Cuando la primavera llega más tarde

Al llegar la primavera a los pueblos de montaña, el comportamiento de algunas aves es cada día más desconcertante.
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En los pueblos de montaña la primavera entra con más lentitud y sobresaltos que en las zonas más cálidas. Y lo curioso es que hay días que solo la sabiduría de los habitantes del pueblo es capaz de interpretarla.

Dionisia, 85 años, llegaba a casa de su paseo prendada por el fuerte olor de las flores de los endrinos y recuerda que el año pasado estaban igual a primeros de abril, “pero luego llegó una helada y los dejó negros, machacados, igual que los ciruelos”. Lo mismo este año sucede lo mismo”. Y acertó. Pues hace unos días ha pasado algo parecido, aunque con menor virulencia. A unos días templados y hasta calurosos han seguido dos o tres heladas que presagian pocos frutos a recoger a finales de verano para elaborar pacharán artesanal.

Aunque a algunos les parezca una tontería, para los mayores es un disgusto que se hielen los endrinos, pues gustan de producir su pacharán casero. Los que son un poco más jóvenes también han descubierto en el escaramujo un buen fruto silvestre para fabricarse su licor. En este caso y como esta zarza florece más tarde y su ciclo es más tardío tienen asegurados los escaramujos tan preciados por los zorros en su dieta. Cualquier excremento que veamos por el campo en otoño y contenga este fruto es seguro de una zorra.

Pero esta primavera montañesa que te deleita a la vez con olores y con los primeros y sonoros cantos de algunas aves como las alondras comunes con sus ascensos a los cielos y sus fulgurantes picados a los lindazos de los sembrados, que comienzan su periodo de celo, te mantiene también en ascuas porque algunos pájaros emigrantes no han llegado al pueblo y la espera se hace casi angustiosa.

Golondrinas y collalbas

Al principio de esta primavera he echado en falta la llegada por estos parajes a la familiar y ciudadana golondrina y a la más esquiva y arisca collalba gris, que antaño colonizaba todas las paredes de piedra seca por las eras y pajares abandonados.

Las primeras han llegado pletóricas al tejadillo del porche de casa para volver a anidar donde el año pasado, pero han estado revoloteando por los alrededores porque aquello estaba lleno de gatos y no se fiaban de estos. En ningún momento las observé acarrear barro hacia el nido para reconstruirlo. Seguro que como los felinos se habrán largado a otra parte anidarán en el mismo sitio que el pasado.

Collalba solo he visto una por las paredes que arropan la estrecha carretera que nos lleva al pueblo desde la Nacional 211. Por sus movimientos y pequeños vuelos entre los majanos cercanos daba la impresión de que acababa de llegar.

Lo cierto es que estos dos pajarillos han llegado más tarde de lo habitual. Tampoco he oído en la profundidad del bosque la voz del cuco, el “bu-bu” de la abubilla por las cercanías del pueblo y los fuertes y poderosos trinos del ruiseñor entre los zarzales en las noches serenas. Claro que si las ranas todavía no han comenzado su sinfonía nocturna en sus alocados rituales de celo es que vamos con algo de retraso. En cambio las torcaces ya andan en danza en lo grandes sabinares.

Por curiosidad, subí a las cárcavas del Llanillo por si daba con alguna chova piquirroja. Pero llevan unos años sin animar con sus estruendosos cánticos y picados en el barranco que nos conduce hacia Arandilla. Por esta zona su población ha descendido de forma alarmante.

Y ya de paso y sin ir exclusivamente a su observación, tropecé con algún alcaudón real. Varios pitos reales y la curiosas y siempre inquietas tarabillas comunes. Y como siempre, vigilantes en los postes que bordean la carretera los ya clásicos ratoneros comunes que dejan el asfalto limpio de los pequeños roedores y pajarillos que atropellan los automóviles.

El pueblo como terapia

Sobre las propiedades curativas de los pueblos, libres de estrés, paraísos de la tranquilidad y el aire puro… existe mucha literatura. Sin embargo, cuando uno se fija más en las ventajas de vivir en una zona rural es cuando vuelve a una gran ciudad, donde para ser sincero parece que todo el mundo está medio chiflado. Y, desde luego, mucho más agresivos y maleducados cuando alguien les advierte de su poco respeto y ligereza a la hora de usar las mascarillas. Lo tengo claro, mejor no decir nada para que no te insulten.

Lo curioso del pueblo es que cuando uno lleva varios días andando por sus calles y por el campo no se para a reflexionar la suerte que tiene de disfrutar de este entorno. Se acostumbra a sus olores, cánticos de los pájaros, “ladridos” de los corzos cuando se asustan. Solo se echa en falta que alguno de sus amigos como el gorrión chillón haga acto de presencia con sus profundos y lastimeros pitidos y que las aliagas o aulagas no se hayan vestido todavía con su llamativo traje amarillo. Y habrá que esperar un poco más para que los lilos conquisten con su fuerte aroma las calles del pueblo.

Así es que recomiendo que cuando vayamos al pueblo, reflexionemos unos minutos y valoremos en su justa medida los regalos de la naturaleza, frente a la agresividad y la locura del ritmo en las grandes ciudades. Y cuando digo regalos no me refiero solo a obsequios como los corros de manzanilla de Prao Laisa o el té de piedra, así como esos caracoles blancos con sabor a tomillo, el orégano, los espárragos trigueros y otros manjares riquísimos al paladar.

A ver si este año Dionisia se equivoca y podemos salir con las manos llenas de “pinchotazos” y con unas cuantas endrinas para elaborar pacharán. Si el cambio climático está trastocando los refranes populares y poniendo en tela de juicio la sabiduría de los más mayores, en los pueblos de montaña este fenómeno se nota más. Mientras tanto, los agricultores tiemblan para que no se produzca alguna helada a finales de junio como así ha sucedido algún año.

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