Unas nubes de verano descargando lluvia. Autor: Joaquín Terán.

Benditas aguas otoñales | Microrrelato

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Se adelantan las lluvias de otoño, ésas que suelen llegar por San Miguel y que este año han caído por el sur a mediados de septiembre. Las tierras de por aquí lo agradecen, tan sedientas como están tras los tórridos meses de verano. Los campos se muestran cuarteados con surcos tan anchos y profundos, que parecen los restos de un temblor telúrico que hubiera zarandeado con furia las entrañas del subsuelo. Como cuerpos cortados en canal, las tierras de La Antigua han estado abriendo sus fauces en agosto buscando con desesperación el breve frescor de la mañana o la escasa brisa del anochecer. De los grandes olivos centenarios ya cuelgan los racimos de arrugadas aceitunas, cual si fueran pequeños odres guardando con celo las gotas más preciadas de su verde fruto oleaginoso. Sólo las viñas, siempre tan agradecidas al sol del estío, lucen orgullosas sus uvas doradas, prestas ya para derramar el mosto en las grandes tinajas del lagar. El ganado apenas tiene agua para beber en los abrevaderos, y las pequeñas lagunas que rodean el pueblo se han secado dejando un paisaje desolador de peces muertos y en descomposición, sólo habitado por pequeños alacranes, escarabajos y otros insectos. El pantano ha bajado tanto que ya se ve la espadaña de la vieja iglesia asomar por la superficie del embalse. Al sol del mediodía brilla entre el lodazal la otra torre ya derruida de la antigua plaza del pueblo. Es la torre desde la que se descolgaba entre vítores el Domingo de Pascua una niña vestida de ángel con sus alas de plumas y su corona de guirnaldas. Cubierto de un manto de barro y algas negras, emerge como un fantasma el balcón del noble ayuntamiento, al igual que entre la ciénaga asoman temblorosos los tejados de color ocre de las casas inundadas hace ya muchos años. Apenas quedan testigos de aquello, sólo el silencio y la memoria ahogada de los que allí vivieron durante siglos y fueron llevados a otras tierras promisorias. Se reciben con gozo las primeras lluvias otoñales, con la esperanza de que refresquen las tierras para la siembra y de que el pantano cubra de nuevo los viejos lugares ocultándolos del oprobio y la deshonra. Si no se ven, no se sienten, piensan algunos lugareños. Dos niños chapotean en los charcos del camino, y dos vencejos beben en el arroyo de al lado, mientras se oye el mugido del ganado en el establo. Ramiro ha cerrado su smartphone y se ha dirigido a la era para ver y sentir cómo el agua humedece sus tierras. Solo, bajo la lluvia, se lava las manos con el agua bendita que cae esta mañana de septiembre, y deja que su rostro se moje con el aguacero. Es lo mismo que hacían por esos días su padre y el abuelo Eufrasio como una ceremonia litúrgica. Para purificar, decían, las almas polvorientas y endurecidas por el largo y maldito periodo de sequía que asola estos campos sureños.

Foto destacada: Unas nubes de verano descargando lluvia. Autor: Joaquín Terán.

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