El río Tajo encajonado en el cañón que lleva su nombre. Autor: Jonathan Sayago

Cuando la primavera te apabulla

El canto de una enorme variedad de aves y andar y pescar por una senda del río Tajo casi virgen te conducen al edén.
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Aquella mañana de finales de mayo, llegamos amaneciendo con el coche a la zona del Salto del Campillo, un impresionante paraje del Alto Tajo que permanece todavía casi virgen, con intención de pescar alguna trucha común. Aparcamos el vehículo a la orilla de una pista que conduce a un pequeño embalse; salimos del automóvil para planificar la ruta y montar los aparejos y solo hicimos lo segundo.

La pista se termina pronto y para avanzar hay que coger una pequeña senda río abajo por la margen izquierda que apenas se ve por la densa vegetación. Cuando pescábamos truchas, al menos nosotros andábamos por lo menos 4 ó 5 kilómetros por las márgenes del río y luego subíamos pescando a contracorriente. Es normal, porque la trucha siempre está mirando hacia la corriente que es por donde puede bajar un buen bocado. Además si vas andando río arriba siempre le entras por detrás y al no verte no se espanta.

Decía hace un momento que habíamos salido del automóvil con la intención de planificar la ruta y solo hicimos lo segundo. Nada más abrir las puertas, una inmensa variedad de cánticos ensordecedores nos dejaron a mi hermano y a mí mudos. Nos callamos de forma espontánea, natural, ante tanta belleza salvaje.

Por el lado izquierdo de la pista, el bosque de robles, pinos, acebos, tejos, boj… acogía a herrerillos, carboneros, mitos, pájaros carpinteros, piquituertos… con sus cantos melodiosos  y sus clásicos sonidos. La derecha la conquistaban pájaros típicos de ribera, de soto, como los zarceros, currucas, chochines, petirrojos, ruiseñores, mirlos lavanderas y quien sabe cuántos más. Todos fueron capaces de apabullarnos y sentir que habíamos llegado al edén, al paraíso.

Andando hacia el cauce del río a paso lento para disfrutar de esta orgía, comenzamos a hablar justo cuando el sonido de las torrenteras del río se apoderaba de los cantos de los pajarillos. Paramos un momento y nos dimos una palmada de felicidad, como confirmando tanto disfrute. Y ahora sí, calculamos más o menos el tiempo que íbamos a invertir y sorteamos quien iría pescando en primer lugar, porque siempre tiene algo de ventaja.

En otras ocasiones cada uno pescaba por una margen distinta del río, pero en este caso, la derecha estaba y está prácticamente impracticable para pescar y mucho menos para andar por fuera del agua.

Modalidad para andar

Nuestra manera de pescar truchas, comparada con otras modalidades era quizás la más rudimentaria, pero también la más movida. Se trata de atar en la punta del hilo un artefacto de tres ganchos y una chapa , llamada cucharilla, que cuando la lanzas al agua y recoges el hilo con el carrete imita a una mariposa. De esta manera “engañas” a la trucha.

Desde que comienzas hasta que decides dar por terminada la jornada se lanza la cucharilla donde uno cree que puede estar la trucha. Este gesto lo realizas cuatro o cinco veces cada cinco o seis metros, de manera que en cuatro kilómetros de río, uno se puede imaginar los intentos que hay que hacer por capturar alguna esquiva trucha común.

Y todo este ritual entre zarzas, juncos, mimbres y maleza que ha bajado el río al subir su caudal a principios de primavera. Así que el ejercicio que se hace no tiene desperdicio. De hecho, recuerdo que el primer día que salíamos de pesca cogíamos un dolor de hombro que nos duraba dos o tres días. Y eso que éramos unos chavales fibrosos acostumbrados al ejercicio físico.

Al margen de que se enganche o no alguna trucha, lo bueno que tiene esta modalidad es que disfrutas todo el rato del paisaje, porque cada metro de río y de vegetación por el que andas o ves es distinto; cada libélula es de un color y cada trozo de río tiene un sonido diferente.

Excepto en las piedras grandes que se han descolgado hace años al río y algunas pozas, el cauce de finales de mayo en nada se parece al que puedas observar a finales de agosto. En este caso, la torrenteras y corrientes hacen mucho menos ruido por su escaso caudal, los vados se pueden cruzar por cualquier sitio y en las pozas se ven con claridad las huellas de las nutrias.

Tramo privilegiado

Durante muchos años, escogíamos esta zona de pesca porque al carecer de pista forestal que sigue el cauce del río y al ser una senda incómoda de andar, son pocos los que se aventuraban a recorrer ese tramo. El pequeño embalse, por ejemplo conseguía parar a los piragüistas, aunque el final de su descenso quedaba un poco más arriba, en el Puente de San Pedro, donde tiene más facilidad para cargar sus piraguas en los todoterrenos.

Te tiene que gustar mucho la naturaleza para adentrarte por una vereda en la que el que va primero tiene que ir sujetando las ramas para que no le partan la cara al que va detrás. Te tienen que gustar mucho lo salvaje para bajar y subir por un cañón donde en algunos trozos se encajona el Tajo y en los días de calor hay que ser un jabato para aguantar la invasión de mosquitos y tábanos. Algunos amigos que me acompañaron alguna vez, desistieron y se volvieron al coche, donde corre más el aire y abundan algo menos los mosquitos. No obstante, los encontré dentro del habitáculo y con el aire acondicionado puesto. Y no, aquello no es el infierno. Y si eres muy histérico con los mosquitos, cortas unas ramas de boj y los vas espantando a modo de abanico.

Aguas cristalinas en el Alto Tajo, donde abunda la trucha común. Autor: Jonathan Sayago.
Aguas cristalinas en el Alto Tajo, donde abunda la trucha común. Autor: Jonathan Sayago.

Pocas truchas

Aquel día de finales de mayo, las truchas tenían el día de no picar, al menos a las cucharillas de diferentes colores con las que intentábamos engañarlas. Reconozco que jamás entendí a estos voraces animales. Algunos días andabas toda una jornada y no entraba al cebo artificial ni una. En cambio, en otras jornadas en media hora capturabas diez o doce ejemplares.

Aquel día de mayo decidieron entrar a la cucharilla que imitaba a una mariquita y lo hicieron a eso de las 12 de mediodía, cuando apretaba el calor. Ni me hermano ni yo lo entendíamos. De manera que al final pescamos cuatro o cinco cada uno y tan contentos.

Unos 100 metros antes de llegar al coche nos abordó un forestal. Recuerdo que nos pidió la licencia de pesca y que le enseñáramos las truchas a ver si tenían la medida mínima. En aquellos tiempos era de 19 centímetros. Y lo que nunca se me olvidará es que no nos demandó el DNI, que es obligatorio llevarlo junto con la licencia y que se le debió olvidar.

De verdad, hubiera dado igual que hubiésemos pescado una dos tres o ninguna trucha. El disfrute de aquella mañana con la pequeña pradera conquistada por el rocío y la variedad de armonías de tantos pájaros felices mereció la pena, porque siempre lo recordábamos. En cambio de las truchas pescadas ni hablábamos.

Por cierto, me dice un conocido que esta primavera está desbordante por aquellos parajes agrestes y casi, casi vírgenes.

Foto destacada: El río Tajo encajonado en el cañón que lleva su nombre. Autor: Jonathan Sayago

1 comment

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    Francisco 26 mayo, 2020 at 04:24 Responder

    Hola Jenaro:
    Me ha gustado lo que cuentas sobre el atronador sonido del piar de los pajaritos a primeras horas de la mañana. Tengo la suerte de vivir cerca de un espacio natural protegido, unas marismas de no más de 2-3 kilómetros cuadrados y por ellas acostumbro a practicar deporte. Hacia las seis y media ya estoy atravesando sus caminos y el piar es una compañía especial. Lástima de no conocer sus cantos para poder identificarlos, ya que no los veo entre tanta vegetación, pero si los viera tampoco podría nombrarlos por que no los conozco. No sé si son crías que piden alimento o mayores que dan instrucciones a sus cercanos o qué se yo, el caso es que me siento muy acompañado.

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