El cielo de Madrid, tras descargar una tormenta, la semana pasada.

A qué huelen las tormentas

Las tormentas de estos días en alguna de las grandes ciudades nos han trasladado de una manera mágica a nuestros pueblos, pero no es lo mismo.
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En principio, como no podemos caminar por el campo, no hemos disfrutado del aviso de ningún animal de que venía agua por un comportamiento distinto al habitual.

No hemos observado la clásicas hileras de hormigas volviendo al hormiguero a toda velocidad y cerrando su boca poco a poco para que no se inunde. Tampoco vemos ninguna ave volando más bajo; ni más víboras de lo normal cruzando caminos y pistas forestales; ni más ranas cambiando el tono de su croar, en esta ocasión más fuertes y a intervalos mayores; ni las vacas, cabras, perros y otros mamíferos moviéndose más nerviosos e intentando buscar refugios. Y todo esto mucho antes de que llegue a nuestra nariz el clásico olor a tierra mojada de una tormenta que ha descargado lejos pero que el viento nos acerca como si la lluvia hubiera caído casi allí mismo.

Ahora resulta que, según nuestros estudiosos del clima, ese olor a tierra mojada no es por el ozono, algo que muchos creíamos, sino por una sustancia que genera una bacteria inofensiva que está en la tierra. Pues muy bien.

Invasión de olores

Si es verdad que las tormentas urbanas nos han trasladado a los pueblos, también es cierto que poco se parecen unas y otras por sus olores. Quizás porque el agua se mezcle con los gases contaminantes y limpie la ciudad, quizás porque el hormigón y la escasez de árboles se presten a olores menos intensos. Lo cierto es que el paso de una tormenta por el campo, por el bosque, deja un rastro de fragancias inolvidable. Allí se mezclan los olores del choque de la lluvia con las rocas, con los diferentes árboles y arbustos, con la tierra casi virgen.

De pequeño, cuando me sorprendía en el monte una tormenta en Peñalén, preciosa localidad del Alto Tajo, el primer olor que percibía con fuerte aroma era el del boj. En ocasiones, era tan intenso que no te dejaba casi respirar. Pero también los enebros, escambrones, robles, majuelos, endrinos, aliagas, escaramujos y, sobre todo pinos, te envolvían en una atmósfera que querías atraparla para guardarla en un tarro y abrirlo de vez en cuando para disfrutar de sus esencias.

Porque si la tormenta te pillaba a campo abierto, los tomillos y espliegos también te transportaban a una mundo mágico, al frescor de la vida.

Resulta al menos curioso cómo el olor de la tormenta es distinto si esta ha precipitado sobre piedra caliza o arenisca. En la caliza es más penetrante, quizás porque es menos porosa y reboten las gotas.

Era también extraordinario observar el comportamiento de los cangrejos comunes cuando los pescaba una tarde bochornosa y plomiza de verano, horas antes de la tormenta. Los cangrejos se acercaban al cebo a más velocidad que en otras ocasiones ¿Cómo era posible que los cangrejos fueran capaces de barruntar la tormenta estando bajo el agua? Misterios de la naturaleza. O quizás es que percibían que el agua se calentaba más y reaccionaban de esta manera.

Los frágiles pajarillos

Pasada la tormenta, si esta era muy fuerte y con una importante carga eléctrica, era el momento de observar cómo se recuperaban los pajarillos con la salida del sol. Si al caminar observabas que un adulto reclamaba sonidos angustiosos sin separarse mucho de ti, era porque la tormenta había echado a los pequeños del nido y casi con toda seguridad había muerto alguno. Las especies que más se delataban era la tarabilla común y el pardillo, por este orden.

Nunca lo he llegado a vivir, pero me contaban algunos vecinos que las fuertes tormentas de granizo a finales de verano eran capaces de matar cientos de gorriones que se posaban y dormitaban en las acacias del pueblo. Y que eran recogidos por los lugareños como un preciado bocado.

Era también la oportunidad de ver el arco iris que casi siempre salía por el mismo sitio y cuando se veían dos, un fenómeno menos común, era curioso que uno de ellos tenía los colores colocados de forma contraria al otro. Otro efecto mágico de la tormenta que seguro tiene su explicación científica.

Otro olor que también se me ha quedado impregnado tras la tormenta es el pelo de los perros, que siempre me acompañaban en mis andanzas por el monte. Este aroma, junto con el de los burros y los mulos recién empapados, era bastante desagradable.

En aquellos tiempos los perros de los pueblos no se lavaban porque apenas estaban en casa y porque a cualquiera le hubiera parecido chocante. Así es que al estar sucios, aunque les brillara el pelo, con la lluvia se volvían unos bichos pestilentes por un día o dos.

Verdad es que los perros cuando la tormenta arreciaba se metían entre tus piernas miedosos de relámpagos y truenos. Posiblemente al tener un oído mucho más fino que el nuestro los truenos les hacían daño. Los burros, destacados animales por su fino oído se colocaban encogidos de cara a la tormenta agachando las orejas, hasta que terminaba.

Tengo claro que todos los animales son temerosos ante las tormentas. De hecho, poco antes de que estas descarguen, el monte, el campo queda envuelto en un silencio que te pone carne de gallina.

Foto destacada: El cielo de Madrid, tras descargar una tormenta, la semana pasada.

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