Una calle del municipio soriano de Villar del Río. Foto: EDR.

Bula rural

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Hace muchos años, en tiempos de dictaduras, la religión establecía que durante los viernes de cuaresma no se podía comer carne ni ninguno de sus derivados. Por entones la iglesia estaba sentada a la diestra de su majestad, y era impensable saltarse las obligaciones que imponía el santo padre. Al fin y al cabo, dicha abstinencia era ¡POR NUESTRO BIEN! Como ustedes comprenderán, el ayuno se seguía a rajatabla y nadie en su sano juicio osaba incumplir las reglas; ¡eso sí!, la curia permitía excepciones y solía ser indulgente con esos devotos cuya precaria salud no se encontraba para restricciones alimenticias, y sobre todo, con los que contaban con desahogo económico. En pocas palabras… el que disponía de recursos monetarios, podía pagarse una BULA que le eximiera del ayuno. Digamos que a cambio de un donativo, te entregaban un salvoconducto para almorzar, sin cometer pecado, unas sabrosas magras en aceite. En fin… lo de siempre, los feligreses más pudientes se aseguraban la salvación rascándose el bolso. Con los donativos obtenidos por estas bulas, la iglesia sufragaba los elevados costes que requería la Santa Cruzada. Al menos esa era la confusa explicación que daba el recaudador.

¡Qué nadie se lleve las manos a la cabeza! Porque esto que sucedió tiempo atrás, continúa ejecutándose con la misma desvergüenza que antaño. Los recaudadores han cambiado de religión pero el fin es el mismo: ¡POR NUESTRO BIEN! Esta anécdota que ahora nos puede resultar chocante, se perpetúa en la sociedad actual y no tiene pinta de que vaya a desaparecer tan pronto. Los tesoreros han modificado el disfraz y han sustituido el gélido altar por un escaño climatizado; pero los medios y el propósito son idénticos.

Resulta que con la excusa del medioambiente, la mayoría de ciudades españolas van a prohibir que comamos carne los viernes, perdón, van a “limitarnos” la circulación por ciertas calles. Eso sí… al igual que hace años, esto tiene excepciones. La contaminación de la ciudad te dará una tregua si posees un salvoconducto; ¡qué generosidad! En esta ocasión, la Bula de la Santa Cruzada es una pegatina que se coloca en el parabrisas del modernísimo vehículo que tendrás que agenciarte. No importa que seamos buenos parroquianos y vayamos a misa los domingos; no basta que, en su día, pagásemos el gravamen obligatorio al comprar un, ya obsoleto, coche diesel, o que nos desangren cada vez que llenamos el depósito de combustible, ni tampoco importa que sufraguemos anualmente el impuesto de circulación; ¡nooo! la neo-religión nos exige más. ¡Hay tantas obras que terminar en Tierra Santa!

Y por lo que deduzco, tú y yo seremos la parte más perjudicada en este asunto de las Bulas, ya que no disponemos de un automóvil de última gama, y además vivimos en un enclave rural. Porque, digámoslo claro, esta situación a quien más discrimina ¡cómo no! es a los del pueblo. Los recaudadores de la urbe no piensan en la “casta rural”; no nos tienen en cuenta. Es posible que crean que visitamos su metrópoli por mero placer; y eso no es verdad. Por desgracia la, tan necesaria, medicina reside en la ciudad; lo mismo que la puñetera y exigente burocracia. ¡Ojalá no tuviéramos que transitar por esas calles atestadas de tráfico!, pero nuestra situación requiere desplazarse a la capital. Porque un habitante de la urbe, a pesar de que tampoco lo tiene sencillo, puede encontrar una salida a esta ley infame, pues siempre va a contar con una estrategia paralela. El urbanita posee un garaje, porta un documento que acredita su condición de residente, lo cual le facilita el estacionamiento en diversas zonas, y, asimismo, conoce el funcionamiento de los servicios públicos. Digamos que sabe organizarse en ese mundo tan adverso, puesto que es su terreno. Pero hay que comprender que los que llegamos a la metrópoli por fuerza mayor, nos encontramos perdidos entre tanta prohibición y tanta pegatina ecológica.

Y sinceramente, estoy cansado de que cada vez que piso una capital, el señor feudal me exija un nuevo diezmo. ¡Como si nuestras visitas fueran por placer! ¡Estamos hablando de ir al médico y de registrar documentos!

Creo que ha llegado el momento de que los rurales imitemos ese comportamiento inquisitorio y absurdo, y comencemos a cobrar “limosna”. Quizás sea el modo de que alguien se dé por aludido.

Propongo que todo el que quiera acceder a nuestros pueblos, pase antes por taquilla. El visitante tendrá que pagar una BULA RURAL. Si pretenden turbar la paz del campo con su contaminación acústica y su oratoria urbana, tendrán que colaborar del mismo modo que yo colaboro cuando visito “la capi”. El dinero recaudado se destinará para financiar las obras de esta TIERRA SANTA; ¡que nadie lo dude! Y al igual que en la ciudad se nos ofrecen bicicletas eléctricas, bajo previo pago de alquiler, en el pueblo también deberíamos proporcionar una oferta acorde a la trasnochada idea que algunos sopla-gaitas tienen del mundo rural. No hay medias tintas; si un visitante quiere recorrer nuestro entorno, el ayuntamiento de la localidad negociará el alquiler de vehículos adaptados a los caminos agrestes. El pueblo dispondrá de un medio de transporte ecológico y sostenible. Montar en burro será la única opción posible, ¡el no va más! Un vehículo inteligente (sabe retornar a la cuadra) y que, además, está exento de enchufes y baterías contaminantes “made in China”. ¡Eso si es ecologismo! El precio de la BULA RURAL habría que acordarlo entre una junta vecinal. Los visitantes tendrán que entender que las obras en nuestra TIERRA SANTA son muy caras y complejas.

Y esto que parece una propuesta disparatada, quizás no lo sea tanto y haya que considerarla; ya que, lamentándolo mucho, vivimos en una sociedad con escaso sentido común, y en la que se concede más valor a lo ridículo que a lo sensato. Y aunque me duela reconocerlo, como pueblerino que soy, los dirigentes de la urbe siempre han sido mucho más espabilados que nosotros, cuando se trata de justificar un tributo absurdo. ¡Imitémosles!

Foto: Una calle del municipio soriano de Villar del Río. Foto: Joaquín Terán.

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