debían arrimar el hombro y hacer un esfuerzo por integrar las producciones locales. Pero a pesar del esfuerzo, las normas y los estándares que utilizan para integrar los productos alimentarios no son fáciles de cumplir.

Los requisitos para dar de alta a proveedores, sean estos agricultores, agricultoras, o cooperativas no son automáticos. Finalmente, los márgenes que aplican sobre el precio y los porcentajes de “rápel[1]”, el descuento que se aplica al agricultor por la merma del producto fresco, o el pago del personal de reponedores que exigen en muchos casos, hace muy difícil la rentabilidad para los pequeños y medianos productores.

Puedo asegurar con conocimiento de causa que ha habido de todo. Hay cadenas que efectivamente han arrimado el hombro y mucho, y otras que simplemente se han reunido, y reunido, y reunido, han pedido datos, y datos, y datos, para terminar, no moviendo nada. Como en todos los sectores, no todos somos iguales. Pero los datos son tozudos, en esta misma semana Unió de Pagesos Mallorca ha publicado un informe con la foto de lo que supone el producto local balear en 9 cadenas de grandes superficies, resultando que su presencia es entre un 10% y un 20% en el producto fresco

Un confinamiento urbanocéntrico

Paradójicamente, la estrategia “urbanocéntrica” de confinamiento nos la ha jugado en contra. En primer lugar, nos cerraron los mercados agroalimentarios semanales. Es decir; los mercados semanales, los mercados de agricultores, los mercados agroecológicos quedaron cerrados y tan solo tres comunidades autónomas pudimos proponer una alternativa para mantenerlos activos. En segundo lugar, nos dijeron que estaba prohibido acudir a los huertos de autoconsumo, los huertos comunitarios, o los huertos sociales. Estos huertos representan el primer escalón de la soberanía alimentaria, y son una fuente de alimentos frescos y de temporada muy importante para muchos hogares y a pesar de la gran movilización social ha sido imposible introducir una reflexión sobre la decisión hasta el inicio de la fase de desescalada.

Estas decisiones se han tomado con el absurdo argumento de evitar los desplazamientos, las salidas innecesarias o evitar las aglomeraciones. ¿Pero es que no han visto las imágenes de las grandes superficies? De verdad que ir al huerto en un pueblo aragonés, o en Tierra de Campos implica mayor riesgo que ir al supermercado. Acaso no saben que para ir a una gran superficie desde un pueblo de Castilla hay que recorrer en muchos casos varias decenas de kilómetros en coche. Pero el absurdo se hace más profundo, cuando te encuentras por la calle a un policía, y te pide explicaciones de por qué caminas hasta la frutería o la carnicería en vez de ir al supermercado que hay a la salida del pueblo en coche, y cuando le dices que tú en general no compras en las grandes superficies salvo los productos no frescos, entonces te mira como si estuvieras loco y trata de imponerte que vayas argumentando que lo dice la instrucción.

Pero volvamos a la idea de hacer de la necesidad virtud. Los productores y productoras de alimentos, sus organizaciones, las estructuras cooperativas, las asociaciones de consumidores, muchas entidades sociales, y desde luego instituciones administrativas de todo nivel, se han lanzado a promocionar el consumo de producto local y las iniciativas de cadenas cortas de comercialización, multiplicando las iniciativas de venta a domicilio. Pero el debate continuó, y hubo tentaciones incluso de prohibir también la venta a domicilio, pero claro, en este caso las más perjudicadas eran plataformas como Amazon o Ebay y finalmente se salvó. El éxito de estas iniciativas y de las campañas de promoción han calado en la sociedad.

Me consta por lo que conozco del territorio donde trabajo, que las ventas en cadenas cortas de comercialización se han incrementado en más del doble, y que el cordero de la tierra, las hortalizas, o el aceite, o el vino ha salido en cantidades increíbles por este canal durante la Semana Santa. La respuesta social está siendo impresionante. Han calado porque conectan con el sentido común de la gente. Sin embargo, ¿Seremos capaces de mantener esta tendencia? ¿Qué debemos hacer para mantener la tendencia?

¿Qué pasará cuando esto pase?

La gran duda es si una vez pasada la crisis mantendremos el debate en el mismo nivel que estas semanas. Habrá que retomar las demandas de “Agricultores Al Límite” que se quedaron arrinconadas con la crisis.  Volveremos a trabajar sobre el futuro de la Ley de cadena alimentaria y habrá que poner toda la carne en el asador porque sin duda, todo el sucedido en los últimos seis meses hace urgente una apuesta valiente.  Habrá que volver a plantear, sin lugar a dudas, que el canal HORECA debe estar incluido dentro de la Ley de cadena alimentaria.

Habrá que cuestionar los propios contratos y condiciones de la gran distribución para que la sociedad sea más exigente con ellas y cumplan de forma responsable con el sector agrario. El sistema alimentario lo forman numerosos actores, y soy de los que considero que todos son necesarios y cumplen su papel. Sin embargo, la crisis ha dado más razones todavía para aplicar en dicho sistema el sentido común, en primer lugar, garantizando justicia y transparencia en su funcionamiento, y, en segundo lugar, promoviendo una mayor relocalización del conjunto de nuestro sistema alimentario.

Fernando Fernández Such es experto en políticas agrarias y desarrollo rural. Es jefe de Gabinete de la Consellería de Agricultura, Pesca y Alimentación del Gobierno Balear.


[1] Se llama rápel al descuento que se concede a un cliente por alcanzar un consumo determinado durante un periodo de tiempo establecido. La técnica toma su nombre por la analogía con el deporte de descenso rápel. El objetivo final de esta técnica es premiar el mayor esfuerzo realizado por el cliente concediéndole un descuento superior. Una plantilla típica de rápel podría ser: Por consumos de 0 a 100.000 €: 10% Por consumos de 100.001 a 200.000 €: 20%. Por consumos de 10.000.000 a 100.000.000 €: 30% Por consumos superiores a 100.000.000 €: 40%. En este caso, el cliente es la gran superficie, y el agricultor, se ve obligado a aplicar el descuento en función del volumen que comercializa

Foto: Productos donados por mujeres rurales durante el confinamiento. Foto: FADEMUR.

1 comment

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    Eduardo Moyano Estrada 7 mayo, 2020 at 18:04 Responder

    Excelente artículo Fernando. No se puede hacer una descripción mejor de lo que ha ocurrido en el abastecimiento durante la pandemia. Un abrazo.

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