Escenas de Las Merindades (Burgos), por Emilio Barco.

“Poco futuro nos queda
si olvidamos la sabiduría de los huertos,
los olivares y los archivos”.

Luis García Montero
Infolibre, 15 de agosto 2021

“Leía esta frase en un artículo de García Montero y me he acordado de ti… Saludos”. Lo escrito hasta ahora es copia de un mensaje que recibí el día de la Virgen de agosto, enviado por mi amigo Agustín Azkarate. Busqué y leí el artículo titulado “¿Estar desconectado?”

El día anterior empezaron en mi pueblo las “no fiestas” (así se llaman ahora) en honor a la Virgen y a San Roque y nosotros, Soraya y yo, decidimos marcharnos cuatro días a pasear por las Merindades. Les cuento esto para contextualizar la lectura del artículo citado, no por otra cosa.

Comienza el texto de García Montero subrayando los tópicos habituales por estas fechas que bien pueden resumirse en esta frase entresacada del primer párrafo, “si queremos recuperar fuerzas, conviene aprovechar las vacaciones para desconectar”. Y despachados los tópicos se hace la loa a “la costumbre de aprovechar el verano para volver a los lugares de siempre” para allí reencontrar “la utopía modesta de estar tranquilo y de vivir una alegría compartida”, lo que se concreta en cosas tan sencillas como “regar las plantas”, “observar la lentitud disciplinada de la naturaleza”, “disponer de tiempo para pensar las cosas” “leer”, “cultivar largas sobremesas”… Termina el autor haciendo un canto a la lentitud y ahí es donde coloca la frase con la que he encabezado estas líneas, la de la huerta, los olivos y los archivos.

Intuyo, porque no lo conozco, que García Montero vive una vida más ajetreada que la que le gustaría vivir, y por eso escribe esto. Salvo que sea un texto de ficción literaria. A mí nunca se me hubiera ocurrido escribir algo así. ¿Por qué?

Si Usted es lector habitual de este diario ya conoce mi pasión por la huerta; mi preferencia por el tiempo de los acontecimientos frente al tiempo del reloj; sabe también que me gusta caminar por el olivar de mi pueblo; que cultivo ciento siete olivos centenarios que nos dan aceite para casa y para algunos amigos y que doy clases de historia social y económica, por lo que revolver “papeles viejos” en archivos virtuales y reales ocupa una parte importante de mi tiempo. Sobre mi reivindicación de la lentitud basta recordar que este blog se titula “Donde viven los caracoles”.

Considero necesario contarle lo que habitualmente hago porque el autor no explica lo que habría que hacer para conservar esa sabiduría que al perderse agota nuestro futuro.

Porque me gusta mirar lo que hacen los campesinos y hablar con ellos y porque he dispuesto de tiempo para pensar en lo que veía y en lo que oía, casi he conseguido que en mi día a día apenas se distinga el tiempo de trabajo del tiempo de ocio. Como escribía Josep Pla en “El Pagés y su mundo” los pageses siempre son iguales a sí mismos, cuando trabajan, cuando descansan, están con las mismas reflexiones. No desconectan, que se dice ahora.

Nosotros nos fuimos el sábado 14 de agosto del lugar de siempre en el que vivo tranquilo todos los días, huyendo del ajetreo festivo que atrae a los veraneantes que tanto alegran el pueblo estos cuatro días. Y no conseguí desconectar. Mire estas fotos:

¿Por qué cerraban las huertas en esos pueblos de la ribera del alto Ebro? ¿Quién puso el espantapájaros en aquella huerta de la ribera del río Nela? ¿Cuánto pan se coció en ese horno ahora abandonado? ¿Qué sabor tendrán esos tomates que madurarán sin la protección de las hojas de la tomatera? ¿Quién era Pedro Gómez González? ¿Y el artesano que trabajo esa reja?

Porque no era tierra de olivares, esta, a la que nos fuimos “a desconectar”, se libra Usted de otras tantas imágenes y otras tantas preguntas.

Con los hortelanos no hable mucho porque “estábamos de vacaciones” pero aún así me traje para casa un par de “novedades” y aprendí a hacer un “espantaanimales” con un cartón y un cencerro (estábamos en zona ganadera).

Regresamos a casa el miércoles al atardecer. La cena nos estaba esperando en la huerta. “Coge solo para ahora, y unas alubias verdes para comer mañana, que ya tendrás tiempo de coger lo demás”, me dice Soraya. Cojo: tomates, pepinos, pimientos verdes, una lechuga, peras ercolini, los dos últimos melocotones, una sandía… y las alubias.

Esta mañana he bajado a la huerta a las ocho. He echado humus de lombriz y he trabajado moviendo la tierra de lo que planté por Santiago: cardos, tomates mejicanos, broculís, romanescus, lombardas, pellas, de noviembre y de diciembre (las de enero y febrero todavía no las he plantado), lechugas rizada y maravilla, puerros y un renque de gladiolos que espero vengan para todos los santos.

He cogido todo lo que dejé sin coger ayer: tomates variados, pimientos, pepinos, calabacín, guindillas, cebollas, zanahorias y un par de sandías. Después he regado las hortalizas de verano. Cuando he terminado he ido a comprar el pan, a tomar un café y a repartir la cosecha entre algunos amigos. A Mª Luisa le he dejado unas alubias verdes, tomates y pimientos. Ella me ha dado unas rabas. A Magdalena le he dejado una sandía (espero que le salga buena). Ella me ha dado unos huevos.

Las 12, más o menos. Una ducha, una mirada a los mensajes y a algún diario digital, por seguir conectado y a eso de la una he abierto una botella de vino blanco de la cooperativa de mi pueblo, Aradón, y me he sentado a esperar a que llegara a comer mi hijo Juan que hoy estaba cogiendo peras conferencia con Kiko.

La tarde ha sido entretenida: un rato de lectura, estoy releyendo la saga de los Malaussene, de Daniel Pennac; revisar un texto en el que estoy trabajando sobre los mitos en la historia del vino de Rioja; una larga conversación por teléfono con un amigo que trabaja temporalmente en una organización internacional, y escribir esto que le vengo contando.

Y ahora, si le parece, me voy a poner otro vino, y me voy con Soraya, que acaba de salir a sentarse en el banco que hay junto a la puerta de casa y hablaremos o no. Depende de cómo vaya cayendo la tarde.

Termina el artículo de García Montero reconociendo que está muy equivocado cuando dice que se desconecta ahora del mundo (en vacaciones) porque no ve la televisión (supongo que “la televisión” simboliza aquí mucho más que el mero electrodoméstico) ya que, “es aquí, en mi lentitud y en mi naturaleza, donde me conecto con la gente y recuerdo el derecho a ser dueño del tiempo y a levantar una alegría compartida”.

Me pregunto: Si lo que realmente le gusta es estar conectado a la gente en ese su aquí, en esa su lentitud y en esa su naturaleza, ¿Por qué cojones ve la televisión el resto del año? (Utilizo esta palabra “malsonante” para enfatizar lo que quiero expresar, técnica que aprendí leyendo al gran José Luis Cuerda). Recordar el derecho a ser dueño del tiempo y no serlo ¿Sirve para algo más que para sufrir? Si no la hace, ¿Por qué no hace una huerta? Usted y el señor García Montero. Por lo de contribuir a conservar esa sabiduría tan necesaria para nuestro futuro, se lo digo.

Emilio Barco
En Alcanadre, esperando a que se marchen los veraneantes.

4 comments

  1.  

  2. Jesús 23 agosto, 2021 at 11:46 Responder

    Buenos días:
    Creo que esta frase “casi he conseguido que en mi día a día apenas se distinga el tiempo de trabajo del tiempo de ocio” resume perfectamente la diferencia de enfoque, de perspectiva y de consecuencia vitales entre el autor del artículo origen del comentario y el de Emilio.
    Pertenecen a mundos que se podrían representar, gráficamente, como conjuntos disjuntos. Uno a lo superficial y otro a lo sustancial.
    Saludos

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