Lavanda, en La Alcarria madrileña. Foto: EDR.

Aquella riqueza que aportaba el campo

Hoy han desaparecido labores como la siega y destilación del espliego y la recogida de los frutos del enebro.
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Con las lluvias primaverales y de comienzo de verano, el campo en estas zonas de montaña está plagado de plantas que lucen como antaño. A poco que uno se salga de una senda tropieza con una vegetación exuberante y basta con entrar en casa para que alguien te diga que los bajos de los pantalones huelen a tomillo y a espliego.

Y es, precisamente, este olor el que me transporta al pasado. Aquel que a mediados y finales de agosto se cosechaba y se destilaba para sacarle la “esencia” al espliego, utilizada para farmacia y perfumería.

Los vecinos de Peñalén (Guadalajara) conocían muy bien esta tarea, que les reportaba unos ingresos extra muy bienvenidos para vestirse elegante en las fiesta de la Virgen de la Torre en septiembre, y también para otros menesteres. Pero no eran los lugareños los que explotaban el espliego  como en otras localidades. En este caso, su trabajo consistía en salir al campo preparados con su hoz y zoqueta de madera para segar el espliego, prepararlo en fardos y llevarlos a los lomos de los mulos hasta la “Juanfría”, fuente donde se instalaba el destiladero. De hecho, se segaba igual que el trigo u otro cereal, solo que había que andar más y por peor terreno.

El espliego, también conocido como lavanda, se pesaba allí mismo y el encargado le proporcionaba al segador una ficha a su nombre con los kilos cosechados y que más tarde le pagaría.

Destilación

En la “Juanfría”, nombre que viene de “Fuenfría”, se instalaba una enorme caldera que se llenaba de espliego hasta los topes y que se apretaba lo mas posible pisándolo. A continuación se llenaba de agua, se ponía la tapa y se cerraba con arcilla todo alrededor. Al final se reforzaba con unas cuñas para que no se escapara ni una gota de vapor.

En el hueco preparado debajo de la caldera se encendía fuego con aliagas y támaras para que cociera pronto el espliego. De la caldera salía un tubo que vertía el agua mezclada con la esencia en un bidón. Pero como la esencia pesaba menos se quedaba encima y el experto la recogía con un cazo grande y la iba depositando en otro recipiente más pequeño. Básicamente este era el proceso, pues conforme se sacaba de la caldera el espliego ya cocido se secaba al sol y también se utilizaba como carburante.

Recuerdo que a mi padre, que era el forestal del pueblo, le regalaban todos los años un pequeño frasco de esencia. Y recuerdo también que una vez se me ocurrió echar unas gotas en casa. De tal manera que estuvimos varios meses con un olor tremendo a espliego en casa. Es inimaginable la fuerza de este perfume puro, sin tratar.

Ahora el espliego ya no se siega y en Brihuega (Guadalajara) se ha puesto de moda el cultivo de lavanda, cuyos campos están preciosos y se utilizan también como reclamo turístico. Y, aunque el olor es muy parecido al del espliego, es menos fuerte.

Los recursos del campo

En una España más pobre, pero en algunos aspectos quizás más feliz, se aprovechaban mucho más los recursos que aporta el campo. Y ya no estoy hablando solo del tomillo, espliego, manzanilla, tila, té de piedra, orégano, poleo, avellanas, nueces, setas… para consumo propio. Allá por el mes de octubre también se recolectaban los frutos del enebro, llamados por aquí bolos y cucos.

Una mariposa libando sobre una flor de orégano silvestre, en la provincia de Ávila. Foto: EDR.

Una vez que el comprador fijaba un precio y el alguacil del pueblo, al igual que con el espliego, pregonaba el precio del kilo, los vecinos no perdían el tiempo. Para la recogida de los frutos no había que agachar tanto el riñón como con el espliego, pero tenía muchas incomodidades como los pinchazos, pues como es sabido las hojas del enebro pinchan que da gusto. Además, en aquellos tiempos no existían los guantes de trabajo que se utilizan ahora.

La forma de recoger los cucos era muy sencilla. Se ataba una cesta de mimbre con una cuerda por las dos asas, se colgaba en el cuello, y con una mano forrada de tela para evitar los pinchos se bajaba la rama hacía afuera y con la otra, armado con un palo corto pero duro, se le daba golpes al tronco de la rama para que se desprendieran mejor y con mayor rapidez los frutos. También había que aguantar un fuerte olor desagradable que proporcionaban unos insectos propios de este árbol. Pero como a la vez que los frutos caían también hojas secas el siguiente proceso era aventarlos en el propio campo.

Así que cuando corría el viento se extendía una manta vieja en el suelo, se iba volcando poco a poco el contenido de la cesta y así hasta que quedaba limpio el fruto que se echaba en costales, se cargaba en las caballerías y se llevaba hasta el pueblo al salón del antiguo horno, donde se pesaban y pagaban.

Este fruto silvestre, utilizado para fabricar la ginebra, estaba mejor pagado proporcionalmente que el espliego, pero su recogida era más lenta y no siempre los enebros estaban cargados de cucos.

Al igual que sucede con el fruto de la sabina, el del enebro es muy apreciado en otoño e invierno por el zorzal charlo, el único de esta especie que no es emigrante y que permanece por estas tierras todo el año, aguantando muy bien los duros inviernos.

Una salida ante la crisis

En la anterior crisis se volvió a mirar al campo en varias localidades para que muchas personas salieran del apuro. Pero esta vez solo se fijó la vista en la resina, recogida ahora con métodos parecidos a los de antaño, pero con herramientas más cómodas.

En Peñalén, aunque se llegó a resinar pequeños rodales no era terreno de pinos para este menester. En cambio sí de excelentes ejemplares de maderables como el pino silvestre o albar y el pino negral. En su día la madera se pagaba muy bien y llegó a ser un pueblo de los conocidos por la zona como “rico”

Que yo sepa nadie recolecta ya ni espliego ni frutos de enebro. No sé si es porque el mal entendido ecologismo actual lo impide o porque habiendo campos cultivados de lavanda no es rentable. Lo cierto es que a las plantas de espliego les venía muy bien la siega, porque al año siguiente salían con más vigor.

Punto y aparte

Hace algunos meses publicábamos en este periódico que las minas de caolín Santa Engracia de Peñalén eran las causantes de que cuando llovía bastante el cauce del Tajo se volvía de color lechoso. Pues bien, me comenta la emprendedora alcaldesa, Esther Rubio, que ya han entrado las máquinas para su restauración. Esta se hará de forma novedosa y con fondos europeos y que posiblemente durará dos años.

También, y por primera vez se ha celebrado en esta localidad la reunión anual de la Junta Gestora del Parque Natural del Alto Tajo.

Foto destacada: Campos sembrados de lavanda, en La Alcarria (EDR).

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