Bosque en Orea (Guadalajara)

Cazadores expertos en biodiversidad

Tres cazadores de Aragoncillo (Guadalajara), dos de más de 80 años y otro que supera los 90, compañeros de cuadrilla, siguen cazando todos los años con la misma afición con la que empezaron. Ellos son auténticos expertos en biodiversidad. Y pueden narrar el cambio climático porque lo han vivido en sus propias carnes.
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En uno de mis paseos otoñales en busca de setas de cardo, oigo algo así como un “pitiu” muy cerca de mí. Es la voz de un reyezuelo sencillo, el pájaro de menor tamaño de Europa. De color verdoso y con una especie de gorra en la cabeza con dos rayas negras y una amarilla en medio, el sencillo se mueve con pequeños vuelos y saltos a escaso metro y medio de donde me encontraba.

El reyezuelo quizás sea el pajarillo más manso que habita nuestros bosques. Lo curioso es que este equilibrista de finísimas patas y dedos ese día estaba muy activo en una de esas jornadas que no se oye ni un ruido en el monte; en uno de esos días tan serenos que inquietan y que parece que la tierra se ha tragado a toda la fauna terrestre y volandera. Ni tan siquiera por este sabinar, salpicado de algún roble y estepa, volaban los siempre ruidosos, huidizos y esquivos zorzales charlo, los únicos de su especie que no emigran en invierno a tierras más templadas.

Ese día era sábado y antes de salir al monte me crucé con tres cazadores del pueblo que no son cualquier cosa. Dos de ellos superan los 80 años y el mayor ya ha pasado de los 90. La caza para ellos es todo un ritual: quedan a las 9 de la mañana si el tiempo lo permite; en plena calle, aunque haga un frío que pela, deciden por el paraje del pueblo que irán en busca de la liebre. Si van al sabinar, cada semana lleva cada uno su coche y si se dirigen a las Majaillas o a la Solana, salen andando del pueblo. Todo depende de cómo venga el aire o de si alguien les ha dicho que ha visto revolcaderos de liebre por tal o cual sitio. En cualquier caso, ese sábado sereno es muy del gusto de los cazadores, porque el viento es uno de sus más molestos enemigos.

Lo cierto es que los tres no fallan ninguna temporada. Aunque unos están más tiempo en el pueblo que otros, llegado el mes de junio o julio ya los tienes aquí preparados en busca de la codorniz. Pasado el verano se van a la tierra a la que emigraron, y a principios de Octubre, vuelven a la búsqueda de la liebre y el conejo si es que hay alguno. Dos de ellos se establecieron hace muchos años en Cataluña y el más mayor en el País Vasco.

Hasta hace dos años se las apañaban con el Rex, un perro de buen olfato y rastro del vecino y amigo que lo dejaba en el pueblo en otoño e invierno para disfrute de la veterana cuadrilla. Pero un día se lo mataron a mordiscos otros perros más grandes del cabrero y se quedaron sin su fiel compañero de fatigas que seguía a las liebres hasta que las volvía hacía ellos.

A pesar de la pérdida, no han dejado de cazar, aunque el número de piezas ha disminuido y eso que con el Rex no cazaban en toda la temporada más de siete u ocho liebres y algún conejillo. Pobre perro, porque seguro que se enfadaba lo suyo con los fallos de los cazadores tras ponerles la liebre a tiro después de seguirla incluso más de media hora. Y como he comentado antes que la caza es un ritual para ellos y debería ser para todo cazador que se precie de serlo, nuestros veteranos tienen por costumbre desayunar a eso de las 11:30 y seguir cazando hasta las dos del mediodía más o menos.

Hace años, comían en el campo y seguían por la tarde. Ahora han acortado la jornada, pero ¡Habría que verlos andar entre aliagares, tomillos y terrenos pedregosos! Y se te encuentras con ellos en el campo, enderezan la figura y andan más rápido por su sano orgullo. En privado me han confesado que si la escopeta pesa alrededor de tres kilos, a eso de la una de mediodía parece que llega hasta los diez o más. Y no digamos si alguno lleva una liebre en la mochila. No obstante, siguen con la misma afición, pasión e ilusión que el primer día que salieron al campo con la escopeta al hombro.

Conocen el campo al dedillo

Si a cualquiera de ellos les preguntas qué es eso de la biodiversidad, les suena a chino. Pero si les animas a que te cuenten la variedad de animales y vegetales que hay, por ejemplo, en su término municipal ahora con respecto a sus años mozos cuando pateaban el campo todos los días, no paran de hacer comparaciones y  de contar la cantidad y el número de especies que veían antes con respecto a los de ahora.

Sus charlas sobre las especies que ya no se ven por el monte o las que sí se observan en nada se parecen a esos sesudos estudios de los ingenieros de montes u organizaciones ecologistas serias, pero tienen el gran valor de la experiencia y conviene tenerlas muy en cuenta porque son capaces de reconocer todavía por dónde iban los senderos ya desaparecidos por la conquista del matorral.

No saben diferenciar entre un águila perdicera de la culebrera, ni un halcón de un alcotán, pero seguro que sí aciertan cuando aseguran que ahora se ven menos águilas que antes, o menos zorras, o menos gatos monteses, o menos búhos, o menos gorriones, o menos aviones y golondrinas, o menos…

También tienen localizados algunas zonas del monte donde se ha secado un rodal amplio de melojos u otras donde las sabinas se muestran más raquíticas que hace años.

De manera que no estaría mal que cuando desde los organismos oficiales de Castilla-La Mancha se realizan estudios sobre la biodiversidad animal para dictar las normativas y leyes de la caza se consultara a estos cazadores veteranos que no han dejado de patear el campo desde los años 50. Son los portadores más fieles de la decadencia que ha sufrido la fauna y flora de esta zona del noreste de Guadalajara. Ellos saben como nadie que la escasez actual de conejos, liebres y perdices contrasta con el aumento de ciervos, corzos y sobre todo jabalíes. A estos últimos los culpan no sin razón de la pocas piezas de caza menor.

Lo que aporta el campo

Desde muy jovencitos nuestros veteranos cazadores ya sabían aprovechar todo lo que les daba el campo de forma natural y gratis y en sus casas, aunque dicen que no escaseó el pan, la economía no daba para mucho. Por eso, todavía recuerdan cómo recolectaban caracoles, pero no los clásicos marrones de los huertos si no unos blancos finísimos que saben a gloria bendita y que se alimentan de tomillo. Uno de nuestros protagonistas todavía los coge y lo curioso es que los cuenta por docenas y no lo saques de ahí. Pero confiesa que coger ahora dos o tres docenas cuesta mucho más tiempo que antaño. Por cierto, con un puñado de arroz y unos caracoles se cocina un plato exquisito.

Pero es que conocen también los mejores sitios para buscar y encontrar setas. Dónde nace la manzanilla , el té de piedra y el poleo, así como los mejores tomillos y orégano. Y a finales de verano dan buena cuenta de las moras y más tarde de las endrinas para elaborar pacharán.

Cambio climático

Y si este año ha habido poco poleo es porque a finales de primavera ha llovido muy poco. Lo del cambio climático lo han oído por la televisión, pero se siguen preguntando por qué cuando eran unos chavales la nevada que caía en diciembre duraba casi hasta finales de febrero y ahora nieva mucho menos. No están en el pueblo para verlo, pero lo preguntan. No entienden tampoco que este otoño no haya habido ni una endrina, cuando antes casi siempre cogían. Y es que heló a finales de mayo estando los endrinos en flor.

Por otra parte también se extrañan de ver menos saltamontes por el campo y también menos pájaros por las eras del pueblo como la collalba y el colirrojo tizón. Pero no entenderán que la pérdida de biodiversidad depende en parte de ese progresivo cambio climático.

Expresan a su manera lo caótico y caprichoso que se ha vuelto el tiempo. Antes siempre llovía en otoño y primavera y en verano hacía calor pero no tanto tiempo. Ahora, comentan, no te puedes ni fiar de los dichos que antaño se decían en el pueblo sobre el tiempo. Solo una predicción no falla: cuando hay cejón en el oeste por la tarde, al día siguiente agua al canto. De lo demás mejor no hacer pronósticos.

Aunque ya comienza a fallarles la memoria, convendría intentar estirar un poco su sobrao para dejar fe de sus enseñanzas y recuerdos y así intentar recuperar aquella rica biodiversidad de la que disfrutaron ellos aunque en aquellos tiempos no le dieran tanta importancia como hoy. Como la que tiene.

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