Un tractor y un camión se desplazan por una carretera, en Zaragoza. Foto: Joaquín Terán

A propósito del coronavirus: ayer, hoy y mañana

El autor enumera las tres ideas que le asaltan sobre el hoy, el ayer y el mañana, tras tres días de toque de queda a causa del coronavirus.
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En plena crisis del coronavirus y debido al montón de noticias que nos disparan los medios de comunicación, siento que mi cabeza se está saturando con tanta información. Ha llegado el momento de apagar la pantalla y dejar de ver los vídeos que me llegan vía wasap; total ¿para qué? Creo que el confinamiento va a ser largo y habrá que tomárselo con filosofía. Llevo tres días de toque de queda y son tres las ideas que me están quemando por dentro. Ideas que tienen mucho que ver con nuestro pensamiento de ayer, nuestra visión del hoy y nuestra esperanza de mañana…

La primera idea que llegó, así en estampida y tras ver los informativos, tenía forma de pregunta: ¿Dónde está ahora el cambio climático? Hasta AYER los medios de comunicación exprimían la posibilidad de que este planeta tuviera los días contados. Nos aterrorizaban a cuenta de las altas temperaturas que traía el invierno y lo preocupante que era una primavera prematura. El deshielo de los casquetes polares parecía imparable y en los océanos se acumulaba porquería. Todo el mundo entonaba el mea culpa y exigíamos a grito pelado el final de los plásticos y sus derivados. Parecía que suprimiendo las bolsas del supermercado podríamos frenar el cambio climático ¡Qué fuerte voceábamos! Era la revolución del ecologismo y nosotros nos comportábamos como sus secuaces. Es curioso con qué rapidez se nos olvidan ciertas cosas. Ahora, en plena crisis vírica, todo eso que defendíamos con vehemencia, toda esa filosofía ecológica de AYER, ya se nos ha escapado. Y alguno se preguntará ¿Y donde se ha ido? Pues la respuesta la podemos encontrar dentro de los millones de botes de gel desinfectante que hemos vaciado; o bajo las toneladas de productos químicos que hemos utilizado para higienizarnos; o rebuscando entre la montaña de guantes y de mascarillas de un solo uso que ya reposan en los vertederos. Y que conste que nombro estos productos como ejemplo; aunque la lista podría ser bastante más variada y más sucia ¡Qué os voy a contar! Y es que hay que decirlo claro ¡siempre ha habido prioridades! y cuando la peste acecha y el pánico asoma, los casquetes polares no valen ni un pepino. Y no estoy criticando la postura de alerta que en este momentos mantenemos; yo diría que tampoco hay opción. De hecho, aunque quisiéramos, no podríamos pensar distinto; los medios de comunicación nos imponen un pensamiento único y debemos acatar su ley.

Otra idea que me ha venido HOY, y que es común entre la gente que vivimos en zonas rurales, es lo que ha sucedido este primer fin de semana de cuarentena. La llegada de “forasteros” a nuestros pueblos es desconcertante. En un santiamén los vehículos procedentes de la urbe han aparecido por nuestras calles sin que nosotros, los vecinos, entendiésemos el motivo. ¿Qué les pasará a estos? ¡Pero si no son las fiestas! ¡Ah claro! que con lo del virus, la ciudad busca cobijo bajo las frías y deterioradas paredes de la casa del abuelo. Es como si dieran por hecho que aquí, en la aldea, las enfermedades no se desarrollasen tan rápido, ya que los paletos suelen estar inmunizados ¡No entiendo nada! viven en la ciudad pero HOY buscan cobijo en el pueblo ¿Entonces? ¿No sería mejor vivir en el pueblo para estar siempre a cobijo? En fin… que cada cual busque su ambiente donde le plazca… pero sin molestar.

Y la tercera idea que me ha llegado y que va con dirección al MAÑANA; es un grito a favor de nuestra agricultura. Supongo que después de ver lo que está ocurriendo en los supermercados, deberíamos reflexionar un poquito. Y es que, cuando vienen mal dadas, es muy importante tener un mendrugo que llevarse a la boca; pues de todos es sabido que “las penas con pan son menos”. Aunque claro, también es verdad, que “no solo de pan vive el hombre”. Me atrevería a decir que medio país subsiste gracias al trabajo del otro medio. Si algo estamos aprendiendo con esto del virus, es que no hay que subestimar a nadie.

El pánico nos hace actuar de un modo ruin; la gente tiende a hacer acopio de alimentos. Y no estoy en contra de que las despensas estén bien surtidas; lo verdaderamente importante es que seamos capaces de pensar de dónde proceden esas provisiones que tanto valoramos. Creo que es el momento de recapacitar; es el momento de entender que un país tiene el deber de cultivar sus alimentos. Y si nuestros tomates salen un poquito más caros que los procedentes de fuera, ¡no pasa nada! Sería interesante que MAÑANA no nos olvidásemos de los que estamos comiendo hoy; y recordásemos que cuando se cierran las fronteras, los únicos tomates que van a llegar a nuestra mesa van a ser los de aquí. Razón suficiente para defender este campo y sus productos.

Aunque me temo, que, pasados unos meses, cuando la histeria vuelva a la normalidad y los medios de comunicación ya no dispongan de terror vírico, todas estas ideas que ahora comento serán papel mojado… y de nuevo, volveremos a alzar la voz contra esos plásticos y contra esos productos de los que hoy abusamos; el pueblo será un lugar deshabitado y llenaremos las neveras con alimentos de dudosa procedencia.

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