Le besoin de chercher. Autor: Max Guitare. Creative commons

Buscadores de metales

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A Ramiro le gusta salir al campo a buscar metales. Lo hace cuando las faenas de su granja se lo permiten. El suave balanceo del detector a izquierda y derecha le relaja. Sabe que hay que ser paciente en este oficio, estar callados y agudizar bien el oído. Cualquier ruido de fondo incomoda a los buscadores de metales. Por eso, son amantes del silencio, y eso le gusta a Ramiro.

Suelen salir muy temprano aprovechando la calma de la mañana, antes de que todo lo invada el bullicio del día. Hoy es domingo, final de febrero, hace frío y la tierra está escarchada. Ramiro ha permitido que su hijo le acompañe. Ya lo ha hecho en otras ocasiones buscando metales por las tierras aledañas del pueblo. Diego sólo tiene diez años, esa edad en la que aún creemos que nuestros padres son dioses. Ramiro quiere enseñarle el oficio que tan bien se le da a él y que aprendió del abuelo Eufrasio. Todo lo que sabe del campo y la naturaleza lo aprendió de él, y ahora quiere transmitírselo a su hijo Diego.

Esta mañana ha elegido la zona cercana a la pequeña cala que se forma en el meandro del río, justo donde se detienen los senderistas a descansar, tomar el sol y refrescarse en sus aguas. Otras veces elige la zona de pinares cercana al pantano, el lugar preferido por la gente del pueblo para celebrar la romería de abril. Ramiro suele buscar en lugares donde es más probable encontrar enterradas cosas de valor, respetando siempre las zonas no autorizadas próximas al yacimiento arqueológico. 

Acaba de salir el sol, y ya va con su hijo Diego caminando despacio por el cañaveral, atentos a las señales del detector. Aún no hay gente con perros que molesten, sólo algún viandante paseando por la ribera y unos pocos pescadores observando el cimbreo de sus cañas. En las tres horas que llevan con el detector de metales, han hecho acopio de diversos objetos de distintos tamaños, viejas pesetas y algunas monedas de euros. También han encontrado pulseras, zarcillos e incluso un reloj que alguien habrá dado por perdido tras haberlo buscado inútilmente entre los juncos. Hasta una moneda antigua han descubierto hoy y que Ramiro entregará, junto a otras, a los responsables del museo arqueológico local. No quiere problemas con el Seprona.

De pronto, el detector comienza a emitir un sonido agudo, como el de la sirena de una ambulancia. Ramiro se detiene y escucha. Le dice con señas a su hijo que se agache, que no se mueva y que guarde silencio. Parecen dos exploradores auscultando el terreno y escrutando el sonido de la arena en el desierto. O zahoríes sintiendo en sus manos el leve temblor de las varillas ante el reclamo de un venero de agua subterránea. El detector indica que ahí, en ese lugar, hay algún metal, cuyo valor está por descubrir.

A una señal de su padre, Diego coge un pequeño almocafre y escarba en el lugar señalado ahuyentando a una diminuta sabandija que inmóvil dormitaba en su escondrijo. Está ansioso por descubrir lo que está allí enterrado. Eso le hace sentirse parte de una misteriosa aventura, como el joven Jim acompañando a John Silver “El Largo” en La isla del tesoro. Esta vez no es una moneda como las muchas que han encontrado hoy, sino una pequeña piedra de color verde esmeralda, inserta en un aro de plata. Parece la cabeza de un anillo o el aderezo de un pendiente de mujer. Se la entrega a su padre, que la guarda en la bolsa junto a los demás hallazgos de ese día.

En toda la mañana, apenas han cruzado dos palabras, pero Diego nunca se ha sentido tan cercano a él como en esos mágicos momentos. Se apoyan en una gran roca al borde del recodo del río, y Ramiro abre la bolsa mostrándole a su hijo todo lo que hoy han encontrado con el detector. Diego lo observa deslumbrado, como si fuera un mago sacando tesoros de su chistera. “Mi padre es buscador de metales”, suele decir orgulloso a sus amigos del pueblo.

Se acercan al lugar donde está pescando el tío Guillermo. Sólo se saludan con un leve movimiento de cabeza. Saben que no quiere que le molesten, tan concentrado como está en su caña de pescar. Veinte años más tarde, en su consulta del ambulatorio, cada vez que ausculta con el fonendo a algún paciente, el joven doctor Diego Ortega recuerda a su padre recién fallecido buscando con el detector de metales tesoros escondidos en las entrañas de la tierra. En el cajón de su mesa, guarda en un pequeño cofre una perla verde esmeralda como testigo de aquellos días luminosos.

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3 comments

  1.  

  2. Cristóbal Gómez Benito 16 abril, 2022 at 19:48 Responder

    Otro minirelato de Eduardo tan conciso como expresivo que nos descubre una tipo nuevo de recolector «rural» y una forma nueva de recolección, por la tecnología y por los objetos recogidos. La situación, como siempre, está bien contada, pero…. le pongo un pero: como gran entusiasta de la arqueología que, en mis años mozos, practiqué de la mano de insignes maestros arqueólogos y paleontólogos, y desde el enorme respecto que me merece esta ciencia, se me ponen los pelos de punta al pesar que esta afición pudiera extenderse aún más de lo que ya está. Hay dos tipos de recolectores de metales: los que al caer la tarde buscan en las playas desiertas objetos perdidos por los bañistas o en lugares transitados por turistas (campings, ríos, etc.) en busca de objetos de valor que les proporcionen unos dineros (ignorando muchas veces el drama del que perdió algo de mucho valor) y los que expolian yacimientos arqueológicos de forma sistemática u ocasional. En tipo del relato pertenece más bien al primer caso aunque por los lugares de su recolecta puede pertenecer al segundo. Y aunque el autor se cuida muy bien de decir que el personaje del relato pone en conocimiento de las autoridades competentes los hallazgos de valor, tengo que advertir y recordar que en arqueología tan importante como el objeto es el lugar, y la posición concreta y relativa del mismo, algo que se destruye al extraerlo. Además, el profano no puede valorar la importancia científica (y no sólo crematística) de un hallazgo o de un objeto profano. Por eso, querido amigo Eduardo, no presentemos estas actividades como algo normal e, incluso, legal. No era tu intención, seguro, sino dar cuenta de una situación que probablemente conoces, un trazo más de esa vida rural tan alejada de las representaciones comunes. Te pido disculpas por este comentario que, a caso, sea impertinente, es decir, no pertinente. Un abrazo.

  3. eduardo moyano estrada 17 abril, 2022 at 11:09 Responder

    Gracias Cristóbal por leer el texto y por tu comentario, oportuno y pertinente. Sólo decirte que el tema central de mi relato es la paternidad, la relación paterno-filial, narrada en torno a una afición, en este caso la búsqueda de metales, sin hacer ningún juicio de valor. Un abrazo

  4. Amalia 23 abril, 2022 at 07:12 Responder

    Muy emotivo el relato, y escrito con minuciosidad y detalle. Me ha encantado la admiración que siente Diego por su padre Ramiro y la descripción de la naturaleza que rodea ese mundo rural de los protagonistas.

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